Hacia las cuatro de la madrugada se aletargó la enferma. Amaury, al verla cerrar los ojos, se puso en pie de un salto, pero el doctor le detuvo diciéndole estas palabras:

—Ahora duerme; aún le queda una hora de vida.

Efectivamente, Magdalena dormitaba con el último sueño de la vida mientras el crepúsculo ahuyentaba las sombras de la noche y las estrellas se eclipsaban una a una ante la limpia claridad de la rosada aurora.

El señor de Avrigny tomó el pulso a su hija, notando que ya desaparecía poco a poco de las extremidades.

A las cinco oyose la campana de una iglesia próxima que tocaba el angelus, llamando a la oración a los fieles.

Un pajarillo se posó en la ventana, entonó un gorjeo y emprendió el vuelo de nuevo, perdiéndose en los aires.

Magdalena abrió los ojos, quiso incorporarse exclamando:—«¡Aire! ¡aire! ¡Me ahogo!» y se desplomó lanzando un suspiro.

Era el último. Magdalena de Avrigny ya no existía.

Levantose el doctor y con voz ahogada dijo:

—¡Adiós, Magdalena! ¡Adiós, hija mía!