La idea de explicar las mareas por las corrientes opuestas estaba muy generalizada en la antigüedad, dando ocasión á ello la observación del movimiento de las aguas en los estrechos, sobre todo al noreste de Sicilia y en el Euripo que separa la Beocia de la Eubea. El sabio autor de la Geografía física de los antiguos, Mr. Uckert, observa además, con razón, que la teoría de Macrobio, contemporáneo de Avieno, tiene alguna relación con las del retórico Eumenio y del poeta Claudio Rutilio Numantiano, naturales ambos de las Galias, uno de Autum y otro de Poitiers ó de Tolosa, y familiarizados por tanto, según creo, con los fenómenos de las altas mareas en las costas occidentales de Francia.

Eumenio y Rutilio consideran también como causa principal de las mareas el choque de las aguas pelásgicas á la salida de los canales (amnes Occeani. Virgilio, Geórg., IV, 233; Oceanus refusus. Æ., VII, 225) que separan «las diversas masas de tierras continentales». Admiten también, pues, muchas tierras habitables en cuyas costas chocan las corrientes; pero entre Eumeno, el panegirista de Constancio Chloro, muerto en el año de 311, y el poeta Claudio Rutilio, sólo el primero es indudablemente anterior á Macrobio.


Esdras, IV, 6:

«Y el tercer día ordenaste á las aguas reunirse en la séptima parte de la tierra.»

Interesado Colón en persuadir á los monarcas españoles de que el mar tenía poca extensión, llamóle la atención este pasaje de Esdras, y habla extensamente de él en su carta de Haïti de 1498. Por el Imago Mundi (cap. 9) del cardenal de Ailly conoció la opinión de que el mar sólo ocupaba una séptima parte de la superficie del globo; opinión manifestada tres veces en la historia de la creación del mundo, como Esdras la refiere; pero Colón equivoca la cita, al suponer este pasaje en el libro tercero.

Como pudiera suceder que la reina Isabel no tuviese muy en cuenta la autoridad de Esdras, el Almirante, según antes vimos, añade: «La cual autoridad es aprobada por Santos, los cuales dan autoridad al 3.º y 4.º libros de Esdras»; y presenta por ejemplo San Agustín y San Ambrosio. Igual opinión sobre la santidad de los libros de Esdras tienen d’Ailly[288] y Pico de la Mirandola; cosa tanto más sorprendente, cuanto que, en los siglos posteriores á San Agustín, siempre ha sido considerado apócrifo el libro 4.º de Esdras[289]. Posteriormente M. Lücke ha explicado la probabilidad de que este libro haya sido redactado, no en el cuarto, sino en el siglo primero de nuestra era, por un judío griego, fuera de Palestina, y que pertenece al grupo de escritos apocalípticos cuyo origen asciende á las pretendidas poesías de los magos y á los oráculos sibilinos, en parte inventados, según las investigaciones modernas, hasta en el cuarto y quinto siglos.

Es extraño encontrar en períodos del cristianismo en que la gran extensión de las navegaciones al Noroeste y en el mar de la India había hecho desaparecer de largo tiempo atrás la idea del Río Océano rodeando el disco de la tierra, y cuando todos los geógrafos griegos y romanos hablan ya de la inmensidad del Atlántico, esta falsa idea de la relación de los continentes y de los mares, y encontrarla en un libro apócrifo, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis de Esdras. Este sexto capítulo que cita Cristóbal Colón pertenece más especialmente al ciclo de las visiones cosmológicas.

Según la opinión de uno de los sabios más versados en las creencias de los pueblos armenios ó semíticos, M. Rosenmüller, de Leipzig, á quien he consultado acerca del pasaje de Esdras, «los Hebreos en sus antiguos libros no tienen absolutamente ningún dato numérico sobre la extensión relativa de los continentes y de los mares, y ni se encuentra tampoco en las paráfrasis caldeas, ni en los escritos talmúdicos y rabínicos. Pero como los Judíos acostumbran á dividir la superficie del globo en siete climas, y como el Génesis, I, 9, indica que las aguas fueron reunidas en un solo lugar, no parece contrario al espíritu de la exegesis talmúdica relacionar este lugar de la reunión de las aguas con una de las siete zonas.» Añadiré á esta ingeniosa explicación que la división en siete climas tiene sus raíces en las más antiguas tradiciones míticas de la India.

Según una de las diferentes fases de la geografía[290] completamente sistemática conservada por los Puranas, el disco terrestre está también compuesto de siete zonas ó círculos concéntricos (Dwipas) con siete climas[291] correspondientes; pero entre los Indios las siete zonas terrestres están separadas por siete mares. Este arreglo no disminuye seguramente la extensión de la masa total de las zonas líquidas, que se distinguen con los nombres, más bien raros que poéticos, de mares de leche cuajada, de azúcar, y de manteca clarificada.