—Juzgará usted mismo.

—¿Cuándo?

—Desde mañana, el conde de Mengis y su esposa quieren consagrar a su pobre reclusa las tertulias de los martes, jueves y sábados. Venga mañana que es sábado.

—Mañana...—murmuró Amaury vacilando.

—¡Oh! venga, venga, se lo suplico—insistió Antoñita.—Hace tanto tiempo que no nos vemos que debemos tener muchas cosas que decirnos.

—Ve, Amaury, ve—dijo el anciano.

—Pues bien, hasta mañana, Antoñita—dijo el joven.

—Hasta mañana, hermano mío—respondió Antoñita.

—Y yo, hijos míos, hasta dentro de un mes—dijo el doctor, que había escuchado su discusión con melancólica sonrisa;—y si durante este mes soy necesario por cualquier motivo, tendré abierta mi casa para ambos.

Y apoyado en el brazo de José, los acompañó hasta sus coches respectivos.