»¡Ha recaído!

»Y nada más... ¡Oh! ¡De sobra sé lo que tendrá que escribir después de esas dos palabras!

»Le detuve al pasar y le pregunté por Magdalena.

»—No está mejor, pero ahora duerme—contestó con aire distraído, casi sin mirarme.—La señora Braun está haciéndole compañía; yo voy a preparar el medicamento.

»Desde la noche del baile, el doctor ha convertido su habitación en farmacia, y todas las medicinas las prepara él por sí mismo.

»Quise dirigirme al cuarto de Magdalena, pero él me detuvo diciéndome estas palabras:

»—No entres: se despertaría.

»Y siguió su camino sin preocuparse más de mí, con la frente baja, la mirada fija y un dedo sobre los labios, absorbido su pensamiento por una idea exclusiva.

»Yo, no sabiendo qué hacer hasta que Magdalena despertase, ensillé a Sturm y salí a dar un paseo. Llevaba un mes confinado en la casa y necesitaba respirar el aire libre.

»Al llegar al bosque y cruzar la Avenida de Madrid, vino a mi mente el recuerdo de un paseo que hace tres meses hice en circunstancias bien distintas. Pisaba yo aquel día el umbral de la felicidad, mientras que hoy me encuentro al borde de la desesperación más profunda.