En la semioscuridad del fondo más espeso del encinar, un joven observa de lejos esta escena campestre de esparcimiento doméstico; con paso desigual va de una encina a la otra sin que el césped deje percibir el ruido de sus pasos; tiene en sus manos un libro en blanco deteniéndose a intervalos para borronear en él algunas líneas.
Lo que yo escribí aquel día, helo aquí: ¡Dios mío, quién creyera que estos versos habían de trocarse tan pronto en lágrimas!
LO QUE PIENSAN LOS MUERTOS
———
Mirad las hojas secas corriendo por el suelo.—Entre gemidos, por el valle las arrastra el viento.—La golondrina roza sus alas por el quieto pantano.—El niño de la cabaña, va cogiendo leña entre los brezos.—Ya no susurran las olas, que su encanto dieron al bosque.—Enmudeció el pajarillo entre las ramas secas.—¡Junto a la aurora, el ocaso!—El sol, que apenas despunta, brilla pálido un momento al concluir su carrera.—El carnero por las zarzas va dejando su hermoso vellón de lana que servirá de nido al jilguero.—La flauta pastoril ha enmudecido; desapareció su eco; cesó también el encanto de amor y de ventura.—La hoz cruel ya despojó la tierra de aquel verdor que le prestara vida...—Así acaban los años, así van feneciendo los días de nuestra vida.—Éoca en que todo cae.—Al rudo golpe de viento.—Soplo emanado de la tumba que arranca del mundo la vida con la mayor indiferencia.—Como el ave se arranca las plumas cuando observa en sus alas otras nuevas.—Entonces fue cuando vi palidecer y morir a los tiernos frutos que Dios nos dejó madurar.—Aunque joven, ya en la tierra.—Vago errante y solitario.—Y al preguntarme yo mismo.—¿En dónde se encuentran los que adora mi corazón?—La mirada se inclina triste hacia la tierra.—La cuna está vacía.—El niño, arrebatado por la muerte, ha caído del seno de la cuna al frío lecho funeral.—Los muertos, envueltos en el polvo que les cubre, nos dirigen esta voz.—¿Los que gozáis de la vida, pensáis aún en nosotros?—¡Oh! muertos queridos.—¿Dónde estáis?—¿Acaso pobláis un astro fulgurante con luz más eterna que la nuestra?—¿Acaso vagáis entre el cielo y la tierra?—Allá donde os encontréis, ¿jamás podréis oír la dulce voz de vuestros deudos?—¿Habéis vosotros olvidado a los que dejasteis sumidos en la mayor tristeza?—¡Oh, no, Dios mío! si tu gloria.—Les ha borrado el recuerdo humano.—Quitadnos a nosotros la memoria.—Y nuestro llanto no correrá en vano.—En ti, Señor, sin duda está su espíritu.—Mas guarda en su recuerdo el lugar nuestro.—Ampárales, Señor, el don de tu clemencia es grande.—Si aquí pecaron, dales ¡oh, Dios! tu sublime perdón.—Ellos fueron, lo que nosotros somos ahora.—Polos, juguetes del viento.—Frágiles y débiles como la nada.—Si sus plantas resbalaron, y si han faltado por su boca al precepto de la ley.—Perdónalos, Juez Supremo.—Tu poder es grande.—A tu voz desaparecen las cosas todas de los hombres.—Si tocas la luz, tus dedos quedarán empañados.—Las columnas de la tierra y las del cielo tiemblan a tu voz.—Si dices a la inocencia:
«Sube a mi presencia y habla,» aparecerá velada por tus virtudes.—Mandas al sol que alumbre.—Y la luz constante luce.—Dices al tiempo que nazca.—Y dócil la eternidad arroja los siglos por miles.—Los mundos que tú repones se renuevan a tu vista.—Jamás separas del pasado el porvenir.—Las edades desiguales se igualan bajo tu mano.—Nunca tu voz pronuncia estas palabras:—«Ayer, hoy, mañana».—Padre de la Naturaleza.—Manantial de bondad.—Dios clemente y misericordioso.—Suprema virtud, ¡perdón! ¡perdón!
VIII
Cuando el día desciende, entro en mi casa a paso lento; me encierro en mi habitación, la más alta y abandonada de la casa, desde la cual se domina el viejo campanario de la aldea: desde allí se sienten muy bien los ecos de la campana y los silbidos del viento. Parece que la naturaleza y la religión se han puesto de acuerdo en día semejante para dirigir hacia los sepulcros el pensamiento de los vivos.
El infatigable campanero, asido a la cuerda de las campanas, no cesa de tocar desde el mediodía del primero de noviembre hasta el amanecer del siguiente. Aquel célebre clamoreo evoca en los corazones recuerdos de aquéllos sobre cuyos corruptos cuerpos ha resonado muchas veces el azadón del sepulturero. Aquella campana, recalentada por los incesantes golpes del badajo, parece que se agita por la fiebre, y que a cada paso ha de romperse torturada por tanto martilleo.
Tales fueron las impresiones que yo experimenté en día semejante y que me inspiraron las siguientes estrofas: