—¿Pero del hijo de uno de sus amigos?
Amaury vio que no podía retroceder.
—Ayer pronunció delante de mí el nombre del vizconde Raúl de Mengis.
—¿De mi sobrino? Sí; sé que tal es el deseo de nuestro querido Avrigny. ¿También sabe que yo pensé en Raúl para Magdalena?
—Sí, señor.
—Ignoraba que Avrigny estuviese comprometido con usted; pero a la primera palabra que me dijo de este compromiso, retiré, como sabe, mi petición. Confiésole que casi la he renovado respecto a Antoñita, y mi pobre anciano amigo me ha contestado que por su parte no pondría inconveniente alguno a este proyecto. ¿Podré obtener el asentimiento de usted como he obtenido el suyo?
—Sin duda ninguna, señor conde—replicó Amaury con cierta turbación;—y si Antoñita ama a su sobrino... Pero perdone, ¿no estaba agregado el vizconde a la embajada de San Petersburgo?
—En efecto, ejerce en ella el cargo de secretario segundo; pero ha obtenido licencia.
—Entonces, ¿va a venir?—preguntó Amaury, no sin cierta brusquedad.
—Llegó ayer, y voy a tener el honor de presentárselo, porque hele aquí que entra.