»Cuando me vio, alzó la vista y me dijo sonriendo:

»—Ya ve usted cómo no me engañaba cuando le dije que la felicidad de ellos le haría dichoso.

»—Sí, hija mía, pero eso no es bastante; has de serlo tú también.

»—¿Yo? ¡Si ya lo soy! ¿Me falta algo, por ventura? Usted me quiere como un padre; Magdalena y Amaury me quieren como una hermana: ¿qué más puedo desear?

»—Una persona que te quiera como esposa, Antoñita; y ya me parece que he encontrado esa persona.

»—¡Tío!—exclamó Antoñita con acento que parecía suplicarle que no prosiguiese.

»—Escúchame, querida sobrina, y ya responderás luego.

»—Hable usted, tío.

»—¿Conoces a Julio Raymond?

»—¿Quién? ¿Ese joven que es procurador de usted?