¿Y que habemos de her, dixo Sancho, nosotros con esa Cu? ¿Es alguna joya de las que habemos de traer de las justas? No, replicó don Quixote; que aquel Cu es un plumaje de dos relevadas plumas, que suelen ponerse, algunos sobre la cabeça á vezes de oro, á vezes de plata, y á vezes de la madera que haze diafano encerado á las linternas, llegando unos con dichas plumas hasta el signo Aries, otros al de Capricornio, y otros se fortifican en el castillo de San Cervantes. Par diez, dixo Sancho, que ya que yo me hubiese de poner esas plumas, me las habia de poner de oro ó de plata. No te convienen á ti, dixo don Quixote, esos dijes; que tienes la muger buena cristiana y fea. No importa eso, dixo Sancho; que de noche todos los gatos son pardos, y á falta de colcha no es mala manta. Dexemos eso, replicó don Quixote; porque delante de nosotros tenemos ya uno de los mejores castillos que á duras penas se podran hallar en todos los paises altos y baxos, y estados de Milan y Lombardia. Esto dixo por una venta que un cuarto de legua lejos se divisaba. Respondió Sancho: En buena fe que me huelgo, porque aquello que v. m. llama castillo es una venta, para la cual, pues ya el sol se va poniendo, será bueno que enderecemos el camino para pasar en ella la noche muy á nuestro placer; que mañana proseguiremos nuestro viage. Porfiaba don Quixote en que era castillo, y Sancho en que era venta: Acertaron en esto á pasar dos caminantes á pie, los cuales, maravillados de ver la figura de don Quixote, armado de todas pieças, y con morrion, haziendo el calor que hazia, que no era poco, se detuvieron mirandole, á los cuales se llegó don Quixote diziendo: Valerosos caballeros, á quien algun soberbio jayan, contra todo orden de caballeria, haziendo batalla con vosotros, ha quitado los caballos y alguna fermosa donzella que en vuestra compañia traiades, hija de algun principe ó señor destos reinos, la cual habia de ser casada con un hijo de un conde, que aunque moço, es valeroso caballero por su persona: fablad, y dezidme punto por punto vuestra cuita; que aqui está en vuestra presencia el Caballero Desamorado, si nunca le oisteis nombrar (que si habreis, pues tan conocido es por sus fazañas), el cual os jura por las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso, causa total de mi desamor, de vos fazer tan bien vengados y tan á vuestro sabor, que digais que en buen dia la fortuna os ha ofrecido en este camino quien vos desfaga el tuerto que se os ha fecho. Los dos caminantes no supieron que le responder sino, mirandose el uno al otro le dixeron: Señor caballero, nosotros con ningun soberbio jayan hemos peleado, ni tenemos caballos ni donzellas que se nos hayan quitado; pero si su merced habla de una batalla que habemos tenido alli debaxo de aquellos arboles con cierto numero de gentes que nos daba harto fastidio en el cuello del jubon y pliegues de los calzones, ya hemos habido cumplida vitoria de semejante gente; y si no es que alguno se nos haya escapado por entre los bosques de los remiendos, todos los demas han sido muertos por el conde de Uñate. Antes que respondiese don Quixote, salió Sancho diziendo: Dígannos, señores caminantes; aquella casa que alli se ve, ¿es venta ó castillo? Replicó don Quixote: Majadero, insensato, ¿no ves desde aqui los altos chapiteles, la famosa puente levadiza, y los dos muy fieros grifos que defienden su entrada á aquellos que contra la voluntad del castellano pretenden entrar dentro? Los caminantes dixeron: Si v. m. es servido, señor caballero armado, aquella es la venta que llaman del Ahorcado desde que junto á ella ahorcaron ahora un año al ventero, porque mató á un huesped y le robó lo que tenia. Ahora pues andad en hora mala, dixo don Quixote; que ello será lo que yo digo á pesar de todo el mundo. Los caminantes se fueron muy maravillados de la locura del caballero; y don Quixote, ya que llegaban á tiro de arcabuz de la venta, dixo á Sancho: Conviene mucho, Sancho, para que en todo cumplamos con el orden de caballeria, y vayamos por el camino que la verdadera milicia enseña, que tú vayas delante, y te llegues á aquel castillo como si fueses verdadera espia, y adviertas en él con mucho cuidado la anchura, altura y profundidad del foso, la disposicion de las puertas y puentes levadizas, los torreones, plataformas, estradas encubiertas, diques, contradiques, trincheas, rastrillos, garitas, plaças y cuerpos de guardia que hay en él; la artilleria que tienen los de dentro; qué bastimentos y para cuantos años; que municiones; si tiene agua en las cisternas; y finalmente, cuantos y que tales son los que tan gran fortaleça defienden. ¡Cuerpo de quien me parió! dixo Sancho: esto es lo que me agota la paciencia en estas aventuras ó desventuras que andamos buscando por nuestros pecados. Tenemos la venta aqui al ojo, donde podemos entrar sin embarazo ninguno y cenar con nuestros dineros muy á nuestro placer, sin tener batalla ni pendencia con nadie; y quiere v. m. que yo vaya á reconocer puentes y fosos y extrañas cubiertas, ó como diablos llama esa letania que ha nombrado, adonde salga el ventero, viendome andar alrededor de la casa midiendo las paredes, con algun garrote, y me muela las costillas, pensando que le voy á hurtar por los trascorrales las gallinas ó otra cosa. Vamos, por vida suya; que yo salgo por fiador á todo aquello que nos puede suceder, si no es que nosotros mismos nos tomemos las pendencias con las manos. Bien parece, Sancho, dixo don Quixote, que no sabes lo que á la buena espia toca de hazer: pues porque lo sepas, entiende que lo primero ha de ser fiel; que si es espia doble, dando aviso á una parte y á otra de lo que pasa, es muy perjudicial al exercito y digna de cualquier castigo. Lo segundo, ha de ser deligente, avisando con presteza de todo lo que ha oido y visto en los contrarios, pues por venir tarde el aviso se suele á vezes perder todo un campo. Lo tercero, ha de ser secreta, de tal manera, que á persona nacida, aunque sea grande amigo ó camarada, no ha de dezir el secreto que trae en su pecho, sino es al propio general en persona. Por tanto, Sancho, vé al momento y haz lo que te digo, sin replica alguna; que bien sabes y has leido que una de las cosas por donde los españoles son la nacion más temida y estimada en el mundo, fuera de su valor y fortaleça, es por la prompta obediencia que tienen á sus superiores en la milicia: esta los haze victoriosos casi en todas las ocasiones; esta desmaya al enemigo; esta da animo á los cobardes y temerosos; y finalmente, por esta los reyes de España han alcançado el venir á ser señores de todo el orbe; porque, siendo obedientes los inferiores á los superiores, con buen orden y concierto se hazen firmes y estables, y dificultosamente son rompidos y desbaratados, como vemos lo son con facilidad muchas naciones, por faltarles esta obediencia, que es la llave de todo suceso prospero en la guerra y en la paz. Ahora bien, dixo Sancho, no quiero más replicar, pues nunca acabariamos. V. m. se venga tras mí poco á poco; que yo voy con mi jumento á her lo que me manda; y si no hay nada de lo que v. m. me dize, podremos quedar allá; porque á fe que me zorrian ya las tripas de pura hambre. Dios te dé ventura en lides, dixo don Quixote, para que en esta empresa que ahora vas salgas con mucha honra, y alcances por los maeses de campo ó generales de algun exercito, alguna ventaja honrosa para todos los dias de tu vida; y mi bendicion y la de Dios te alcance; y mira que no te olvides de lo que te he dicho, de hazer la buena espia. Començó Sancho á arrear su asno de tal manera, que llegó brevemente á la venta; y como vió que no habia fosos, puentes ni chapiteles, como su amo dezia, riose mucho entre sí, diziendo: Sin duda que todos los torreones y fosos que mi amo dezia que habia en esta venta, los debe él tener metidos en la cabeça; porque yo no veo aqui sino solo una casa con un corralazo, y es sin duda venta como yo dixe. Acercose á la puerta della y preguntó al ventero si habia posada. Dixole que sí, con que baxó luego de su asno, y dió al ventero la maleta para que le diese cuenta della cuando se la pidiese, tras lo cual le preguntó si habia qué cenar; y respondiole el ventero que habia una muy buena olla de vaca, carnero y tocino, con muy lindas berças, y un conejo asado, dió dos saltos de contento en oir nombrar aquella devota olla el buen Sancho. Pidió al punto cebada y paja para su jumento, y llevole con esta provision á la caballeriza, y mientras estaba ocupado en ella en darsela, llegó don Quixote cerca de la venta sobre su rocin, con la figura ya dicha. El ventero y otros cuatro ó cinco que estaban con él á la puerta, se maravillaron infinito de ver semejante estantigua, y esperaron á ver lo que haria ó diria. Llegó él, sin hablar palabra, á dos picas de la puerta, y mirando de medio lado y con grave continente á la gente que en ella estaba, pasó sin hablar palabra, y dió una vuelta alrededor de toda la venta, mirandola por arriba y por abaxo, y á vezes midiendo con el lançon la tierra desde la pared por defuera; y habiendo dado la vuelta, se puso otra vez delante la puerta, y con una voz arrogante, puesto de pies sobre los estribos, començó á dezir: Castellano desta fortaleça, y vosotros, caballeros, que para defenderla con todos los soldados que dentro están, atalayais, puestos en perpetua centinela dias y noches, invierno y verano, con intolerables frios y fastidiosos calores, los enemigos que os vienen á dar asaltos y hazer salir en campaña á probar ventura, dadme luego aqui sin replica alguna un escudero mio que, como falsos y alevosos, contra todo orden de caballeria habeis prendido, sin hazer batalla primero con él; que yo sé por experiencia que él es tal por su persona, que á hazerlo, no tenia para empezar en diez de vosotros; y pues estoy certificado de que le prendisteis como alevosos, con la fuerça del encantamiento de la vieja maga que dentro teneis, ó por traicion, demasiado comedimiento os hago en pediroslo con el termino que os le pido. Volvedmele, digo otra vez, al punto, si quereis quedar con las vidas y excusar de que no os pase á todos con los filos de mi espada, y deshaga este castillo sin dexar en él piedra sobre piedra. Ea, entregadmelo luego, dezia levantando la voz con más colera, aqui, sano, salvo y sin lesion alguna, juntamente con todos los caballeros, donzellas y escuderos que en vuestras escuras mazmorras con crueldad inhumana teneis presos; y si no, salid todos preciados caballeros, puestas vuestras coraças fuertes y vuestras blandeadoras lanças de recio fresno; que á todos os espera aqui. Y con esto tiraba á cada paso á Rocinante de las riendas hazia atras, porque se fatigaba mucho por entrar en la venta; que tambien tenia picado el molino como Sancho Pança. El ventero y los demas, maravillados de las razones de don Quixote, y, viendo que, la lança baxa, les desafiaba á batalla, llamándoles gallinas y cobardes, haziendo piernas en su caballo, llegaronse á él, y dixole el ventero: Señor caballero, aqui no hay castillo ni fortaleça; y si alguna hay es la del vino, que es tan bravo y fuerte, que basta no solamente para derribar sino para hazer dezir mucho más de lo que v. m. nos ha dicho, y asi dezimos y respondemos todos en mí, y yo por todos, que aqui no ha venido escudero alguno de v. m.: si quiere posada, entre; que le daremos buena cena y mejor cama, y aun, si fuere menester, no le faltará una moça gallega que le quite los çapatos; que aunque tiene las tetas grandes, es ya cerrada de años; y como v. m. no cierre la bolsa, no haya miedo que cierre los braços ni dexe de recebirle en ellos. Por el orden de caballeria que profeso, replicó don Quixote, que si, como digo, no me dais el escudero y aquesa princesa gallega que dezis, que habeis de morir la más abatida muerte que venteros andantes hayan muerto en el mundo. Al ruido salió Sancho diziendo: Señor don Quixote, bien puede entrar; que al punto que yo llegué se dieron todos por vencidos: baxe, baxe; que todos son amigos, y habemos hechado pelillos á la mar, y nos están aguardando con una muy gentil olla de vaca, tocino, carnero, nabos y berças, que está diziendo: comeme, comeme. Como don Quixote vió á Sancho tan alegre, le dixo: Dime por Dios, Sancho amigo, si esta gente te ha hecho algun tuerto ó desaguisado; que aqui estoy, como ves, á punto de pelear. Señor, dixo Sancho, ninguno desta casa me ha hecho tuerto; que, como v. m. ve, los dos ojos me tengo sanos y buenos, que saqué del vientre de mi madre; ni tampoco me han hecho desaguisado; antes tienen guisada una olla y un conejo, tal, que el mismo Juan de Espera en Dios la puede comer. Pues toma, Sancho, dixo don Quixote, esta adarga, y tenme del estribo mientras me apeo; que me parece esta gente de buena condicion, aunque pagana. ¡Y como si es pagana! respondió Sancho, pues en pagando tres reales y medio, seremos señores disolutos de aquella grasisima olla. Baxó en esto del caballo, y Sancho le llevó á la caballeriza con su jumento. El ventero dixo á Don Quixote que se desarmase; que en parte segura estaba, donde, pagando la cena y cama, no habria pendencia alguna; pero el no lo quiso hazer, diziendo que entre gente pagana no era menester fiarse de todos. Llegó en esto Sancho, y pudo acabar con él á puros ruegos se quitase el morrion: tras lo cual le puso delante una mesa pequeña con sus manteles, y dixo al ventero que truxese luego la olla y el conejo asado, lo cual fue traido en un punto; de todo lo cual cenó harto poco don Quixote, pues lo más de la cena se le fue en hazer discursos y visages; pero Sancho sacó de vergüença á su amo, pues á dos carrillos se comió todo lo que quedaba de la olla y conejo, con la ayuda de un gentil azumbre de lo de Yepes, de suerte que se puso hecho una trompa. Alçada la mesa, llevó el ventero á don Quixote y á Sancho á un razonable aposento para acostarse; y despues que Sancho le hubo desarmado, se fue á echar el segundo pienso á Rocinante y á su jumento, y á llevarles á la agua. Mientras pues que Sancho andaba en estos bestiales exercicios, llegó una moça gallega, que por ser muy cortes era facil en el prometer y mucho más en el cumplir, y dixo á don Quixote: Buenas noches tenga v. m., señor caballero: ¿manda algo en su servicio? que aunque negras, no tiznamos: ¿gusta v. m. le quite las botas, ó le limpie los çapatos, ó que me quede aqui esta noche por si algo se le ofreciere? que por el siglo de mi madre, que me parece haberle visto aqui otra vez, y aunque en su cara y figura me parece á otro que yo quise harto; pero agua pasada no muele molino: dexome y dexele libre como el cuclillo: no soy yo muger de todos, como otras disolutas. Donzella, pero recogida; muger de bien, y criada de un ventero honrado, y engañome un traidor de un capitan que me sacó de mi casa, dandome palabra de casamiento: fuese á Italia, y dexome perdida, como v. m. ve: llevome todas mis ropas y joyas que de casa de mi padre habia sacado. Començó la moça á llorar tras esto, y dezir: ¡Ay de mí! ¡Ay de mí, huerfana y sola, y sin remedio alguno sino del cielo! ¡Ay de mí! ¡Y si Dios deparase quien, á aquel bellaco diese de puñaladas, vengandome de tantos agravios como me ha hecho! Don Quixote, que oyó llorar aquella moça, como era compasivo de suyo, le dixo: Cierto, fermosa donzella, que vuestras dolorosas cuitas de tal manera han ferido mi coraçon, que, con ser para las lides de acero, vos me le habedes tornado de cera; y asi, por el orden de caballeria que juro y prometo, como verdadero caballero andante cuyo ofizio es desfazer semejantes tuertos, de no comer pan en manteles, nin con la Reina folgare, nin peinarme barba ó cabello, nin cortarme las uñas de los pies ni de las manos, y aun de non entrar en poblado, pasadas las justas donde agora voy á Çaragoça, fasta fazeros bien vengada de aquese desleal caballero ó capitan tan á vuestro sabor, que digais que Dios vos ha topado con un verdadero desfazedor de agravios. Dadme, donzella mia, esa mano; que yo vos la doy de caballero de cumplir cuanto digo; y mañana en ese dia subid sobre vuestro preciado palafren, puesto vuestro velo delante de vuestros ojos, sola ó con vuestro enano que yo vos seguiré, y aun podria ser, en las justas reales donde agora voy defender con los filos de mi espada contra todo el mundo vuestra fermosura, y despues fazeros reina de algun estraño reino ó isla, adonde seais casada con algun principe poderoso: por tanto, idos agora á acostar, y reposad en vuestro blando lecho, y fiad de mi palabra, que no puede faltar. La disoluta moçuela, que se vió despedir de aquella manera, contra la esperança que ella tenia de dormir con don Quixote y que le daria tres ó cuatro reales, se puso muy triste con tan resoluta respuesta tras tan prolixa arenga, y asi le dixo: Yo por agora, señor, no puedo salir de mi casa por cierto inconveniente: lo que á v. m. suplico, si alguna me piensa hazer, es se sirva de prestarme hasta mañana dos reales, que los he mucho menester; porque fregando ayer quebré dos platos de Talavera, y si no los pago, me dará mi amo dos dozenas de palos muy bien dados. Quien á vos os tocare, dixo don Quixote, me tocará á mí en las niñas de los ojos, y yo solo seré bastante para desafiar á singular batalla, no solamente á ese vuestro amo que dezis, sino á cuantos amos hoy gobiernan castillos y fortaleças. Andad y acostadvos sin temor; que aqui está mi braço, que faltarvos non puede. Asi lo tengo yo creido, dixo la moça; y mire si me haze merced de esos dos reales agora, que aqui estoy para lo que v. m. mandare. Don Quixote no entendia la musica de la gallega, y asi le dixo: Señora infanta, no digo yo los dos reales que me pedis, sino docientos ducados os quiero dar luego á la hora. La moça, que sabia que quien mucho abraça poco aprieta, y que más vale pajaro en mano que buitre volando, se llegó á él para abraçarle, por ver si por alli le podia sacar los dos reales que le habia pedido; pero don Quixote se levantó diziendo: Muy pocos caballeros andantes he visto ni leido que, puestos en semejantes trances cual este en que yo me veo, hayan caido en deshonestidad alguna; y asi, ni yo tampoco, imitandoles á estos, pienso caer en ella. Començó tras esto á llamar á Sancho, diziendo: Sancho, Sancho, sube y traeme esa maleta. Subió Sancho (que habia estado hasta entonzes ocupado en una grande platica con el ventero y los huespedes, alabandoles la singular fortaleça de su señor, echando de la gloriosa, como estaba tan relleno con la olla podrida que habia cenado), subiendo juntamente la maleta, y dixole don Quixote: Sancho, abre esa maleta, y dale á esta señora infanta á buena cuenta docientos ducados desos que ahi traemos; que en haziendola vengada de cierto agravio que contra su voluntad le han fecho, ella te dará, no solamente eso, pero muchas y muy ricas joyas que un descortes caballero á pesar suyo la ha robado. Sancho, que oyó el mandato, le respondió colerico: ¡Como docientos ducados! Por los huesos de mis padres, y aun de mis agüelos, los puedo yo dar como dar una testarada en el cielo. Mirese la muy zurrada, hija de otra: ¿no es ella la que denantes me dixo en la caballeriza que si queria dormir con ella, que como le diese ocho cuartos, estaba alli para herme toda merced? Pues á fe que si la agarro por los cabellos, que ha de saltar de un brinco las escaleras. Como la pobre gallega vió tan enojado á Sancho, le dixo: Hermano, vuestro señor ha mandado que me deis dos reales; que ni pido ni quiero los docientos ducados; que bien veo que este señor lo dize por hazer burla de mí. Estaba en esto don Quixote maravillado de ver lo que Sancho dezia, y asi le dixo: Haz, Sancho, luego lo que te digo: dale luego los docientos ducados, y si más te pidiere, dale más; que mañana iremos con ella hasta su tierra, donde seremos[13] cumplidamente pagados. Ahora sus, dixo Sancho, baxe acá abaxo, señora: ¡asi señora seais de la mala perra que os parió! Y agarrando la maleta, baxó la moça delante dél, y diole cuatro cuartos, diziendo: Por las armas del gigante Golias, que si dezis á mi amo que no os he dado los docientos ducados, que os tengo de hazer más tajadas que hay puntos en la albarda de mi asno. Señor, dixo la gallega, deme esos cuatro cuartos; que con ellos quedo contentisima. Sancho se les dió diziendo: Y bien pagada queda la muy zurrada de lo que no ha trabajado. Y el ventero en esto llamó á Sancho para que se acostase en una cama que de dos jalmas le habia hecho, y Sancho lo hizo, echando su maleta por cabecera, con que durmió aquella noche muy de repapo.


CAPITULO V

De la repentina pendencia que á nuestro don Quixote se le ofreció con el huesped al salir de la venta.

Llegada la mañana, Sancho echó de comer á Rocinante y á su jumento, y hizo poner á asar un razonable pedazo de carnero, si no es que fuese de su madre (que de la virtud del ventero todo se podia presumir), y tras esto se fue á despertar á don Quixote, el cual en toda la noche no habia podido pegar los ojos, sino al amanecer un poco, desvelado con las traças de sus negras justas, que le sacaban de juizio; y más aquella noche, que habia imaginado defender la hermosura de la gallega contra todos los caballeros extrangeros y naturales, y llevarla al reino ó provincia de donde imaginaba que era reina ó señora. Despertó don Quixote despavorido á las vozes que dió Sancho, diziendo: Date por vencido, ¡oh valiente caballero! y confiesa la hermosura de la princesa gallega, la cual es tan grande, que ni Policena, Porcia, Albana ni Dido fueran dignas, si vivieran, de descalçarle su muy justo y pequeño çapato. Señor, dixo Sancho, la gallega está muy contenta y bien pagada; que ya yo le he dado los docientos ducados que v. m. me mandó; y dize que besa á v. m. las manos, y que la mande; que alli está pintipintada para helle toda merced. Pues dile, Sancho, dixo don Quixote, que apareje su preciado palafren mientras yo me visto y armo, para que partamos. Baxó Sancho, y lo que primero hizo fue ir á ver si estaba adereçado el almuerzo. Ensilló á Rocinante y enalbardó á su jumento, poniendo á punto el adarga y lançon de don Quixote, el cual baxó muy de espacio con sus armas en la mano, y dixo á Sancho que le armase, porque queria partir luego. Sancho le dixo que almorzase; que despues se podria armar; lo cual él no quiso hazer en ninguna manera, ni quiso tampoco sentarse á la mesa, porque dixo que no podia comer en manteles hasta acabar cierta aventura que habia prometido; y asi comió en pie cuatro bocados de pan y un poco de carnero asado, y luego subió en su caballo con gentil continente, y dixo al ventero y á los demas huespedes que alli estaban: Castellano y caballeros, mirad si de presente se os ofrece alguna cosa en que yo os sea de provecho; que aqui estoy pronto y aparejado para serviros. El ventero respondió: Señor caballero, aqui no habemos menester cosa alguna, salvo que v. m. ó este labrador que consigo trae me paguen la cena, cama, paja y cebada, y vayanse tras esto muy en hora buena. Amigo, dixo don Quixote, yo no he visto en libro alguno que haya leido, que cuando algun castellano ó señor de fortaleça merece por su buena dicha hospedar en su casa á algun caballero andante, le pida dinero por la posada; pero pues vos, dexando el honroso nombre de castellano, os hazeis ventero, yo soy contento que os paguen: mirad cuanto es lo que os debemos. Dixo el ventero que se le debian catorze reales y cuatro cuartos. De vos hiziera yo esos por la desvergüença de la cuenta, replicó don Quixote, si me estuviera bien; pero no quiero emplear tan mal mi valor:—y volviendose á Sancho, le mandó se los pagase. A la que volvió la cabeça para dezirselo, vió junto al ventero á la moça gallega, que estaba con la escoba en la mano para barrer el patio, y dixola con mucha cortesia: Soberana señora, yo estoy dispuesto para cumplir todo aquello que la noche pasada vos he prometido, y sereis sin duda alguna muy presto colocada en vuestro precioso reino; que no es justo que una infanta como vos ande asi desa suerte, y tan mal vestida como estais, y barriendo las ventas de gente tan infame como esta es: por tanto, subid luego en vuestro vistoso palafren; y si acaso, por la vuelta que ha dado la enemiga fortuna, no le teneis, subid en este jumento de Sancho Pança, mi fiel escudero: venios conmigo á la ciudad de Çaragoça; que alli, despues de las justas, defenderé contra todo el mundo vuestra extremada fermosura, poniendo una rica tienda en medio de la plaça, y junto á ella un cartel, junto al cartel un pequeño aunque bien rico tablado con un precioso sitial, adonde vos esteis vestida de riquisimas vestiduras, mientras yo pelearé contra muchos caballeros, que por ganar las voluntades de sus amantes damas vendran alli con infinitas cifras y motes, que declararán bien la pasion que traerán en sus fogosos coraçones y el deseo de vencerme; aunque les será dificultosa empresa (por no dezir imposible) emprender ganar la prez y honra que yo les ganaré con facilidad, amparado de vuestra beldad; y asi digo, señora, que dexando todas las cosas, os vengais luego conmigo. El ventero y los demas huespedes, que semejantes razones oyeron á don Quixote, le tuvieron totalmente por loco, y se rieron de oir llamar á su gallega, princesa y infanta: con todo, el ventero se volvió á su moça colerico, diziendola: Yo os voto á tal, doña puta desvergonçada, que os tengo de hazer que se os acuerde el concierto que con este loco habeis hecho; que ya yo os entiendo. ¿Asi me agradeceis el haberos sacado de la puteria de Alcala y haberos traido aqui á mi casa, donde estais honrada, y haberos comprado esa sayuela, que me costó diez y seis reales, y los çapatos tres y medio, tras que estaba de hoy para mañana para compraros una camisa, viendo no teneis andrajo della? Pero no me la haga yo en bacin de barbero si no me lo pagaredes todo junto; y despues os tengo de enviar como vos mereceis, con un espigon (como dizen) en el rabo, á ver si hallareis que nadie os haga el bien que yo en esta venta os he hecho: andad ahora en hora mala, bellaca, á fregar los platos; que despues nos veremos. Y diziendo esto, alçó la mano y diola una bofetada, con tres ó cuatro cozes en las costillas, de suerte que la hizo ir tropeçando y medio cayendo. ¡Oh santo Dios, y quien pudiera en esta hora notar la inflamada ira y encendida colera que en el coraçon de nuestro caballero entró! No hay aspid pisado, con mayor rabia que la con que él puso mano á su espada, levantandose bien sobre los estribos, de los cuales, con voz soberbia y arrogante dixo: ¡Oh sandio y vil caballero! ¡asi has ferido en el rostro á una de las más fermosas fembras que á duras penas en todo el mundo se podrá fallar! Pero no querrá el cielo que tan grande follonia y sandez quede sin castigo. Arrojó en esto una terrible cuchillada al ventero, y diole con toda su fuerça sobre la cabeça, de suerte que á no torcer un poco la mano don Quixote, lo pasara sin duda mal; pero con todo eso le descalabró muy bien. Alborotaronse todos los de la venta, y cada uno tomó las armas que más cerca de sí halló. El ventero entró en la cocina y sacó un asador de tres ganchos bien grande, y su muger un medio chuzo de viñadero. Don Quixote volvió las riendas á Rocinante, diziendo á grandes vozes: ¡Guerra, guerra! La venta estaba en una cuestecilla, y luego á tiro de piedra habia un prado bien grande, en medio del cual se puso don Quixote haziendo gambetas con su caballo, la espada desnuda en la mano, porque Sancho tenia la adarga y lançon; al cual, luego que vió todo el caldo revuelto, se le representó que habia de ser segunda vez manteado, y asi peleaba cuanto podia por sosegar la gente y aplacar aquella pendencia; pero el ventero, como se sintió descalabrado, estaba hecho un leon, y pedia muy aprisa su escopeta, y sin duda fuera y matara con ella á don Quixote, si el cielo no le tuviera guardado para mayores trances. Estorbolo la muger y los huespedes con Sancho, diziendo que aquel hombre era falto de juizio; y pues la herida era poca, que le dexase ir con todos los diablos. Con esto se sosegó, y Sancho, excusandose que no tenia culpa de lo sucedido, se despidió dellos muy cortesmente, y se fue para su amo, llevando al jumento del cabestro, y la adarga y lançon. Llegando á don Quixote, le dixo: ¿Es posible, señor, que por una moça de soldada, peor que la de Pilatos, Anas y Caifas, que está hecha una picara, quiera v. m. que nos veamos en tanta revuelta, que casi nos costara el pellejo, pues queria venir el ventero con su escopeta á tirarle? Y á hacerlo, sobre mí, que no le defendieran sus armas de plata, aunque estuvieran aforradas en terciopelo. ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, ¿cuanta gente es la que viene? ¿Viene un escuadron volante, ó viene por tercios? ¿Cuanta es la artilleria, coraças y morriones que traen, y cuantas compañias de flecheros? Los soldados ¿son viejos ó bisoños? ¿Están bien pagados? ¿Hay hambre ó peste en el exercito? ¿Cuantos son los alemanes, tudescos, franceses, españoles, italianos y esgüizaros? ¿Como se llaman los generales, maeses de campo, prebostes, y capitanes de campaña? Presto, Sancho, presto, dilo; que importa para que, conforme á la gente, hagamos en este grande prado trincheras, fosos, contrafosos, rebellines, plataformas, bastiones, estacadas, mantas y reparos, para que dentro les echemos naranjas y bombas de fuego, disparando todos á un tiempo nuestra artilleria, y primero las pieças que están llenas de clavos y medias balas, porque estas hazen grande efeto al primero impetu y asalto. Respondió Sancho: Señor, aqui no hay peto ni salto, ¡pecador de mí! ni hay exercitos de turquescos, ni animales, ni borricadas ni bestiones; bestias sí que lo seremos nosotros si no nos vamos al punto. Tome su adarga y lança; que quiero subir en mi asno; y pues nuestra Señora de los Dolores nos ha librado de los que nos podian causar los palos que tan bien merecidos teniamos en esta venta, huyamos de ella como de la ballena de Jonas; que no le faltarán á v. m. por esos mundos otras aventuras más faciles de vencer que esta. Calla, Sancho, dixo don Quixote; que si me ven huir, dirán que soy un gallina cobarde. Pues par diez, replicó Sancho, que aunque digan que somos gallinas, capones ó faisanes, que por esta vez que nos tenemos de ir: arre acá, señor jumento. Don Quixote, que vió resuelto á Sancho, no quiso contradezirle más; antes començó á caminar tras él diziendo: Por cierto, Sancho, que lo hemos errado mucho en no volver á la venta y retar á todos aquellos por traidores y alevosos, pues lo son verdaderamente, dandoles despues desto á todos la muerte; porque tan vil canalla y tan soez no es bien viva sobre la haz de la tierra; pues quedando, como ves quedan, vivos, mañana dirán que no tuvimos animo para acometellos, cosa que sentiré á par de muerte se diga de mí. En fin, Sancho, nosotros habemos sido, en volvernos, grandisimos borrachos. ¿Borrachos, señor? respondió Sancho: borrachos seamos delante de Dios; que para lo deste mundo, ello hemos hecho lo que toca á nuestras fuerças; por tanto, caminemos antes que entre más el sol; que dexa v. m. bien castigados todos los de la venta.


CAPITULO VI

De la no menos extraña que peligrosa batalla que nuestro caballero tuvo con un guarda de un melonar, que él pensaba ser Roldan el Furioso.

Caminaron la via de Çaragoça el buen hidalgo don Quixote y Sancho Pança su escudero, y anduvieron seis dias sin que les sucediese en ellos cosa de notable consideracion, solo que por todos los lugares que pasaban eran en extremo notados, y en cualquier parte daban harto que reir las simplicidades de Sancho Pança y las quimeras de don Quixote; porque se ofreció en Ariza hazer él proprio un cartel y fixarle en un poste de la plaça, diziendo que cualquier caballero natural ó andante que dixese que las mugeres merecian ser amadas de los caballeros, mentia, como él solo se lo haria confesar uno á uno ó diez á diez; bien que merecian ser defendidas y amparadas en sus cuitas, como lo manda el orden de caballeria; pero que en lo demas, que se sirviesen los hombres dellas para la generacion con el vinculo del santo matrimonio, sin mas arrequives de festeos; pues desengañaban bien de cuan gran locura era lo contrario las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso; y luego firmaba al pie del cartel: El Caballero Desamorado. Tras este pasaron otros tan apacibles y más estraños cuentos en los demas lugares del camino, hasta que sucedió que llegando él y Sancho cerca de Calatayud, en un lugar que llaman Ateca, á tiro de mosquete de la tierra, yendo platicando los dos sobre lo que pensaba hazer en las justas de Çaragoça, y como desde alli pensaba dar la vuelta á la corte del Rey, y dar en ella á conocer el valor de su persona, volvió la cabeça y vió enmedio de un melonar una cabaña, y junto á ella un hombre que le estaba guardando con un lançon en la mano. Detuvose un poco mirandole de hito á hito; y despues de haber hecho en su fantasia un desvariado discurso, dixo: Detente, Sancho, detente; que si yo no me engaño, esta es una de las más estrañas y nunca vistas aventuras que en los dias de tu vida hayas visto ni oido dezir; porque aquel que alli ves con la lança ó venablo en la mano, es sin duda el señor de Anglante, Orlando el Furioso, que, como se dize en el autentico y verdadero libro que llaman Espejo de caballerias, fue encantado por un moro, y llevado á que guardase y defendiese la entrada de cierto castillo, por ser él el caballero de mayores fuerças del universo; encantandole el moro de suerte, que por ninguna parte puede ser ferido ni muerto, si no es por la planta del pie. Este es aquel furioso Roldan que, de rabia y enojo porque un moro de Agramante llamado Medoro, le robó á Angélica la bella, se tornó loco, arrancando los arboles de raiz; y aun se dize por muy cierto (cosa que yo la creo rebien de sus fuerças) que asió de una pierna á una yegua sobre quien iba un desdichado pastor, y volteandola sobre el braço derecho, la arrojó de sí dos leguas, con otras cosas estrañas, semejantes á esta, que alli se cuentan por muy extenso, donde los podrás tú leer. Asi que, Sancho mio, yo estoy resuelto de no pasar adelante hasta probar con él la ventura; y si fuere tal la mia (que si será, segun el esfuerço de mi persona y ligereza de mi caballo), que yo le venciere y matare, todas las glorias, victorias y buenos sucesos que tuvo, serán sin duda mios, y á mí solo se atribuiran todas las fazañas, vencimientos, muertes de gigantes, desquixaramientos de leones y rompimientos de exercitos que por sola su persona hizo; y si él echó, como se cuenta por verdad, la yegua con el pastor dos leguas, dirá todo el mundo que quien venció á este que tal hazia, bien podrá arrojar á otro pastor como aquel á cuatro leguas: con esto seré nombrado por el mundo y será temido mi nombre; y finalmente, sabiendolo el rey de España, me enviará á llamar y me preguntará punto por punto cómo fue la batalla, que golpes le dí, con que ardides le derribé y con que estratagemas le falseé las tretas para que diesen en vazio; y finalmente, cómo le dí la muerte por la planta del pie con un alfiler de á blanca. Informado su magestad de todo, y dandote á tí por testigo ocular, seré sin duda creido; y llevando, como llevaremos, la cabeça en esas alforjas, el Rey la mirará, y dirá: ¡Ah Roldan, Roldan, y como siendo vos la cabeça de los Doze Pares de Francia habeis hallado vuestro par! No os valió ¡oh fuerte caballero! vuestro encantamiento ni el haber rompido de sola una cuchillada una grandisima peña. ¡Oh Roldan, Roldan, y como de hoy más se lleva la gala y fama el invicto manchego y gran español don Quixote! Asi que, Sancho, no te muevas de aqui hasta que yo haya dado cabo y cima á esta dudosa aventura, matando al señor de Anglante y cortandole la cabeça. Sancho, que habia estado muy atento á lo que su amo dezia, le respondió diziendo: Señor Caballero Desamorado, lo que á mi me parece es que no hay aqui, á lo que yo entiendo, ningun señor de Argante; porque lo que yo alli veo no es sino un hombre que está con un lançon guardando su melonar; que como va por aqui mucha gente á Çaragoça á las fiestas, se le deben de festear por los melones; y asi digo que mi parecer es, no obstante el de v. m., que no alborotemos á quien guarda su hacienda, y guardela muy enhorabuena; que asi hago yo con la mia. ¿Quien le mete á v. m. con Giraldo el Furioso, ni en cortar la cabeça á un pobre melonero? ¿Quiere que despues se sepa, y que luego salga tras nosotros la Santa Hermandad, y nos ahorque y asaetee, y despues eche á galeras por sietecientos años, de donde primero que salgamos ternemos canas en las pantorrillas? Señor don Quixote, ¿no sabe lo que dize el refran, que quien ama el peligro, mal que le pese ha de caer en él? Delo al diablo, y vamos al lugar, que está cerca: cenaremos muy á nuestro plazer, y comerán las cabalgaduras; que á fe que si á Rocinante, que va un poco cabizbaxo, le preguntase donde querria más ir, al meson ó guerrear con el melonero, que dixese que más querria medio celemin de cebada, que cien hanegas de meloneros. Pues si esta bestia, siendo insensitiva, lo dize y se lo ruega, y yo tambien en nombre della y de mi jumento, se lo suplicamos mal y caramente, razon es nos crea; y mire v. m. que por no haber querido muchas vezes tomar mi consejo nos han sucedido algunas desgracias. Lo que podemos her, es: yo llegaré y le compraré un par de melones para cenar; y si él dize que es Gaiteros ó Bradamonte ó esotro demonio que dize, yo soy muy contento que le despanzorremos; si no, dexemosle para quien es, y vamos nosotros á nuestras justas reales. ¡Oh Sancho, Sancho, dixo don Quixote, y que poco sabes de achaque de aventuras! Yo no salí de mi casa sino para ganar honra y fama, para lo cual tenemos ahora ocasion en la mano; y bien sabes que la pintaban los antiguos con copete en la frente y calva de todo el celebro, dandonos con eso á entender que pasada ella, no hay de donde asirla. Yo, Sancho, por todo lo que tú y todo el mundo me dixere, no he de dexar de probar esta empresa, ni de llevar el dia que entrare en Çaragoça, la cabeça de este Roldan en una lança, con una letra debaxo della que diga: «Vencí al vencedor.» Mira pues tú, Sancho, ¡cuanta gloria se me seguirá de esto! pues será ocasion de que en las justas todos me rindan vasallage y se me den por vencidos; con lo cual todos los precios dellas serán sin duda mios. Y asi, Sancho, encomiendame á Dios; que voy á meterme en uno de los mayores peligros que en todos los dias de mi vida me he visto; y si acaso, por ser varios los peligros de la guerra, muriese en esta batalla, llevarme has á San Pedro de Cardeña; que muerto, estando con mi espada en la mano, como el Cid, sentado en una silla, yo fio que si, como á él, algun judio, acaso por hazer burla de mí, quisiere llegarme á las barbas, que mi braço yerto sepa meter mano y tratarle peor que el catolico Campeador trató al que con él hizo lo proprio. ¡Oh señor! respondió Sancho, por el arca de Noe le suplico que no me diga eso de morir; que me haze saltar de los ojos las lagrimas como el puño, y se me haze el coraçon añicos de oirselo, de puro tierno que soy de mio. ¡Desdichada de la madre que me parió! ¿Que haria despues el triste Sancho Pança solo en la tierra agena, cargado de dos bestias, si v. m. muriese en esta batalla? Començó Sancho tras esto á llorar muy de veras, y dezir: ¡Ay de mí, señor don Quixote! ¡nunca yo le hubiera conocido por tan poco! ¿Que haran las donzellas desaguisadas? ¿Quien hará y deshará tuertos? Perdida queda de hoy más toda la nacion manchega; no habrá fruto de caballeros andantes, pues hoy acabó la flor dellos en v. m.; más valiera que nos hubieran muerto ahora un año aquellos desalmados yangüeses, cuando nos molieron las costillas á garrotazos. ¡Ay señor don Quixote! ¡Pobre de mí! ¿y que tengo de her solo y sin v. m.? ¡Ay de mí! Don Quixote lo consoló diziendo: Sancho, no llores; que aun no soy muerto; antes he oido y leido de infinitos caballeros, y principalmente de Amadis de Gaula, que habiendo estado muchas vezes á pique de ser muertos, vivian despues muchos años, y venian á morirse en sus tierras, en casa de sus padres, rodeados de hijos y mugeres. Con todo eso, estese dicho, hagas, si muriere, lo que te digo. Yo lo prometo, señor, dixo Sancho, si Dios le lleva para sí, de llevar á enterrar su cuerpo, no solamente al San Pedro de Cerdeña que dize, sino que aunque me cueste el valor del jumento, le tengo de llevar á enterrar á Constantinopla; y pues va determinado de matar ese melonero, arrojeme acá, antes que parta, su bendicion, y deme la mano para que se la bese; que la mia y la del señor san Cristobal le caiga. Diosela don Quixote con mucho amor, y luego començó á espolear á Rocinante, que de cansado ya no se podia mover. Entrando por el melonar y picando derecho hazia la cabaña donde estaba la guarda, iba dando á cada paso á la maldicion á Rocinante, por ver que cada mata, como era verde, le daba apetito, aunque tenia freno, de probar algunas de sus hojas ó melones, fatigado de la hambre. Cuando el melonero vió que se iba allegando más á él aquella fantasma, sin que reparase en el daño que hazia en las matas y melones, començole á dezir á vozes que se tuviese afuera; si no, que le haria salir con todos los diablos del melonar. No curandose don Quixote de las palabras que el hombre le dezia, iba prosiguiendo su camino; y ya que estuvo dos ó tres picas dél, començó á dezirle, puesta la lança en tierra: Valeroso conde Orlando, cuya fama y cuyos hechos tiene celebrados el famoso y laureado Ariosto, y cuya figura tienen esculpida sus divinos y heroicos versos; hoy es el dia, invencible caballero, en que tengo de probar contigo la fuerça de mis armas y los agudos filos de mi cortadora espada; hoy es el dia, valiente Roldan, en que no te han de valer tus encantamientos ni el ser cabeça de aquellos Doze Pares de cuya nobleza y esfuerço la gran Francia se gloria; que por mi has de ser, si quiere la fortuna, vencido y muerto, y llevada tu soberbia cabeça, ¡oh fuerte frances! en esta lança á Çaragoça. Hoy es el dia en que yo gozaré de todas tus fazañas y vitorias, sin que te pueda valer el fuerte exercito de Carlo-Magno, ni la valentia de Reinaldos de Montalvan, tu primo; ni Montesinos, ni Oliveros, ni el hechicero Malgisi con todos sus encantamientos: vente, vente para mí, que un solo español soy: no vengo, como Bernardo del Carpio y el rey Marsillo de Aragon, con poderoso exercito contra tu persona; solo vengo con mis armas y caballo contra tí, que te tuviste algun tiempo por afrentado de entrar en batalla con diez caballeros solos. Responde, no estés mudo, sube sobre tu caballo, ó vente para mi de la manera que quisieres; mas porque entiendo, segun he leido, que el encantador que aqui te puso no te dió caballo, yo quiero baxar del mio; que no quiero hazer batalla contigo con ventaja alguna. Y baxó en esto del caballo, y viendolo Sancho, començó á dar vozes diziendo: Arremeta, nuesamo, arremeta; que yo estoy aqui rezando por su ayuda, y he prometido una misa á las benditas animas, y otra al señor san Anton, que guarde á v. m. y á Rocinante. El melonero, que vió venir para sí á don Quixote con la lança en la mano y cubierto con el adarga, començole á dezir que se tuviese afuera; si no, que le mataria á pedradas. Como don Quixote prosiguiese adelante, el melonero arrojó su lançon y puso una piedra poco mayor que un huevo en una honda, y dando media vuelta al braço, la despidió como de un trabuco contra don Quixote, el cual la recibió en el adarga; mas falseola facilmente, como era de solo badana y papelones, y dió á nuestro caballero tan terrible golpe en el braço izquierdo, que á no cogelle armado con el braçalete, no fuera mucho quebrarsele; aunque sintió el golpe bravisimamente. Como el melonero vió que todavia porfiaba para acercarsele, puso otra piedra mayor en la honda, y tirola tan derecha y con tanta fuerça, que dió con ella á don Quixote en medio de los pechos, de suerte que á no tener puesto el peto grabado, sin duda se la escondiera en el estomago: con todo, como iba tirada por buen braço, dió con el buen hidalgo de espaldas en tierra, recibiendo una mala y peligrosa caida, y tal, que con el peso de las armas y fuerça del golpe, quedó en el suelo medio aturdido. El melonero, pensando que le habia muerto ó malparado, se fue huyendo al lugar. Sancho, que vió caido á su amo, entendiendo que de aquella pedrada habia acabado don Quixote con todas las aventuras, se fue para él, llevando al jumento del cabestro, lamentandose y diziendo: ¡Oh pobre de mi señor desamorado! ¿No se lo dezia yo, que nos fueramos muy en hora mala al lugar, y no hizieramos batalla con este melonero, que es más luterano que el gigante Golias? Pues ¿como se atrevió á llegarse á él sin caballo, pues sabia en Dios y en su conciencia que no le podia matar sino metiendole una aguja ó alfiler de á blanca por la planta del pie? Llegose en esto á su señor, y preguntole si estaba mal ferido: él respondió que no; pero que aquel soberbio Roldan le habia tirado una gran peña y le habia derribado con ella en tierra; añadiendo: Dame, Sancho, la mano, pues ya he salido con muy cumplida vitoria; que para alcançarla, bastame que mi contrario haya huido de mí y no ha osado aguardarme: al enemigo que huye, hazerle la puente de plata, como dizen. Dexemosle pues ir; que ya vendrá tiempo en que yo le busque, y á pesar suyo acabe la batalla començada: solo me siento en este braço izquierdo mal herido; que aquel furioso Orlando me debió tirar una terrible maça que tenia en la mano; y si no me defendieran mis finas armas, entiendo que me hubiera quebrado el braço. Maça, dixo Sancho, bien sé yo que no la tenia; pero le tiró dos guijarros con la honda, que si con cualquiera dellos le diera sobre la cabeça, sobre mí, que por más que tuviera puesto en ella ese chapitel de plata ó como le llama, hubieramos acabado con el trabajo que habemos de pasar en las justas de Çaragoça; pero agradezca la vida que tiene á un romance que yo le rezé del conde Peranzules, que es cosa muy probada para el dolor de hijada. Dame la mano, Sancho, dixo don Quixote, y entremos un rato á descansar en aquella cabaña, y luego nos iremos, pues el lugar está cerca. Levantose don Quixote tras esto, y quitó el freno á Rocinante, y Sancho quitó la maleta de encima de su jumento, juntamente con la albarda; metiolo todo en la cabaña, quedando Rocinante y el jumento señores absolutos del melonar, del cual cogió Sancho dos melones harto buenos, y con un mal cuchillo que traia los partió y puso encima de la albarda para que comiese don Quixote; si bien él, tras solo cuatro bocados que tomó dellos, mandó á Sancho que los guardase para cenar en el meson á la noche. Pero apenas habia Sancho comido media dozena de rebanadas, cuando el melonero vino con otros tres harto bien dispuestos moços, trayendo cada uno una gentil estaca en la mano; y como vieron el rocin y jumento sueltos, pisando las matas y comiendo los melones, encendidos en colera, entraron en la cabaña, llamandolos ladrones y robadores de la hacienda agena, acompañando estos requiebros con media dozena de palos que les dieron muy bien dados, antes que se pudiesen levantar; y á don Quixote, que por su desgracia se habia quitado el morrion, le dieron tres ó cuatro en la cabeça, con que le dexaron medio aturdido, y aun muy bien descalabrado; pero Sancho lo pasó peor; que como no tenia reparo de coselete, no se le perdió garrotazo en costillas, braços y cabeça, quedando tambien aturdido como lo quedaba su amo. Los hombres, sin curar dellos, se llevaron al lugar en prendas el rocin y jumento por el daño que habian hecho. De alli á un buen rato, vuelto Sancho en sí, y viendo el estado en que sus cosas estaban, y que le dolian las costillas y braços de suerte que casi no se podia levantar, començó á llamar á don Quixote, diziendo: ¡Ah señor caballero andante (andado se vea él con todos cuantos diablos hay en los infiernos)! ¿parecele que quedamos buenos? ¿Es este el triunfo con que habemos de entrar en las justas de Çaragoça? ¿Que es de la cabeça de Roldan el encantado, que hemos de llevar espetada en lança? Los diablos le espeten en un asador, ¡plegue á santa Apolonia! Estoyle diziendo sietecientas vezes que no nos metamos en estas batallas impertinentes, sino que vamos nuestro camino sin hazer mal á nadie, y no hay remedio. Pues tomese esos peruetanos que le han venido, y aun plegue á Dios, si aqui estamos mucho, no vengan otra media dozena dellos á acabar la batalla que los primeros començaron. Alzese, pesia á las herraduras del caballo de san Martin, y mire que tiene la cabeça llena de chichones, y le corre la sangre por la cara abaxo, siendo ahora de veras el de la Triste Figura, por sus bien merecidos disparates. Don Quixote, volviendo en sí y sosegandose un poco, començó á dezir:

Rey don Sancho, rey don Sancho