CXL
21 septiembre de 1829.
Mi pobre Alfonso es el que me ayuda a soportar los días de mi vejez, de un modo admirable; me colma de obsequios y atiende solícito a mis apuros, sean del género que quieran. Acaba de encargarse últimamente de pagar, por nosotros, la pensión de seiscientos pesos que debemos a mi cuñada Mme. de Villars. Consigno aquí todos esos rasgos de su cariño hacia mí, y renuevo entre las satisfacciones de mi corazón, las mil y mil bendiciones que yo debo a Dios por los buenos hijos que me ha concedido.
Alfonso no se encuentra aquí en este momento; está en su propiedad de Montculot, junto a Dijón; acaba de rehusar el llamamiento que le ha hecho el nuevo ministro, M. de Polignac, con la intención de asociar su nombre a un ministerio que no parece del agrado de la opinión. M. de Polignac ha insistido, y mi hijo le ha contestado que de ninguna manera quisiera él arriesgarse a ser cómplice de un golpe de Estado contra la Carta: que este golpe de Estado, en su opinión, derribaría los Borbones; que él sabe perfectamente que M. de Polignac no abriga actualmente la intención de darlo, pero que la hostilidad recíproca entre el ministerio y el país, llevaría mal de su grado a monsieur de Polignac a un resultado fatal; termina rogando a M. de Polignac que se sirva olvidarlo para estos asuntos.
Alfonso me ha mandado esta carta, la cual encuentro, por desgracia, llena de razonamientos que convencen, pero que acaso interrumpirán las relaciones que tiene entre sus amigos, y entorpezcan su carrera diplomática. Yo considero que esto fuera una desgracia para mi hijo, pero, estoy contenta de que obre conforme a sus principios, aunque a trueque de perder su bienestar. La opinión es la conciencia de los hombres políticos. Acaso esta conducta le sea favorable para el porvenir, porque las circunstancias han de cambiar necesariamente.
Hay en este momento una plaza vacante en la Academia Francesa: muchos académicos, entre otros M. de Lainé y M. Royer Collard, han escrito a mi hijo para que se presente candidato, en la seguridad, dicen, de ser esta vez admitido. El ha rehusado con una altivez que no me atrevo a calificar; dice que donde se le ha esquivado la primera vez, no quiere, a ningún precio, solicitar la entrada nuevamente; como no es posible nombrar un candidato que no visite de nuevo a los académicos, no creo, por lo tanto, que se le nombre a él. Mi amor propio ambicioso, sale mortificado con esta su determinación, pero que Dios le humille lo celebro «con toda mi alma».
Es forzoso, por lo tanto, que consigne una gran satisfacción que tuve luego; mi vanidad de madre se manifiesta demasiado, ya lo comprendo, pero... En una sesión pública celebrada por la Academia de Mâcón, hará unas tres semanas, a la cual asistió una multitud inmensa, todo el consejo general, todas las notabilidades de la ciudad y sus inmediaciones, leyéronse muchos e interesantes trabajos; M. de Lacretelle, un capítulo de la «Historia de la Restauración»; M. Quinet, joven gallardo y distinguido por sus conocimientos, un fragmento de un «Viaje a Grecia»; Alfonso debía recitar versos, se le esperaba con impaciencia; cuando llegó su turno, resonó un aplauso general; la concurrencia se puso en movimiento gritando, la mayor parte, que quería verle; colocose en un sitio convenientemente elevado para poder satisfacer los deseos del público, y empezó por una breve improvisación en prosa, suplicando y agradeciendo la benevolencia de sus conciudadanos y manifestando cuánto era su agradecimiento por el anticipado favor que se le dispensaba; este exordio gustó muchísimo y los aplausos se repitieron con entusiasmo. Luego recitó una epístola dirigida a M. de Bienassis, en la cual se encierran trozos de poesía tiernísima; se le interrumpía frecuentemente con murmullos de aprobación; Mariana y yo estábamos verdaderamente emocionadas; luego se nos colmó de felicitaciones y, ¿por qué no decirlo?, de dicha y orgullo; lo cual me parece algo perdonable. Dios lo quiere y El ve y sabe bien, que lo que yo deseo es que el talento de mi hijo sirva para honrar su santo nombre.
Hablemos ahora de mis hijas, cuyas bellas cualidades me enorgullecen igualmente. Me gusta mucho recitar continuamente y con el pensamiento puesto en Dios, desde las arboledas de Milly, bajo la sombra de la casa que ha visto nacer a todos mis queridos hijos, este versículo de los Salmos: «Señor, ya que habéis sido mi tranquilidad y mi esperanza en los días de mi juventud, ¡no me dejéis abandonado, en los de mi vejez! ¡Cuando las fuerzas me faltan, no me retiréis vuestra diestra mano!»
¡Basta! ¡basta!... Yo debo empezar a reflexionar seriamente sobre la decadencia de mi vida; si miro adelante, corta; y larga si dirijo hacia atrás la vista, porque veo los muchos deberes que he debido cumplir.