»Ahora, padre mío, aunque confiando en esta prueba y en su afecto espero con angustia el fallo que va a dictar sobre mi suerte.

»En sus manos está mi destino. No lo rompa, se lo ruego como se lo ruego al Altísimo.

»¡Ah! ¿Cuándo podré saber si la sentencia pronunciada por usted es de muerte o es de vida? Una noche es a veces infinita y ocasiones hay en que una hora puede convertirse en un siglo.

»Adiós, querido tutor. ¡Haga el Cielo que el padre enternezca al juez! ¡Adiós!

»Perdone a la fiebre que me devora el desorden y la incoherencia de esta carta, que comienza con la frialdad de un documento comercial y que quiero terminar con un grito salido de lo más hondo de mi pecho y que debe hallar eco en el suyo.

»Amo a Magdalena, padre mío, y no podría vivir si usted o Dios me separase de ella.

»Su adicto y agradecido pupilo

»Amaury de Leoville.»

Después, Amaury tomó el diario en el cual apuntaba día por día los pensamientos, las sensaciones y los hechos más notables de su vida, encerró en un sobre el manuscrito y la carta, y llamando al criado le hizo llevar el paquete a su destino, mientras él quedaba con el corazón agitado por la ansiedad y la incertidumbre.

V