—¿Habla usted de veras, papá?—exclamó Magdalena, en cuyos ojos brilló un destello de alegría.—¿Va usted a complacerme?
—Sí, aunque sea contra mi voluntad.
—Así, pues, ¿me permitirá bailar un vals, uno solo, con Amaury?
—Sí; si así lo quieres, sea—dijo el doctor.
—Ya lo oyes, Amaury: bailaremos el próximo vals.
—Pero recuerda, Magdalena—repuso Amaury, gozoso y turbado a un tiempo,—que precisamente ése es el vals que debía bailar con Antoñita...
Magdalena volvió vivamente la cabeza y sin pronunciar palabra interrogó a su prima con una muda mirada. Antonia contestó en el acto:
—Me siento tan cansada que si Magdalena quisiera sustituirme, yo muy a gusto descansaría un ratito.
Brilló un rayo de alegría en la febril mirada de Magdalena, y como a la sazón se oyesen las primeras notas del vals, alzose de su asiento y asiendo con su mano nerviosa la de Amaury lo arrastró al centro del salón, en donde abundaban ya las parejas. Cuando Amaury pasó junto al doctor, éste le dijo en voz baja:
—¡Ten prudencia!