»—Oye, Amaury—me dijo.—dos ideas atenacean mi cerebro y amenazan volverme loco. La primera es la de que si en un instante con el pensamiento pudiese trasladar a mi hija a un clima más benigno, a Niza, a Madera o a Palma, tal vez se salvaría. ¡Oh! ¿Por qué Dios no me ha dado un poder igual a mi amor, el poder de disponer del tiempo, de suprimir el espacio, de trastornar el mundo?... ¡Oh, rabia!... La otra idea es que en cuanto se muera mi hija se descubrirá tal vez, o acaso descubriré yo mismo el remedio que con tanto afán buscamos. Si así ocurriera y fuese yo quien lo hallara, juro por mi nombre no revelarlo a nadie en este mundo. ¿Qué me importan a mí las hijas de los demás? ¿Vienen acaso sus padres a salvar ahora a la mía?

»Cuando el doctor se expresaba de este modo, entró la señora Braun a decirnos que había despertado Magdalena. Entonces, Antoñita, he tenido ocasión de ver el maravilloso dominio que tiene ese hombre sobre su voluntad. Gracias a un vigoroso esfuerzo de esta facultad supo revestir su trastornada fisonomía con la expresión seria y grave que le es habitual.

»Pero esa aparente calma va siendo más sombría cada vez.

»Me preguntó si le acompañaba; pero yo no poseo su energía ni su estoicismo admirable; y necesitando mucho más tiempo que él para cubrir con la máscara mi rostro, pasé más de media hora en esta triste labor.

»Esa media hora es la que le dedico a usted escribiéndole, Antoñita.»

amaury a antonia

«¡Qué ángel va a abandonar este mundo!

»Al contemplar yo esta mañana a Magdalena adornada de esa suprema belleza que los últimos fulgores de la vida prestan a los moribundos, pensaba:

»—¡Oh! esa belleza, esas miradas y esa sonrisa iluminadas por un amor profundo, todo eso, ¿no es el alma?... ¿Y acaso puede morir el alma?

»Y no obstante, Magdalena morirá.