Ha marchado en compañía de M. de Balathier, persona de excelentes modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella será causa que le privará de las malas compañías de otros jóvenes de su edad.

Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fáciles de ser conducidas al bien. Nuestra vida aseméjase a la de un monasterio: por la mañana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las niñas. Después de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos también juntas, y durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de Moliere. Creo yo que no hay en ello ningún mal, pero suprimo las palabras que creo peligrosas. Después de esto, rezamos la oración de la noche; de esta suerte el día pasa ligero. ¡Que nuestras oraciones aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagraría completamente a Dios.

LXXV

Mi esposo se halla en Mâcón, en el consejo general del departamento, presidido por M. Denon. M. Denon es hombre de bastante edad, pero joven de ingenio. Este señor ha estado con nosotros unos días y nos ha contado sus viajes a Egipto con el Emperador; dice que diseñaba las batallas durante los combates.

Ha colmado a mi marido de distinciones, y le ha propuesto hacerle nombrar diputado; pero mi marido ha dicho que podría encontrarse, si llegaba el caso, entre su conciencia y su fortuna, y que prefería, por lo tanto, sacrificar toda grandeza mundanal a la oscuridad y paz de su conciencia. Admiro y respeto mucho los motivos que le obligan a obrar de tal manera, aunque mi amor propio disfrazado bajo el color de la fortuna de mis hijos, me conduzca a desear tales honores, y la natural forma y nombradía que lleva consigo un cargo semejante.

LXXVI

7 de enero de 1810.

La peligrosa ociosidad en que se encuentra mi Alfonso me tiene inquieta. En estos momentos, es cuando necesito para él todo el socorro divino que siempre he solicitado.

Sus pasiones empiezan a desarrollarse; temo que su juventud y su vida sean demasiado borrascosas; le veo de continuo melancólico y agitado; no sé lo que pretende. ¡Ah! quisiera encontrar el medio para tenerlo contento. Nos critican por haberle dejado ir a pasar el invierno a Lyón, fiados en su buena fe; pero los que tal hacen desconocen las razones que hemos tenido para ello. Muchas veces conviene dejar que diga el mundo lo que quiera y hacer lo que nosotros creamos mejor. El parece que desea adquirir relaciones y tiene afición al estudio; contando con recursos suficientes, es mucho más fácil en una población grande ocupar el tiempo, huyendo de los peligros de la ociosidad, que en una población pequeña, donde hay que hacer siempre la misma cosa. Por otra parte, estoy muy contenta de que todo el mundo no lo vea así, porque siendo, como es, de aspecto gallardo y elevada estatura, podría también tentar a los agentes del Emperador para que no admitiesen en reemplazo suyo el substituto que le hemos comprado para que sirva en el ejército.

LXXVII