—No hay que apurarse, no ha sido nada—dijo Antoñita riendo:—un alfiler que ha resbalado sobre el raso. No pases pena: esta noche serás la reina del baile.

—¡La reina del baile, dices! ¡Qué broma más generosa! Puede ser reina del baile, aquella a quien todo sienta bien y a quien todo la hermosea; pero no la que es tan difícil de adornar y embellecer como yo.

—¡Qué cosas dices, Magdalena!—repuso Antonia en son de reprensión cariñosa.

—La verdad. Quien pronto podrá burlarse de mí en el salón y aniquilarme con sus sarcasmos y coqueterías no procede de un modo muy noble persiguiéndome hasta mi cuarto para entonar en mi presencia un canto anticipado de triunfo.

—¡Cómo! ¿Me despides, Magdalena?—preguntó Antonia, con los ojos preñados de lágrimas.

La hija del doctor no se dignó responder y su prima salió del aposento prorrumpiendo en sollozos.

El señor de Avrigny detúvola al pasar. Amaury, estupefacto, estaba como clavado en su asiento.

—Ven, hija mía; ven conmigo, Antoñita—dijo en voz baja el doctor.

—¡Ay, padre mío! ¡Soy muy desgraciada!—gimió la pobre joven.

—No digas eso, hija mía; di más bien que Magdalena es injusta; pero debes perdonarla, porque es la fiebre y no ella, quien habla por su boca; más que vituperio merece compasión. Con la salud recobrará la razón; entonces reconocerá su yerro, y arrepentida pedirá perdón por su injusta cólera.