Cecilia. Señora, señora.

Isab. ¿Qué me quieres, Cecilia?

Cec. Risdeño está aquí, que te quiere hablar de parte de su señora Rosiana.

Isab. Di que éntre. ¡Oh Dios mio, y quán dichosa y bienaventurada sería yo si de parte de aquel caballero su señor viniese!

Risd. Fermosa señora, tu gran amiga Rosiana te manda comigo besar las manos y te envia este prendedero, de dos que su hermano le dió, que porque le parecieron buenos y galanes, dedicó el uno á tu servicio.

Isab. Risdeño hermano, cada dia me quiere tu señora hacer mercedes sin querer recibir los pequeños servicios que de mi parte le son ofrecidos; mas hágote saber que el prendedero no querria que por dármele de tu parte dixeses venir de tu señora.

Risd. Puesto caso que ansí fuese, mi señora, ¿perdia algo vuestro valor por ello? ¿No os parece que soy yo persona para dar empresa, y ser querido y amado de la más hermosa dama de todo el mundo?

Isab. Por cierto, Risdeño, así lo digo, especialmente considerando bien tu buena dispusicion y gentileza.

Risd. De verdad, señora, que precio más esa palabra que si me hicieran marqués del Perú, porque me podré alabar que me llamó gentilhombre la más apuesta y hermosa dama que jamas nació; que aunque yo veo no ser así, todavía por venir de tal cabo, me gozo; mas, dexado agora esto, tomad esta carta que me dió Rosiana para vos.

Isab. ¿No digo yo que todo viene lleno de sospechas tu mensaje? mas dime, ¿qué novedad es ésta, que me escriba Rosiana no lo habiendo acostumbrado?