—Levanta, Amaury—le dijo.—No tienes tú la culpa, sino la Naturaleza que hace que el amor sea una atracción que da a unos la vida y un contacto que a otros les causa la muerte. Ya lo había yo previsto, y por eso tenía tanto empeño en que partieras cuanto antes.

—¡Padre mío! ¡Sálvela usted!—gritó Amaury.—¡Sálvela, aunque yo no la vuelva a ver más!

—No es necesario que me lo ruegues para salvarla si puedo—repuso el doctor;—pero, en esta ocasión, no debes dirigirme a mí ese ruego, sino a Dios, que es el único que puede hacer el milagro.

—¿Qué dice usted? ¿Se perdió toda esperanza? ¿Estamos condenados de un modo irrevocable?

—Yo haré en lo posible ensayar la ciencia humana; pero de antemano te declaro que nada puede hacer contra esa enfermedad cuando llega al grado a que ha llegado ya la que mina a Magdalena.

Y de los secos párpados del anciano rodaron dos gruesas lágrimas al pronunciar estas palabras.

Amaury estaba enloquecido. Retorcíase los brazos con tal desesperación que el doctor se compadeció de él y abrazándole le dijo:

—Oye, Amaury. Nuestra misión redúcese ya ahora a endulzar su muerte en lo posible, yo con mi ciencia y tú con tu amor: cumplamos nuestro deber con fidelidad. Ahora sube a tu cuarto; ya te llamaré cuando puedas ver a Magdalena.

El joven, que esperaba oír de labios del doctor los más acerbos reproches, quedó confundido por su triste magnanimidad. Habría preferido que le maldijese a verse tratado con aquella sombría benevolencia.

Volviose a su habitación y quiso escribir a Antonia; pero no pudiendo coordinar sus ideas, arrojó la pluma, y con la frente apoyada sobre el borde de la mesa, quedó inmóvil y sin conciencia de sí mismo hasta que vino a sacarle de su marasmo la voz de José, diciéndole que le aguardaba el doctor.