—¿Adónde me llevará usted, papá? ¿A Nápoles?
—No, hija mía, porque a Nápoles está demasiado lejos para ir allá de un tirón sin hacer ni un descanso. Además, Nápoles ofrece el inconveniente del sirocco, que agosta las flores, y la tenue ceniza del Vesubio, que abrasa los pulmones de las niñas. No llegaremos allí; nos detendremos en Niza...
Antes de proseguir, el doctor pareció titubear, consultando a su hija con la mirada.
—¿Y qué?...—preguntó Magdalena, mientras su novio bajaba la cabeza.
—Amaury seguirá su viaje hasta Nápoles.
—¿Cómo es eso? ¿Nos deja?—exclamó Magdalena.
—No, hija mía, porque eso no es dejarnos—repuso el doctor, con viveza.
Y muy despacio y adoptando toda suerte de precauciones oratorias, dio cuenta a Magdalena de su plan, que, como ya sabemos, consistía en llegar hasta Niza y aguardar la vuelta de Amaury en aquel invernadero de Europa, en la estación de invierno más espléndida del mundo.
Escuchole Magdalena con la cabeza baja y como absorbida por un pensamiento fijo, y cuando acabó de hablar le preguntó:
—¿Vendrá también con nosotros Antoñita?