CXIII

Domingo, 16 de julio de 1820.

Hoy he sufrido mucho: unas mujeres del pueblo dicen que han oído decir, que los periódicos hablan del asesinato de Alfonso, en la carretera de Roma a Florencia. Estas buenas gentes han tenido la inocente crueldad de venir a repetir llorando esta noticia. Ignoro quién se ha cuidado de esconder a mis ojos los periódicos que explicaban esta especie de trágica aventura, cuyo origen ignoraba. Por suerte, he recibido esta mañana una carta del mismo Alfonso con fecha posterior al día en que se cuenta que el suceso tuvo lugar; esto me ha consolado un tanto, pero la sola idea de que el hecho haya podido ocurrir, me causa horror. ¿Qué hubiera sido de mí a no haber recibido la carta? ¿y cuántos rumores semejantes, impresos por los periodistas, afanosos de dar noticias sin calcular la trascendencia, habrán matado a otras madres? Espero, llena de ansiedad, otra carta, porque creo de continuo que debiendo reconocer este rumor algún fundamento, puede haber querido Alfonso ocultarme lo ocurrido.

Sé por su amigo, M. de Virieu, que él temía volver a ver en Italia a cierta persona que no le perdonaba el haberse casado; ¿tendrá esto relación con el lance que dicen haber ocurrido?

¡Que Dios le bendiga y proteja como yo deseo! ¡Cuánto tiempo hace que a El le tengo encomendada su existencia!

CXIV

Otra vez en su retiro de Milly se encuentra la pobre madre, después de tantas agitaciones personales, triste y lamentándose continuamente del vacío que se va haciendo a su alrededor con los casamientos de sus hijas y el de su hijo. Luego siente haber de afligirse por esta causa, ya que semejantes ausencias son condiciones naturales que la misma felicidad impone.

Su hijo, le da serias inquietudes porque se encuentra en medio de la revolución de Nápoles. Las agitaciones políticas de Francia, los odios de los partidos que se disputan o arrancan el poder, la devuelven a sus consideraciones políticas. Estas agitaciones apasionadas, la hacen partidaria de la unidad, del poder y la disciplina silenciosa de una monarquía patriarcal, en la cual sueña. Damos aquí sus reflexiones sin juzgarlas. Un hijo, en religión y en política, podrá tener los sentimientos de su madre, pero no sus dogmas. El hijo, al crecer, no se alimenta como el niño, de la leche del ama o de la madre, y sí del pan de los hombres ya formados.

Es imposible, sin embargo, reconocer que la unificación del poder, sea ésta conferida al pueblo en el sistema republicano, o al rey en el monárquico, aparece más lógicamente útil a la sociedad, que estos odios originados por el régimen constitucional, como ahora se llama.

Esta clase de gobierno siempre tiene en guerra los partidos, y la guerra no se concibe sin el odio, ese odio recíproco que es el elemento más funesto para una sociedad: este es en su fondo, el pensamiento de aquella buena mujer, y madre cariñosa.