El P. José Acosta, que estudió sobre el terreno el drama sangriento de la conquista, comprendió ya estas diferencias notables de la civilización progresiva y de la completa ausencia de orden social que presentaba el Nuevo Mundo en la época de Cristóbal Colón, ó poco tiempo después de la colonización española, y dice (según la ingenua traducción de Roberto Regnauld, hecha en 1597) «ser cosa bien demostrada que lo que mejor prueba la barbarie de los pueblos es el gobierno que los rige y la forma en que se dejan mandar; porque cuanto mayor es el número de los hombres que se aproximan á la razón, tanto más humano y menos insolente es su gobierno y más tratables los reyes, y se acomodan mejor con sus vasallos, reconociendo que la Naturaleza les hizo iguales. Por ello muchas naciones de estos indios no han querido, en sus comunidades, reyes ó señores absolutos; porque, entre los bárbaros, los gobernantes tratan á los súbditos como bestias y quieren ellos ser tratados como dioses.» El jesuíta, quizá intencionadamente, atribuye á sabia previsión lo que sólo se debía al imperio de las circunstancias y de los intereses.

Acabo de exponer cómo el estado social en que Europa encontró á América á fines del siglo XV modificó profundamente la marcha de la conquista, la forma de los primeros establecimientos y, lo que es más importante y no ha sido bien apreciado en las discusiones de la política americana, el carácter que hoy conservan los diferentes estados libres del Nuevo Continente. Pero este estado social era distinto cuatro siglos antes de la conquista. De ir los europeos á América tras las huellas de los marinos escandinavos, hubieran encontrado allí un orden de cosas totalmente diverso.

Desde la primera llegada de los aventureros normandos á Salerno y á la Pulla, hasta la destrucción del poder de los árabes en España, es decir, desde el principio del siglo XI hasta fines del XV, sufrió sin duda Europa cambios considerables en el estado de su civilización; sin embargo, las revoluciones ocurridas en América durante esta misma época son mucho más asombrosas.

Los Imperios contra los cuales lucharon Cortés y Pizarro no existían cuando los escandinavos llegaron á las costas de Vinland. El pueblo azteca no apareció en la meseta de Anahuac hasta 1190; la ciudad de Tenochtitlán (Méjico) fué fundada en medio de un lago alpino en 1325, es decir, unos setenta años antes del viaje de los hermanos Zeni.

Lejos de mi ánimo suponer que en el Anahuac, antes de los aztecas, y en el Perú, antes de la misteriosa llegada del primer Inca, no había habido nunca cultura intelectual ú orden social. Los grandes monumentos piramidales de Teotihuacán, de Cholula y de Papantla son más antiguos que los aztecas; y de igual modo en los alrededores del lago Titicaca, en la meseta peruana, las ruinas de Tiahuanaco son señales de una civilización anterior á las construcciones de los Incas de Cuzco. Pero el Nuevo Mundo ha tenido sin duda, como el antiguo, vicisitudes de barbarie y de civilización.

Sabemos con certidumbre que los pueblos del Perú vivían muy embrutecidos antes de la legislación teocrática de Manco Capac; sabemos que la población industriosa de los toltecas que habitaba en Méjico quinientos años antes que los aztecas, que empleaba como éstos la escritura jeroglífica y que tenía una medida del año más exacta que los pueblos de Europa, decayó desde el siglo XI, hasta llegar á gran envilecimiento. Estos datos bastan para probar que la Europa escandinava hubiera encontrado las hermosas regiones alpinas de la América tropical muy distintas de lo que eran en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro.

En la primitiva época acaso hubo otros centros de cultura parcial en Guatemala, Utatlán, Copán, Petén y Santo Domingo Palenque; al norte de Méjico, en Quivira (el Dorado del rey barbudo Tatarrax), célebre por las fábulas de fray Marcos de Niza; y al norte de la Luisiana, entre las orillas del Ohío y los lagos del Canadá, desde los 39° á los 44° de latitud.

Compréndese que haya frecuentes cambios de lugar en la cultura por efecto de grandes emigraciones de pueblos á quienes rodean hordas bárbaras.