»Tiene un corazón hermoso; pero hay que enseñarle cómo se ha de hacer para practicar el bien.
»Su imaginación es viva; pero hay que enseñarle de qué modo se debe usar el ingenio.
»Constantemente te dedicas a construir ese pensamiento, a formar ese corazón, a esculpir esa alma. ¡Cómo te asombras luego de tu propia creación y qué natural te parece que sea el pasmo de la sociedad entera!
»Quizá los demás la juzgan vacilante; pero para ti anda con paso seguro.
»No balbucea, que ya habla.
»No deletrea, que lee.
»Te empequeñeces para ser de su estatura y te admiras de encontrar en los cuentos de Perrault más interés que en la Iliada.
»Un hombre ilustre, sabio, poeta o estadista, te hablará quizá en tu jardín de los abstrusos problemas de la ciencia, de las concepciones poéticas más sublimes, de los cálculos políticos más ingeniosos. Le parece que estás pendiente de sus palabras porque inclinas la cabeza con ademán pensativo...
»¡Pobre estadista! ¡pobre poeta! ¡pobre sabio!
»Estás a cien leguas de lo que te está diciendo, sin atender a otra cosa que a la hija adorada que juega junto a ese maldito estanque en el cual podría caer corriendo y sin pensar más que en el fresco de la noche que pueda helarla, porque recuerdas que su madre, a los veintidós años, sucumbió víctima de una de esas enfermedades que siegan en flor la vida.