A la siniestra mano estaba el invictisimo principe don Juan de Austria, armado de todas pieças, con el baston de general en la mano, y puesto el pie derecho sobre la rueda de la fortuna, y la mesma fortuna, que con un clavo y martillo clavaba la rueda, haziendola inmoble, y esta letra:
El merecimiento insigne
Que te levantó en mi rueda,
Cual clavo la tiene queda.
Otras muchas curiosidades de enigmas y cifras habia en los arcos, que por evitar prolixidad y no hazer á nuestro proposito se dexan. Solo digo que el dia que la sortija se habia de jugar, estuvo, en comiendo, la calle del Coso riquisimamente adereçada, y compuestos todos sus balcones y ventanas con brocados y tapices muy bien bordados, ocupandolos infinitos serafines, con esperanças cada uno de recebir de la mano de su amante, de la de alguno de aquellos caballeros aventureros, la joya que ganase. Vino á la fiesta la nobleza del reino y ciudad, Visorey, Justicia mayor, diputados, jurados y los demas titulos y caballeros, poniendose cada uno en el puesto que le tocaba. Vinieron tambien los jueces de la sortija, muy acompañados y galanes que, como hemos dicho, eran un titular y dos caballeros de habito, y pusieronse en un tablado no muy alto curiosamente compuesto; á cuyo recebimiento començaron á sonar los menestriles y trompetas, y al mesmo son començaron á entrar por la ancha calle, de dos en dos, los caballeros que habian de correr. Los primeros fueron dos gallardos mancebos con una mesma librea, sin diferenciar en caballos ni vestidos: eran de raso blanco y verde, con plumas en los bonetes, de lo alto de los cuales sacó el uno una mano con un rico salero, cuya sal iba derramando sobre las mismas plumas, que daban al viento esta letra:
En mi alma el sol divino
Los rayos con que me inflama,
Cual sol de gracias, derrama.
El otro, que era recien casado con una dama muy hermosa, venia pintado en el escudo trayendola él mismo de la mano, como que la escudereaba; con una letra cual la siguiente:
Della gozo, y me ha quedado,