—Comprendo tu vacilación—dijo Amaury, sonriendo desdeñosamente.

—¿Sí?—preguntó Felipe palideciendo.—Entonces sabrás...

—Lo que sé es que el doctor Avrigny me ha encargado de reemplazarle en la guarda de su sobrina y que tengo el encargo de velar por su reputación. También sé que le he visto a usted tres o cuatro veces en la calle de Angulema bajo las ventanas de Antoñita, y en vista de todo, esto, que le hace aparecer culpable cuando menos de ligereza, vengo a pedirle cuenta de su conducta.

—Querido amigo: ya tenía yo ganas de verte para que hablásemos precisamente de esas menudencias.

—¡Cómo! ¿menudencias llama usted a cosas que atañen a la honra, a la reputación, al porvenir de una persona?

—No te enfades por mi manera de expresarme; ya comprendo que no he debido llamar menudencias a cosas graves, porque grave es en verdad un asunto de amor, de verdadero amor.

—¡Acabáramos! ¿Conque ama usted a Antoñita?

Muy compungidamente Felipe contestó que sí.

Amaury se cruzó de brazos, alzando la vista con verdadera indignación.

—Con honradas intenciones, por supuesto...