»No he creído necesario hablarle, a mi tío de asunto tan baladí. No es cosa de molestarle con tan poco fundamento; el pobre está cada día más abatido y es muy de temer que no tarde mucho en reunirse con su hija. En eso cifra él toda su dicha, que a mí me arrancará muchas lágrimas el día en que él la alcance.

»Es indudable que está herido mortalmente, no sé si a causa de la pena o de alguna dolencia originada por la concentración de su dolor.

»Acerca de esto consulté un día al doctor Gastón, aquel médico joven a quien usted concede gran talento, y él me dijo que todo trastorno moral en que se complazca el enfermo tiene grave transcendencia, sobre todo a una edad ya avanzada. Me preguntó si podría conversar siquiera cinco minutos con mi tío, asegurándome que con ello tendría suficiente para examinar al doctor Avrigny y ver por los síntomas que le ofrezca si además de la pena que le consume padece en efecto una verdadera enfermedad física.

»Yo le prometí hacer cuanto estuviera en mi mano para que celebrase esa entrevista, pero aun no lo he logrado hasta la fecha. He dicho a mi tío que el doctor Gastón a quien él ha hecho nombrar médico de palacio y que es uno de sus discípulos más queridos tenía que consultarle acerca del tratamiento que debía adoptar para con un cliente suyo; pero él, lejos de caer en la red me contestó:

»—Ya sé de quién se trata y no veo la necesidad de tal consulta. Dile, hija mía, que es inútil todo remedio, pues la enfermedad de ese cliente es mortal.

»Y al ver que yo no podía contener mis lágrimas, agregó:

»—No llores, Antoñita, no te intereses por esa persona. Aún le restan algunos meses de vida y entretanto estará Amaury de vuelta.

»¡Dios mío! ¡Me asusto al pensar en que mi tío pueda morir estando usted tan lejos y yo aquí sola, absolutamente sola!

»Echaba usted de menos una compañera con quien compartir el arrobamiento que le produce la contemplación de los magníficos espectáculos que la Naturaleza le ofrece a cada instante... ¿No me es a mí más necesario un amigo que confunda sus lágrimas con las mías? Yo tengo, sí, ese amigo; pero me separan de él la distancia y sus propios pesares, que lo alejan de mí más que la distancia...

»¿Por qué está usted tan lejos y tan solo, Amaury, amigo mío? ¿Por qué se condena voluntariamente a una soledad tan triste? ¿Qué ventajas le reporta el permanecer extraño a cuanto hay en torno suyo? Si usted regresase sufriríamos siquiera los dos juntos...