Admitiendo Eratósthenes la esfericidad de la tierra (Estrabón, lib. I, pág. 107, Alm.; pág. 62, Cas.) debía fácilmente adquirir la opinión de la posibilidad de navegar desde Iberia á la India; pero, como era natural, la extensión del Atlántico en el paralelo de Thinæ (el diafragma de Dicæarco) parecíale un obstáculo insuperable. La medida numérica de esta extensión del Atlántico resulta de la extensión en longitud del οἰκουμένη valuada en poco menos de 82.000 estadios en el paralelo de Thinæ.
Según lo que Estrabón manifiesta en el cap. 4 del lib. II y en el 15 del XI acerca de la forma general y de la dimensión de la tierra habitada, los resultados numéricos que establece, sea por el sistema de Eratósthenes ó por el de Posidonio, se encuentran con mucha facilidad y, lo que es más seguro, se les encuentra, comparando en cada sistema los datos parciales, con los perímetros enteros, muy diferentemente valuados por cada uno de estos antiguos geómetras, sin necesidad de recurrir á una comparación con las medidas actuales. «La porción del hemisferio septentrional comprendida entre el ecuador y un paralelo próximo al polo tiene la figura de una vértebra[267] σπóνδυλος (Cod. París, 1393: σπóνδειλον que Mr. de Brequigny propone inútilmente convertir en σπονδεῖον, copa empleada en las libaciones). La superficie de esta vértebra ó zona esférica, que representa la zona templada septentrional, comprenderá dos cuadriláteros cuyas costas estarán hacia el Norte, á la mitad del círculo paralelo al ecuador y próximo al polo (1.400 estadios más allá de Ierné), y hacia el Sur, una mitad del Ecuador.»
Ahora bien; en uno de estos cuadriláteros es donde Estrabón sitúa la isla que forma nuestra tierra habitada, «doble más larga que ancha», que tiene la figura de una clámide y cuya anchura se aminora mucho hacia las extremidades, especialmente hacia el Oeste (II, pág. 177, Alm.; pág. 116 Cas.).
Como el paralelo de Thinæ, suponiendo, como Eratósthenes el perímetro ecuatorial de 252.000 estadios, no llega á 200.000 estadios (Estrabón hubiera dicho más exactamente algo menos de 203.000); y como la longitud de la tierra habitada de Oeste á Este, desde el cabo Sagrado á Thinæ es, en el mismo paralelo del diafragma, de 70.000 estadios (Estrabón, II, páginas 137 y 177; XI, pág. 789, Alm., ó II, pág. 83, 116, XI, página 519, Cas.), justo es decir, como lo hace Estrabón en el párrafo (pág. 113, Alm.; págs. 64 y 65 Cas.) que tanto preocupó en la Edad Media hasta Colón, que las tierras ocupan «más de la tercera parte» del círculo que pasa por Rodas y Thinæ, dos puntos que en la antigüedad se suponían en la misma latitud, aunque probablemente hubiese entre ellos una diferencia de 24°. Quedaban, pues, unos 130.000 estadios para el recorrido por mar, para ir de Iberia á la India «por un mismo paralelo» á aquella India[268] Eoo adposita pelago (Mela, III, 17). Allí se encuentra, como dice Estrabón en otro párrafo (II, pág. 173. Alm.; pág. 113 Cas.) «la vasta extensión y la soledad de los mares que no se puede atravesar».
Pero lo que hace más notable el texto que analizamos y lo que parece que llamó más la atención de los escritores de los siglos XV y XVI (la gran época de los descubrimientos), es la afirmación de Estrabón de «que en la misma zona templada que habitamos, y sobre todo en las inmediaciones del paralelo que pasa por Thinæ y atraviesa el mar Atlántico, pueden existir dos tierras habitadas y acaso más de dos.» Esta es una profecía de la América y de las islas del mar del Sur, más razonada y menos vaga que la profecía de la Medea de Séneca.
En el segundo libro (pág. 179, Alm.; pág. 118, Cas.) aun alude Estrabón á esta probabilidad de la existencia de tierras desconocidas situadas entre la Europa occidental y el Asia oriental. «El dar idea exacta, dice, de las demás porciones del globo, ó siquiera de la totalidad de esta vértebra ó zona de que hemos hablado, es asunto propio de otra ciencia (no pertenece al campo de la geografía positiva), como también examinar si la vértebra está habitada en el otro cuadrilátero, como en el que nos encontramos. Suponed, en efecto, que lo esté, como es muy probable; no lo estará por pueblos del mismo origen que nosotros, y, por tanto, esta tierra habitada debe ser distinta de la nuestra. Sólo, pues, la nuestra es la que vamos á describir.»
La existencia de una tierra ó de muchas tierras en el Atlántico al Este de Thinæ parecía, pues, muy probable al juicioso geógrafo de Amasia, que temía extraviarse en el vasto campo de la geografía conjetural. La relación del pasaje que citamos con el que trata de las dimensiones y de las divisiones de la tierra habitada, la expresión otro cuadrilátero de la vértebra (de la zona septentrional) que ha sido descrita, compuesta de dos cuadriláteros, de los cuales uno comprende nuestro οἰκουμένη, no deja duda de que Estrabón, después de elogiar las grandes expediciones de los romanos, tan útiles á los progresos de la geografía, y «de su compañero y amigo Elio Galo» vuelve incidentalmente á la existencia de las tierras habitadas, no descubiertas aún, situadas acaso en el paralelo de Rodas y de Thinæ. Este otro οἰκουμένη del hemisferio boreal era, pues, completamente distinto de la otra parte del mundo que, á imitación de Crates (Estrabón, I, pág. 54, Alm.; pág. 31, Cas.), se admitía en el hemisferio austral, más allá del brazo oceánico que ocupa la zona tórrida, y era diferente del alter Orbis de Mela (I, 9, 4; III, 7, 7) y de la cuarta parte del mundo[269] de Isidoro de Sevilla (Orig., XIV, c. 5, ed. Venet., 1483, pág. 71, b.)
La comparación de la forma del οἰκουμένη con una clámide se encuentra en Estrabón cuatro veces, y la analogía se funda, principalmente, al parecer, en dos circunstancias: primero en ser preciso que la longitud, la extensión de derecha á izquierda del vestido que ha de envolver al caballero y la extensión (longitud) de Este á Oeste de la tierra habitada, sean mucho más considerables, en general, que la altura de la clámide ó la extensión del οἰκουμένη de Norte á Sur. Esta circunstancia se encuentra efectivamente en la descripción de Alejandría. Estrabón compara el terreno que ocupa esta ciudad á la figura de una clámide, cuya longitud entre las dos costas bañadas, una por el mar y otra por el lago Maréotis, es de 30 estadios, mientras los istmos que determinan la anchura no son más que de 7 á 8 estadios, estando contenidos entre el mar y el lago (lib. XVII, pág. 1143, Alm.; pág. 793, Cas.). El οἰκουμένη es mucho menos ancho en las extremidades al Este y al Oeste, sobre todo hacia el Oeste. Á pesar de la desproporción de las dos dimensiones á lo ancho y á lo largo, de extensión en longitud y latitud, la semejanza de formas exige que hacia la mitad del largo llegue el ancho á su máximum. Esta condición, como juiciosamente observa Mr. de Gosselin, la establece Estrabón cuando discute dónde está colocada, en el paralelo de Rodas, la mitad de lo largo y si á este punto corresponde la mayor anchura de la clámide. La idea sistemática acerca de la forma del manto de la tierra habitada está, al parecer, geográficamente bastante justificada, porque el máximum de anchura corresponde, en efecto, entre los meridianos de Bodas y de Artemita en Babilonia. Encuentro que en la Edad Media se vió hasta los broches (fibulæ) de la clámide[270].
La discusión acerca de la clámide y de la anchura de la tierra habitada en el meridiano de Artemita ó de la desembocadura del mar Hircano-Caspiano, termina comparando la parte boreal de Asia con un cuchillo; comparación que recuerda las de hojas de plátano ó piel de pantera, tan comunes entre los geógrafos griegos, y que ha parecido ininteligible á los traductores modernos[271]; pero, según opina Mr. Boeckh, observó Estrabón la configuración del segmento de tierra comprendido entre el mar Glacial y la cordillera del Tauro que, con los nombres sucesivos de Cáucaso (de Alejandro), de Imaüs, de Émodus, de Ottorocorras y de Montañas de Seres, suponíase cruzaba toda el Asia de Oeste á Este hasta el mar Oriental (Eoum pelagus); compara este segmento con la forma de un cuchillo, cuyo lomo encorvado lo representa la costa del mar Boreal y el filo la cordillera del Tauro, que se prolonga en línea recta.
Si con este motivo cito al erudito é ingenioso filólogo, colega mío en la Academia, es para ofrecerle al mismo tiempo el testimonio de mi mayor reconocimiento por el cuidado con que rectifica las traducciones latinas de muchos textos de Aristóteles y de Estrabón (por Joannes Agyropoulos, Budée, Vatable y Xylandro), como también por los consejos que tuvo la bondad de darme cuando sometí á su examen trabajos que me han ocupado tantos años. Mencionar este auxilio de la crítica y de la amistad, no es hacer á Mr. Boeckh responsable de las apreciaciones, muchas veces vagas y atrevidas, que pueda contener mi obra.