Así terminó aquel día tan célebre aún cuando escribía nuestro anónimo; y que ahora, á no haber sido él, nada de particular se sabría, y á lo cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen más, que aquel tan célebre tirano, después de una entrevista con Federico, mudó maravillosamente de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han leído las obras de los dos expresados autores? Menos aún que los que leerán nuestro libro. ¿Y quién sabe, si en ese mismo valle, el que tenga deseos de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá quedado alguna débil y confusa tradición del hecho? ¡Han nacido tantas cosas desde aquel tiempo al presente!
NOTAS:
[5] Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas.
CAPÍTULO SÉPTIMO
El día siguiente en el pueblo de Lucía y en todo el territorio de Lecco, no se hablaba más que de ella, del Incógnito, del arzobispo y de otro sujeto, que aunque le gustase mucho que hablasen de él, en aquellas circunstancias lo hubiera perdonado de buena gana; queremos decir que éste era el Sr. D. Rodrigo.
No se vaya á creer que antes de dicho día no se hubiese hablado de sus hechos; pero eran conversaciones truncadas y secretos; era preciso que los interlocutores se conociesen muy bien entre sí para entablar polémica sobre tal objeto, aún estaban lejos de hablar con el calor de que hubieran sido capaces; porque cuando los hombres no pueden, sin correr un gran peligro, abandonarse á su indignación, no sólo se manifiestan mucho menos, sino que también reprimen la que experimentan en su interior; pero sin embargo, no por esto dejan de sentir. ¿Quién podría hoy contenerse?, ¿quién dejaría de hablar sobre un suceso que había hecho tanto ruido, en el cual se veía claramente la mano de la Providencia, y en donde representaban un gran papel dos personajes semejantes? El uno, en el que el amor por la justicia tan valeroso se veía unido á tanta autoridad; el otro, al cual parecía que el poder en persona estaba humillado, que la bravería, por decirlo así, había venido á deponer las armas y á pedir la paz. Á tales comparaciones, el Sr. D. Rodrigo considerábase como un pigmeo. Entonces todo el mundo comprendía lo que había ideado para atormentar la inocencia, para deshonrarla, para perseguirla con una violencia tan atroz y con asechanzas tan abominables. Pasábase en aquella ocasión una revista á todas las demás proezas de dicho señor, y sobre todo las decían del mismo modo que las sentían, animados y encantados como estaban de hallarse todos de acuerdo; era un murmullo, un grito unánime, á lo lejos, sin embargo, porque si no había bravos, había esbirros.
Una buena porción de esta pública animadversión tocaba también á sus colegas y amigos. No se perdonaba al señor podestá, siempre sordo, ciego, mudo, con respecto á las violencias de aquel tirano; pero no se hablaba de esto más que en voz baja, porque el podestá tenía igualmente sus esbirros. No usaban tantos miramientos tocante al doctor Azzecca-Garbugli, que no poseía más que mucha charlatanería y astucia, ni para con los demás pequeños colegas iguales suyos, á los cuales se les señalaba tanto con el dedo y se les miraba con tanta prevención, que juzgaron prudente el no dejarse ver en la calle por espacio de algún tiempo.
D. Rodrigo, herido como de un rayo por aquella noticia imprevista, tan distante del aviso que esperaba de día en día y de momento en momento, se mantuvo encerrado en su palacio solo con sus bravos, devorando su rabia por espacio de dos largos días; mas al tercero partió para Milán. Si aquello no hubiese sido más que un sordo murmullo del pueblo, quizá, aunque la cosa hubiese pasado más adelante, se hubiera quedado expresamente para desafiarla, para buscar la ocasión de dar sobre alguno de los más ardientes una lección que sirviese para todos; pero lo que le obligó á marchar, fué el haber sabido de positivo que el cardenal iba hacia aquel lado. El conde su tío, el cual nada sabía de toda aquella historia sino lo que le había dicho Attilio, hubiera ciertamente exigido que en semejante circunstancia D. Rodrigo hiciera la primera visita al cardenal, y que obtuviese en público la acogida más distinguida: véase, pues, cómo aquél había dispuesto otra cosa. El conde lo hubiera pretendido y se habría hecho dar cuenta minuciosamente, porque ésta era una ocasión importante de hacer ver en qué estimación era tenida la familia por una autoridad tan eminente. Para escapar de un embarazo tan enojoso, D. Rodrigo, habiéndose levantado una mañana antes de salir el sol, se metió en un carruaje, acompañado del Griso y algunos otros bravos que iban escoltándole; y dejando la orden de que el resto de la servidumbre siguiese después, partió como un fugitivo (permítasenos elevar á nuestros personajes por medio de alguna ilustre comparación), como Catalina de Roma, echando espumarajos de rabia y jurando volver bien pronto, de otro modo, para consumar su venganza.
Entretanto el cardenal se adelantaba, visitando todos los días una de las parroquias situadas en el territorio de Lecco. El día que debía llegar á la de Lucía, una gran parte de los habitantes habían salido de sus casas para salirle al encuentro. Á la entrada de la población, precisamente al lado mismo de la casita de nuestras dos mujeres, había un arco triunfal construido de madera, cubierto de paja y de musgo, adornado de verdes ramos de boj y de acebo. La fachada de la iglesia estaba cubierta de tapices; de cada ventana pendían colchas y sábanas extendidas, fajas de niños colocadas á guisa de banderas; todo aquello, por último, que podía parecer necesario, bien ó mal, ó superfluo. Por la tarde, que era la hora en la cual se esperaba al cardenal, los que habían permanecido en las casas, los ancianos, las mujeres y los niños más pequeños, se pusieron también en marcha para ir á su encuentro, parte formados en fila, y parte en pelotón, precedidos por D. Abundio. El pobre cura estaba triste en medio de tanta alegría; el estrépito le aturdía; el movimiento de tanta gente discurriendo por todas partes le volvía loco, como él decía; y estaba atormentado por el temor secreto de que las mujeres lo hubieran charlado todo, por lo cual tuviese que rendir cuenta de su conducta en el negocio del casamiento.
Finalmente, vese aparecer al cardenal, ó por mejor decir la turba en medio de la cual se encontraba en su litera, y el séquito que lo rodeaba. Apenas se le podía distinguir en medio de toda aquella cohorte, y únicamente se divisaba por sobresalir de todas las cabezas, un extremo de la cruz llevada por un capellán que cabalgaba en una mula. El pueblo que iba con D. Abundio, se apresuró á reunirse al grueso de la multitud; y éste, después de haber dicho tres ó cuatro veces: “Despacio, en fila, ¿qué hacéis?”, atravesó la calle sumamente incomodado y murmurando siempre: “Esto es una Babilonia, es una Babilonia”, entró en la iglesia que estaba desocupada, y se quedó allí aguardando.