Después de haber experimentado todas las iniciaciones y aprendido la física y la astrología, que está fundada en la geometría, tuvo vivo deseo de visitar la grande isla, que es como llaman á nuestro Continente. Habiendo pasado el período de treinta años, llegó una nueva theoría, y el extranjero, después de saludar á sus amigos, se embarcó y apareció en Cartago; pero la expresión «no os diré á través de qué pueblos, por entre qué hombres pasó, qué escritos sagrados aprendió á conocer y en cuántos ritos fué iniciado», demuestra bien que se trata de un viaje por tierra.

El extranjero permaneció mucho tiempo en Cartago, es decir, en la ciudad romana construída sobre las ruinas «de la antigua ciudad púnica, y allí descubrió algunos escritos sagrados «que habían sido salvados (sin duda cuando la destrucción de la ciudad de Dido por Scipión el Africano) y que estuvieron largo tiempo ocultos y enterrados». Entre las divinidades visibles dice que es la luna la que especialmente merece la veneración de los hombres, etc., etc.

Llegando al asunto principal del tratado, discute de nuevo Sila los puntos de filosofía natural, sin tocar al mito geográfico del Gran Continente Cronieno que fijó la atención de Ortelio. Al final del libro es cuando el narrador afirma solemnemente que cuanto ha referido lo sabe por boca del personaje misterioso que apareció en Libia y que éste «lo aprendió de los genios que tenían á Saturno aletargado».

Seguramente este mito en su conjunto no es un entretenimiento del espíritu, una novela filosófica debida solo á la imaginación de Plutarco. Refiérese á una serie de ideas antiquísimas, á tradiciones ó, si se quiere, á un sistema de opiniones[302] de las cuales han llegado á nosotros algunos otros fragmentos en la Merópida de Theopompo y en el pasaje que contiene el diálogo de Plutarco Defectu Oraculorum (cap. 18). Este último presenta una descripción pintoresca de algunas islas sagradas próximas á Bretaña y llamadas de los Demonios y de las grandes almas de los héroes, sitio de tempestades y de meteoros luminosos. En una de estas islas está encerrado Saturno, cuyo sueño vigila Briareo, porque este sueño constituye los lazos que lo aprisionan (frase empleada ya en el Tratado de la Luna). «El dios está rodeado de genios, que son sus compañeros y servidores.»

El otro mundo[303], el Gran Continente, lo encontramos también en el mito de la Merópida de Theopompo, cuento moral en forma cosmográfica. Las revevelaciones que hace Sileno á Midas el Phrigio tienen, al parecer, relación en su parte simbólica con antiguas tradiciones religiosas, y tuvieron celebridad mucho tiempo después de los poetas y de los filósofos alejandrinos, apareciendo como favella de Sileno en Cicerón (Tusc. Quæst., I, 38) el grave filósofo estóico.

Según Theopompo, elogiado por Dionisio de Halicarnaso y maltratado por Estrabón, la tierra de los Méropes es una μεγάλη ἤπειρος más allá del Océano. También los Méropes de Sileno están persuadidos de que sólo su país es un continente y que nosotros habitamos en una isla de poca extensión. Los adornos poéticos, tales como las dos ciudades «del combate y de la piedad», los ríos del deleite y de la tristeza, el oro más abundante que lo es el hierro entre los Griegos, hombres de una raza gigantesca y de larga vida, instituciones y leyes diametralmente opuestas á las nuestras, no faltan por cierto en esta corta novela sentimental.

Ignórase si estaba comprendida en el Liber admirabilium de Theopompo ó en su Historia de Macedonia (las Filípicas). Deseosos los habitantes de Meropis de visitar por curiosidad la pequeña isla que habitamos, al partir del Gran Continente fueron primero á las tierras de los hyperbóreos; pero volvieron poco satisfechos del estado de un pueblo que los Griegos creían tan feliz. En toda esta ficción, donde consta la antigua creencia de que existían otras tierras grandísimas, separadas de nuestro οἰκουμένη, ninguna mención se hace de Saturno y de la tierra Croniena. Sin embargo, la visita á los hyperbóreos, cuya comarca estaba más próxima al Gran Continente de los Méropes, sitúa nuevamente el mito de Theopompo hacia el Noroeste y lo relaciona también con la tradición cuyo recuerdo nos ha conservado Plutarco.

Perizonio, que es tan juicioso, ha visto también en las revelaciones de Sileno algunos indicios de América. «Non dubito quin veteres aliquid sciverint quasi per nebulam et caliginem de América partim ab antigua traditione ab Ægyptiis vel Carthaginiensibus (!) accepta, partim ex ratiocinatione de forma et situ orbis terrarum (Æliano, ed. Lugd., 1701, pág. 217).


APÉNDICE III.