En las cartas de Colón es donde se ven las huellas de los repentinos movimientos de su alma ardiente y apasionada; el desorden de ideas que, efecto de la incoherencia y de la extrema rapidez de sus lecturas, aumentaba bajo el doble influjo de la desgracia y del misticismo religioso.
He dicho antes que Colón, al lado de tantos cuidados materiales y minuciosos que enfrían el alma, conservaba un sentimiento profundo de la majestad de la naturaleza. La variedad en la forma y fisonomía de los vegetales, la salvaje abundancia del suelo, las anchas desembocaduras de los ríos, cuyas umbrosas orillas están llenas de aves pescadoras, son sucesivamente objeto de ingenuas y animadas descripciones. Cada nueva tierra que Colón descubre le parece más bella que las que acaba de describir, y se lamenta de no poder variar las formas del lenguaje para transmitir al alma de la Reina las deliciosas impresiones que él ha experimentado al costear á Cuba y las pequeñas islas Lucayas.
En estos cuadros de la naturaleza[134] (¿por qué no dar tal nombre á trozos descriptivos llenos de encanto y de verdad?) el viejo marino muestra algunas veces una riqueza de estilo que sabrán apreciar los iniciados en los secretos de la lengua española, y prefieran el vigor del colorido á una corrección severa y acompasada.
Procuraré indicar particularmente algunos de los sentimientos poéticos que encontramos en los escritos de Colón, como en los de los hombres superiores de todos los siglos, especialmente de aquellos á quienes una imaginación ardiente ha impulsado á grandes descubrimientos. Bien se notan estos rasgos de poesía en la carta que el Almirante (á la edad de sesenta y siete años) escribió á los Monarcas Católicos el 7 de Julio de 1503, cuando, á su vuelta del cuarto y último viaje, tocó en Jamaica. El estilo de esta carta, conocida con el nombre de rarissima y desatendida durante largo tiempo, á pesar de haber sido impresa[135] en Venecia en 1505, está impregnado de profunda melancolía. El desorden que la caracteriza expresa bien la agitación de un alma fiera y orgullosa, herida por larga serie de iniquidades, que ve fracasar sus más caras esperanzas. Escuchemos al anciano cuando describe la visión nocturna que dice tuvo, estando al ancla en la costa de Veragua. Enormes avenidas, causadas por los torrentes que descendían de las montañas, habían puesto en gran peligro las embarcaciones á la embocadura del río Belén. Acababa de ser destruído el establecimiento colonial que levantó el hermano del Almirante. Los castellanos eran atacados por un jefe indígena, el belicoso quibian[136] de una provincia inmediata, y procuraban en vano buscar refugio á bordo de sus barcos. «Mi hermano y la otra gente toda, escribe Colón, estaba en un navío que quedó adentro: yo muy solo de fuera, en tan brava costa, con fuerte fiebre, en tanta fatiga: la esperanza de escapar era muerta: subí así trabajando lo más alto, llamando á voz temerosa, llorando y muy aprisa, los maestros de la guerra de Vuestras Altezas á todos cuatro los vientos, por socorro, mas nunca me respondieron[137]. Cansado, me adormecí gimiendo: una voz muy piadosa oí, diciendo: «¡O estulto y tardo á creer y á servir á tu Dios, Dios de todos! ¿Qué hizo él más por Moysés ó por David su siervo? Desque nasciste, siempre él tuvo de ti muy grande cargo. Cuando te vido en edad de que él fué contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra. Las Indias, que son parte del mundo tan ricas, te las dió por tuyas; tú las repartiste á donde te plugo, y te dió poder para ello. De los atamientos de la mar oceana, que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te dió las llaves, y fuiste obedescido en tantas tierras, y de los cristianos cobraste tan honrada fama. ¿Qué hizo el más alto pueblo de Israel cuando le sacó de Egipto? ¿Ni por David, que de pastor hizo rey en Judea? Tórnate á él y conoce ya tu yerro: su misericordia es infinita: tu vejez no impedirá á toda cosa grande: muchas heredades tiene él grandísimas. Abraham pasaba de cien años cuando engendró á Isaac. ¿Ni Sahara era moza? Tú llamas por socorro incierto (de los hombres): responde. ¿Quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios ó el mundo? Los privilegios y promesas que da Dios no las quebranta, ni dice, después de haber recibido el servicio, que su intención no era ésta y que se entiende de otra manera, ni da martirios por dar color á la fuerza: él va al pie de la letra: todo lo que él promete cumple con acrescentamiento. ¿Esto es uso? Dicho tengo lo que tu Criador ha fecho por ti y hace con todos. Ahora medio muestra el galardón de estos afanes y peligros que has pasado sirviendo á otros.» Yo, así amortecido, oí todo, mas no tuve yo respuesta á palabras tan ciertas, salvo llorar por mis yerros. Acabó él de hablar, quienquiera que fuese, diciendo: «No temas: confía; todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa.» Levantéme cuando pude y, al cabo de nueve días, hizo bonanza.»
Hay en los períodos que acaban de leerse, y no temo, al decirlo, que se me acuse de exagerado, grandeza y elevación ideas. Esta descripción de la Visión del río de Belén es tanto más patética, cuanto que contiene amargas censuras dirigidas con viril franqueza por un hombre injustamente perseguido contra poderosos monarcas. La voz celestial proclama la gloria de Colón. El imperio de la India es suyo; ha podido disponer de él á su antojo; darlo á Portugal, á Francia ó á Inglaterra, á quien hubiese reconocido la solidez de su empresa. La imagen del Océano occidental encadenado durante millares de años hasta el momento en que la aventurera intrepidez de Colón hizo su acceso libre á todas las naciones, es tan noble como bella. Puede creerse que no falta alguna malicia en la visión. La voz celestial celebra con preferencia, y acaso con más energía de la necesaria para agradar á los Reyes Católicos y á los cortesanos enemigos de Colón, «la estricta fidelidad en el cumplimiento de las promesas que Dios hace»; y este elogio de la fidelidad podría parecer más importuno y atrevido al leer en la misma carta: «Siete años estuve en su Real corte, que á cuantos se fabló de esta empresa, todos á una dijeron que era burla: agora fasta los sastres suplican por descubrir..... Perseguido, olvidado, de la Española, de Paria (de la costa de las Perlas), y de las otras tierras, no me acuerdo de ellas que yo no llore..... Las gracias y acrescentamiento siempre fué uso de las dar á quien puso su cuerpo á peligro. No es razón que quien ha sido tan contrario á esta negociación la gocen y sus hijos. Los que se fueron de las Indias fuyendo los trabajos y diziendo mal dellas y de mí, volvieron con cargos..... Después que yo, por voluntad divina, hube puesto las tierras que acá obedecen á Vuestra Alteza debajo de su Real y alto señorío, esperando navíos para venir á su alto concepto con victoria y grandes nuevas del oro, muy seguro y alegre, fuí preso y echado con dos hermanos en un navío, cargado de fierros, desnudo en cuerpo, con muy mal tratamiento, sin ser llamado ni vencido por justicia. ¿Quien creerá que un pobre extranjero se hobiese de alzar en tal logar contra Vuestra Alteza, sin causa, ni sin brazo de otro Príncipe y estando solo entre sus vasallos y naturales, y teniendo todos mis fijos en su Real corte? Yo vine á servir de veintiocho años (debió escribir[138] de cuarenta y ocho años) y agora no tengo cabello en mi persona que no sea cano, y el cuerpo enfermo, y gastado cuanto me quedó de aquellos y me fué tomado y vendido y á mis hermanos fasta el sayo, sin ser oído ni visto, con gran deshonor mío. Es de creer que esto no se hizo por su Real mandado. La restitución de mi honra y daños y el castigo en quien lo fizo, fará sonar su Real nobleza; y otro tanto en quien me robó las perlas y de quien ha fecho daño en ese almirantado. Grandísima virtud, fama con ejemplo será si hacen esto, y quedará á la España gloriosa memoria, con la de Vuestras Altezas, de agradecidos y justos Príncipes. La intención tan sana que yo siempre tuve al servicio de Vuestras Altezas y la afrenta tan desigual, no da lugar al ánima que calle, bien que yo quiera: suplico á Vuestras Altezas me perdonen..... Aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la muerte y cercado (en la isla de Jamaica) de un cuento de salvajes y llenos de crueldad y enemigos nuestros, y tan apartado de los santos sacramentos de la santa Iglesia que se olvidará de esta ánima si se aparta acá del cuerpo. Llore por mi quien tiene caridad, verdad y justicia».
El abandono con que está escrita esta carta; la extraña mezcla de vigor y debilidad, de orgullo y de conmovedora humildad, nos inician, por decirlo así, en los secretos y combates interiores de la gran alma de Colón.
Un hombre original, Diego Méndez, el fiel compañero del Almirante, cuyo testamento contiene toda la historia del Viaje á Veragua, y que en medio de su pobreza fundó un mayorazgo con algunos libros de Aristóteles y Erasmo, trajo la carta de Colón á España, donde llegó á fines del año 1503. Once meses después murió la reina Isabel.
En esta época, detenido Colón en Sevilla por sus dolencias, escribió á su hijo D. Diego «que las Indias se pierden y están con el fuego de mil partes». Tal es el final de este grande y triste drama, de una vida constantemente agitada, llena de ilusiones, ofreciendo una gloria inmensa, sin ninguna felicidad doméstica.
Hemos acompañado á Colón en uno de esos misteriosos caminos del sentimiento religioso que con tanta frecuencia sigue. En los hombres más dispuestos á las obras, que á cuidar la pureza de la dicción; entre los que permanecen extraños á todo artificio propio para producir emociones por el encanto de la palabra, es en los que con preferencia se nota la semejanza, indicada ha largo tiempo, entre el carácter y el estilo. La elocuencia de las almas incultas, que viven en medio de una civilización avanzada, es como la elocuencia de los tiempos primitivos. Cuando se observa á los hombres superiores y de bien templado carácter, pero poco familiarizados con las riquezas del lenguaje que emplean, en uno de esos momentos de pasión que por su misma violencia se oponen al libre trabajo del pensamiento, encuéntrase en ellos ese tinte poético del sentimiento que corresponde á la elocuencia de las primeras edades. Creo que estas reflexiones bastan para probar que el análisis de los escritos de Colón no se hace con el propósito de discutir lo que vagamente se llama el mérito literario de un escritor; trátase de algo más grave y más histórico: de considerar el estilo como expresión del carácter, como reflejo de la parte interna del hombre.
Después de la Visión de Veragua presentaré aquí el fragmento de una carta impregnada también de profunda melancolía y dirigida á D.ª Juana de la Torre «mujer virtuosa», dice Colón, que había sido nodriza del infante D. Juan, hijo único de Fernando el Católico y de Isabel, muerto á los diez y nueve años de edad[139]. Cedo al fácil placer de las citas, por tratarse de un fragmento donde el estilo presenta singular mezcla de grandeza y familiaridad.