»—Si al encontrar al hada de mis ensueños y hacerla reina de mi albedrío querrá ella que reine yo en el suyo.
»—¿Por qué no?
»—¿Serías tú capaz de responderme de eso?
»—En absoluto: yo te respondo por ella. Pero y a mí ¿él me querría?
»—Te adorará, Magdalena: yo te lo aseguro.
»—Veamos. Llevemos esta ilusión al campo de la realidad; busquemos en torno nuestro. Dime si entre las personas que nos tratan hay alguna de quién tú sepas positivamente que reúne las circunstancias que cada cual exigimos. Yo...
»Se interrumpió ruborosa y ambos instintivamente cruzamos una mirada. Nuestro espíritu comenzaba a vislumbrar la verdad. Fijé mis ojos en los de Magdalena y repetí, como si a mí mismo me hiciese aquella pregunta:
»—Una amiga muy conocida y muy querida desde la niñez...
»—Un amigo cuyo corazón no tuviese secreto para mí...—dijo Magdalena.
»—Buena, cariñosa, inteligente.