[190] Aludo al párrafo con tanta frecuencia citado de la carta á la Reina dando cuenta del cuarto viaje: el oro es excelentísimo..... y al párrafo que termina el testamento del 19 de Mayo de 1506.

[191] Equivale á un peso de doce marcos de oro, porque 50 castellanos hacen un marco, que, según el edicto del rey don Alonso XI de 1348, debía ser el marco alemán, el de Colonia (marco de Colonna, por Colonia). Las denominaciones de medio excelente, enrique y castellano (entero) eran sinónimas.

[192] Como en los últimos tiempos ha excitado mucho la curiosidad del público la comparación de la riqueza del oro en Choco, en el Brasil, al sur de los Estados Unidos, y en la vertiente oriental (asiática) del Ural, manifestaré aquí el peso de las mayores pepitas de oro que han sido encontradas. La de los terrenos auríferos del Ural, que está depositada en el Gabinete Imperial de Minas de San Petersburgo, pesa 10 58100 kilogramos. La que se encontró, según M. Köhler de Freiberg, en Anson County (Estados Unidos) en 1821 pesa 21 710 kilogramos. El condado de Cavarras ha dado un pedazo de oro (siempre sin ganga) que pesa 12 610 kilogramos y muchos de 6 y de 8 kilogramos.

En la época de la conquista la mayor pepita de oro (grano de oro) fué la encontrada en Haïti á principios del año 1502 en los lavaderos de arenas auríferas del Río Hayna, á ocho leguas de distancia de la ciudad de Santo Domingo, lavaderos pertenecientes á dos colonos, Francisco de Garay y Miguel Díaz. La suponían grande como «las hogazas de Alcalá que se venden en Sevilla.» Para exagerar su volumen se decía (Herrera, Déc. I, libro V, cap. 1) que los mineros ponían sobre el grano de oro un lechón asado para comérselo, como los reyes en un plato de oro. Este grano cayó al fondo del mar, no cerca del cabo Beata, como afirma Oviedo (Hist. nat., cap. 84), sino como lo dice claramente D. Fernando Colón (cap. 88) el 29 de Junio de 1502, cerca del cabo oriental de la isla de Haïti, que es el cabo Engaño, durante el famoso huracán que Cristóbal Colón predijo cuarenta y ocho horas antes, «cuando el cielo estaba aún claro y azul», y en el que perecieron Bobadilla, Roldán y el cacique Guarionex. Tenemos seis valuaciones del peso de esta famosa pepita de oro: Oviedo dice que pesaba una arroba y siete libras; Pedro Mártir de Anghiera, 3.310 castellanos (auris globus maximi ponderis, en Oceánica, Déc. I, libro X, pág. 117); Las Casas (Obras nuevamente impresas en Barcelona, 1646, pág. 8), 3.600 castellanos; D. Fernando Colón (cap. 64), más de 30 libras; Herrera, 3.600 pesos, y finalmente Wytfliet, 3.310 libras (Descriptionis Ptolemaicæ argumentum, 1597, pág. 25). Las cinco primeras valuaciones son casi idénticas; las 32 libras castellanas de Oviedo hacen 14 610 kilogramos; los 3.310 castellanos de Anghiera, 15 110 kilogramos; los pesos de Herrera son idénticos á los castellanos (Quod. nummum castellanum vocari diximus vulgo pesum appellunt, Oceán., Déc. II, lib. VII, pág. 183). Wytfliet tomó los castellanos de Anghiera por libras castellanas, y por tanto, centuplicó el peso del grano de oro. Sin embargo, Anghiera dice claramente: «Unus auri globus repertus fuit trium millium trecentorum decem auri pondo. Globum eum mille amplius homines viderunt et attectaverunt. Pondus autem hoc a me sic appellatum, non libram intelligi volo æquare sed ducati aurei et trientis summam: vocant ipsi pesum; summamque ponderis castellanum aureum appellant Hispani.» En efecto, el ducado ó dobla de la banda tenía, á fines del siglo XV, 365 á 375 maravedís, mientras el peso ó castellano contenía de 480 á 485 (Memoria de la Acad. de la Hist., t. VI, páginas 513, 525 y 537). Respecto al marco dice también Anghiera (Déc. II, libro IV, pág. 154): «Quam libram Hispanus marchum appellat, quinquaginta nummi aurei castellani nuncupati, complent.» Este cálculo, cuyas bases he expuesto, prueba que la pepita caída al mar pesaba casi un tercio menos que la pepita del condado de Anson (Carolina del Norte).

Por las laboriosas investigaciones que he hecho acerca del comercio de metales preciosos y las cantidades relativas de oro y de plata explotadas desde el descubrimiento de América, creo haber probado suficientemente cuán escaso era el valor de las riquezas metálicas importadas en Europa desde 1492 á 1500. En estos ocho años fué el término medio de 2.000 marcos de oro anuales. (Essai politique, t. III, páginas 419 y 428, segunda edición. Jacob, On precious metals, t. II, pág. 46.) Como la acumulación se hizo en un solo punto, y la importación, antes del descubrimiento de las minas de Talco en Méjico, toda era de oro, la variación en las proporciones de los dos metales preciosos indujo á la reina Isabel, á causa del envilecimiento del oro, á reducir por el edicto de Medina de 1497, la proporción entre ellos á 1 : 10,7, mientras hasta entonces había sido de 1 : 11,6. (Mem. hist., t. VI, pág. 525.) La acumulación de la plata hizo subir de precio nuevamente el oro desde 1545 y 1558, época memorable del descubrimiento de las minas del Potosí y de Zacatecas.

Fernando el Católico, á quien el papa Alejandro VI había regalado, con la Bula de 3 de Mayo de 1493, la mitad del mundo, envió á este Pontífice granos de oro, como primicias de las explotaciones de Haïti. Estas primicias, que tenían, sin duda, un peso considerable, se emplearon en dorar la soffitta de la basílica de Santa María la Mayor en Roma, como lo indica la siguiente inscripción: «Alexander VI Pont. max. lacunar affabre sculptum cælavit auro quod primo Catholici Reges ex India receperunt» (Cancellieri, p. 193). Tal era entonces el movimiento industrial en España, que ya en 1495 el minero Pablo Belvis (Muñoz, lib. V, § 33) llevó á Haïti mercurio para obtener el oro diseminado en la arena, por medio de la amalgamación. El descubrimiento de la amalgamación, hecho en Méjico en 1557 por un minero de Pachuca, Bartolomé de Medina, fué sólo la aplicación del mercurio á los minerales de plata. En cuanto á la problemática masa blanquecina de 300 libras de peso, encontrada en la provincia de Cibao, en el patio de la casa de un cacique, donde estaba desde hacía muchas generaciones, y acerca de la cuestión de saber si esta masa era hierro arsenical, electrum (aleación de oro y plata) ó platino, véase Pedro Mártir, lib. IV, pág. 49, y Sprengel en sus notas alemanas para la obra de Muñoz, lib. V, § 37.

[193] Mr. Washington Irving, cuya Vida de Colón no sólo brilla por la elegancia del estilo, sino también por el descubrimiento de muchos hechos nuevos y muy importantes para la historia, ha encontrado este rasgo de moderación en Las Casas. (Hist. de las Indias, lib. I, cap. 123.)

[194] Por analogía con observaciones hechas hoy en estos mares, no más de 26° centigrados.

[195] «Navegué, dicen Colón, por camino no acostumbrado, navegué al austro con propósito de llegar á la línea equinocial y de allí seguir al poniente hasta que la isla Española me quedase al septentrión.»

[196] Vida del Almirante, cap. 65. En la carta á la Reina quéjase Colón con amargura de su estancia en las islas de Cabo Verde, que dice tienen mal aplicado este nombre, siendo tan secas que no se encuentra en ellas rastro de verdura. Describe los efectos de la calma y de un clima tan ardiente que quemaba el barco. Á ocho días de completa calma sucedieron siete días de lluvia y espesa niebla. Esta es la región de las calmas.