—Hija mía, voy a pedirte un sacrificio y es preciso que me prometas no negármelo en modo alguno.
—¡Dios mío! ¡me asusta usted, papá!—exclamó Magdalena.
Amaury palideció porque vislumbró vivos temores en el acento de súplica del doctor, cuyo rostro iba adquiriendo por momentos una expresión muy sombría.
—Dígame, papá, ¿qué exige usted de mi? ¿qué quiere usted que haga?—preguntó temblando Magdalena.—¿Es que estoy más enferma de lo que pensábamos?
—¡Hija mía!—respondió el doctor, tratando de esquivar esta pregunta.—No me atrevo a pedirte que dejes de asistir al baile aunque eso sería lo más conveniente, porque dirías que te pido demasiado... Pero sí te ruego que no bailes, sobre todo el vals... No es que estés enferma; pero te veo tan nerviosa y agitada que no puedo permitir que te entregues a un ejercicio que habría de exacerbar tu excitación. ¿Conque, me lo prometes, Magdalena? Di, hija mía.
—¡Es muy triste y costoso de hacer lo que usted me pide, papá!—repuso Magdalena, haciendo un mohín de desagrado.
—Yo no bailaré—le dijo Amaury al oído.
Como Amaury decía muy bien, Magdalena era la bondad personificada, y si tenía aquellos arranques de mal humor era tan sólo obrando a impulsos de la fiebre. Conmoviose hondamente ante las muestras de abnegación de los que la rodeaban, y enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labios asomaba, para extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:
—Está bien: me sacrifico. Debo a todos una reparación y quiero demostrar que no siempre soy caprichosa y egoísta. Papá, no bailaré. Y a ti, Amaury, como tienes que cumplir con los deberes que impone la sociedad, te autorizo para bailar cuanto quieras, a condición de que no lo hagas a menudo y que de vez en cuando me acompañes, ya que la facultad y la paternidad se han confabulado para condenarme a representar un papel pasivo en la fiesta de esta noche.
—¡Gracias, hija mía, gracias!—exclamó el doctor sin poder contener su júbilo.