»—Pues, quiero que me la digas. Habla.

»—Es que creo que para ser completamente dichosos, deberíamos estar solos los dos; creo que el amor es una flor delicada y pura, que con la presencia de un tercero se agosta y se marchita, y que para vivir confundidos en una sola alma y en un solo pensamiento no deberíamos ser tres...

»—¿Qué quieres decir, Amaury?

»—¿No me comprendes, Magdalena?...

»—¿Lo dices porque nos acompaña mi padre? ¿No consideras que sería una ingratitud dejarle sospechar, siendo como es el autor de nuestra dicha, que ésta no es completa por impedirlo su presencia? Considera que mi padre no es una persona extraña; no es un tercero, no; nos ama tanto a ti como a mí, y en la misma moneda debemos los dos pagarle.

»—Está bien, Magdalena—dijo Amaury fríamente.—Puesto que disentimos en ese punto, no hablemos más de ello; olvida mis palabras, y hazte cuenta que no te he dicho nada.

»—¿Te has enojado, Amaury?—repuso con viveza Magdalena.—Perdóname si te he puesto de mal humor. ¿No sabes acaso que el amor filial es muy diferente del que se tiene al marido?

»—Ya lo sé; pero el amor de un padre no es celoso ni absorbente como el del esposo; lo que para él es una costumbre es para mi necesidad. La Biblia, que es el gran libro de la humanidad, dijo ya hace veinticinco siglos: Dejarás a tus padres para»seguir a tu esposo.

»Tentaciones me dieron de interrumpirles, gritando:

»—También la Biblia dijo a propósito de Raquel: ¡No quiso que la consolasen, porque sus hijos habían dejado de existir!