Después de la función, Amaury subió a otro coche de punto, y se hizo llevar a casa del señor de Avrigny.

Los criados le aguardaban. Se dirigió al despacho de su antiguo tutor, llamó a la puerta y oyó una voz que le respondió desde adentro:

—¿Eres tú, Amaury?

El joven, después de responder afirmativamente, entró.

El señor de Avrigny, que estaba sentado ante su mesa de trabajo, se levantó para salir a su encuentro.

—No he querido acostarme sin venir a dar a usted un abrazo—le dijo Amaury en tono tranquilo.—¡Adiós, padre mío!

Su tutor le miró con fijeza y abrazándole respondió:

—¡Adiós, Amaury!

Al estrecharle contra su pecho le había puesto la mano sobre el corazón, notando que sus latidos acusaban perfecta tranquilidad. El joven, sin advertir nada, se dispuso a retirarse, y ya iba a traspasar el umbral del aposento, cuando el doctor le llamó de nuevo, diciéndole con voz ahogada por la emoción:

—Oye, Amaury, una palabra.