Fler. Esto causa que todos los que aman son avaros, y porque los ignorantes en el amor no le deseen, muestran tal apariencia, tiniendo otra cosa en lo secreto encerrada.

Velm. De esa manera aunque os veamos quexar no os darémos crédito, pues, como habemos dicho, es todo falso.

Fler. A pocas me habrias cogido á pelo, mas porque siento en tí que no eres digno para que tales misterios manifestados te sean del todo, te lo quiero encubrir, sino vé que me aparejen de comer, que pues veo ser hora y yo tengo gana, no me será dañoso.

Velm. Señor, hecho está, quando fuéredes servido te puedes sentar.

Fler. Sea luégo, mas tú tendrás entre tanto cuidado de me hacer aparejar el caballo blanco con el jaez de carmesí, que tengo de salir luégo fuera.

Velm. Como lo mandas, señor, se hará. ¿Habeis visto cómo le así de las piguelas quando me negaba que el amor no tiene especie de pena? y á la verdad, si bien lo miramos, no dexaban de tener razon sus palabras, porque el amor la pena que á sus verdaderos servidores pone, siendo en sí rigurosa, dellos por gloria apacible es recebida; donde se sigue que fuerza el cuerpo á que muestre en exteriores señales su sér, que es penoso, puesto caso que el sentido goce de la encubierta y engastada gloria. Por esta causa los de semejante tiro tocados, mostrando mucha tristeza, están llenos de apacible descanso; mas ¿qué digo yo? ¿este que aquí viene no es Selvago? él es cierto; bien será irlo á denunciar á mi señor, que no creo le pesará de su venida, y con razon pues siempre el médico fué apacible al enfermo. ¡Señor, señor!

Fler. ¿Qué dices, Velmonte?

Velm. En el zaguan se apea el señor Selvago.

Fler. Tan saludable sea para mí su venida como la de Cincinato al afligido pueblo.

Velm. Vesle, ya entra.