Del fin que tuvo la batalla aplaçada entre don Quixote y Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, y de como Barbara fue recogida en las arrepentidas.
Muchos y buenos dias tuvieron, no solo aquellos señores, con don Quixote, Sancho y Barbara, sino otros muchos á quien dieron parte de sus buenos humores y de los dislates del uno y simplicidades del otro; y llegó el negocio á termino que ya eran universal entretenimiento de la corte. El Archipampano, para mayor recreacion, hizo hazer un gracioso vestido á Sancho, con unas calças atacadas, que él llamaba çaragüelles de las Indias, con que parecia extremadamente de bien, y más, puesto con espada al lado y caperuça nueva; siendo menester; para persuadirle se la ciñese, dezirle le armaba caballero andante una tarde, por la vitoria que habia alcançado del escudero negro, dandole el orden de caballeria con mucho regocijo y fiesta: pero iba empeorando tan por la posta don Quixote con el aplauso que via celebrar sus hazañas á gente noble, y más desque vió armado caballero su escudero, que, movidos de escrupulo, se vieron obligados el Archipampano y principe Perianeo á cesar de darle prisa, y á dar orden en que se curase de proposito, apartandole de la compañia de Barbara y de conversaciones publicas; que Sancho, aunque simple, no peligraba en el juizio. Comunicaron esta determinacion con don Alvaro, y pareciendole bien su resolucion, les dixo que él se encargaba, con industria del secretario de don Carlos, cuando dentro de ocho dias se volviese á Cordoba, donde ya sus compañeros estarian, por haberse ido allá por Valencia, de llevarsele en su compañia hasta Toledo, y dexar muy encargada y pagada alli en casa del Nuncio su cura, pues no le faltaban amigos en aquella ciudad á quien encomendarle. Añadió que se obligaba á ello por lo que tenia escrupulo de haber sido causa de que saliese del Argamesilla para Çaragoça, por haberle dado parte de las justas que alli se hazian, y hazerle dexado sus armas y alabado su valentia; pero que era de parecer no se le tratase nada sin dexarle salir á la batalla de Tajayunque, porque, segun la tenia en la cabeça, le parecia imposible persuadirle nueva aventura, no rematada aquella que tan desvanecido le traia; y que lo que se podia hazer era dar orden en que se aplaçase y fuese el dia siguiente, y para más aplauso, en la casa del Campo, donde se podria cenar para más recreacion, convidando muchos amigos, pues tenia por cierto seria graciosisimo el remate de la aventura, que no esperaba menos del ingenio del secretario. Agradoles á todos el voto de don Alvaro, y más al Archipampano, el cual tomó á su cargo el proveer la cena y prevenir el puesto: solo rogó á don Carlos le hiziese placer de procurar persuadir á Sancho se quedase en su casa y de traer juntamente á Mari-Gutierrez; que él se encargaba de ampararles y valerles mientras viviesen, porque gustaba mucho él y su muger del natural de Sancho, y estaban certificados que no era de menos gusto el de Mari-Gutierrez; y porque ninguno de los valedores de don Quixote y su compañia quedase sin cargo en orden á procurar su bien, le dió al principe Perianeo de que procurase con Barbara aceptase el recogimiento que le queria procurar en una casa de mugeres recogidas, pues él tambien se obligaba á darle la dote y renta necesaria para vivir honradamente en ella. Encargados pues todos y cada uno de por si de hazer cuanto pudiese en el personage que se le encomendaba, llegado el plaço señalado para la batalla de Bramidan, se fueron los dichos señores con otros muchos de su propia calidad á la casa del Campo, do estaban ya otros haziendo estrado á las damas que con la muger del Archipampano habian ido á tomar puesto. Llevaronse los señores consigo á don Quixote, armado de todas pieças, y más de coraje, y con él á la reina Zenobia y á Sancho, llevando un lacayo del diestro á Rocinante, que con el ocio y buen recado estaba más lucio, y un paje llevaba la lança. Estaba ya prevenido el secretario de don Carlos de uno de los gigantes que el dia del Sacramento se sacan en la procesion en la corte, para continuar la quimera de Bramidan. Llegados al teatro de la burla, y ocupados los asientos (tras un buen rato de conversacion y paseo por la huerta) que dentro la casa estaban prevenidos, y puesto don Quixote en el suyo, se le llegó Sancho diziendo: ¿Que es, señor Caballero Desamorado? ¿Como va? ¿Estan buenos el honrado Rocinante y mi discreto rucio? ¿No le han dicho nada que me dixese? Yo aseguro que no les ha dado mis recados; que no dexaran de responderme; pero yo sé el remedio, y es desocuparme de los negocios de palacio, y buscar tinta y papel, y escribilles media dozena de renglones; que no faltará un paje ó pajaro, ó como los llaman, que se los lleve. Don Quixote le respondió: Rocinante está bueno, y ahi le verás presto hazer maravillas, luego que enfronte con el caballo indomito que traxere Bramidan: del rucio no te digo, hijo, sino que gusta mucho de la corte por lo poco que en ella trabaxa y por lo bien que le va. A eso replicó Sancho: Por ahi echo de ver que somos medio parientes, pues tenemos una misma condicion; porque le juro, mi señor, que en mi vida he comido mejor ni tenido mejor tiempo que desde que estoy con el Arcapampanos; porque á él no se le da más de gastar ocho ó nueve reales cada dia en comer, que á mí de comermelos; y hame dado una cama en que duermo, que juro non de Dios no la tienen mejor las animas del limbo, por más que sean hijas de reyes: solo hay malo que con tanto regalo se me olvidan los negocios de aventuras y peleas. Pero ¿que me dize destos çaragüelles de las Indias? La más mala cosa son que se puede pensar; porque por una parte, si no les poneis treinta agujetas, se os caen por los lados; y por otra, si les poneis todas las que ellos piden, no se comediran á caerse en una necesidad si no las desatais de una en una, aunque se lo supliqueis con el bonete en la mano, por más que os vean con el alma en los dientes traseros, tras que no se puede un hombre con ellos rebullir, ni abaxar á coger del suelo las narizes, por más que se le caigan de mocos. ¡Oh hi de puta, y que bellaca cosa son para segar! No me atreveria yo á segar con ellos doze haças al dia por todo el mundo: yo no sé como pueden los indios segar con ellos ni remecerse sin dar de ojos á cada paso; yo creo que los pajes del Arcapampanos deben de nacer allá en las Indias de Sevilla con estos diablos de pedorreras, segun saltan y brincan con ellas; yo no sé los caballeros andantes si las traian en aquellos tiempos: lo que sé dezir de mí es que todas las vezes que he de mear, he menester quitar una agujeta de delante, y aun despues, con todo eso, por más que haga, se me cae lo medio adentro: linda cosa son çaragüelles de mi tierra, pues si os da, trayendolos, alguna corrença, apenas habeis desatado una laçada cuando ya estan abaxo. Mil vezes le he rogado al Arcapampanos se haga unos para él, como los mios, tan abiertos abaxo como arriba, de buen paño de llori, pues cuando mucho, no le costaran más de veinte reales, y con ellos andará hecho persona; y diziendome que lo hará, nunca veo que lo efetua. Estando en estas razones, sintieron un grande rumor de los pajes que estaban á la puerta; y sosegandolos á todos don Alvaro, mandó asentar á Sancho en el suelo á los pies del Archipampano; tras lo cual entró por la sala el secretario de don Carlos, metido dentro del gigante, el cual traia una espada de palo entintada, de tres varas de largo y un palmo de ancho. Apenas le vió Sancho asomar, cuando dixo á vozes: Ven aqui, señores, una de las más desaforadas bestias que en toda la bestieria se puede hallar: este es el demonio de Tajayunque, que solo para perseguir á mi amo ha más de cuatro meses que ha venido del cabo del mundo; y son tan endiabladas sus armas, que solo para que se las traigan ha menester diez pares de bueyes; y si no, mirenle la espada, con que dizen que suele cortar un ayunque de herrero por medio. Miren pues ¡que hará del pobre mi señor don Quixote! Por las llagas de Dios mande á todos me hagan placer de echarle de aqui con Barrabas, á que vaya á tener guerreacion allá con la muy puerca de su madre; y no piense nos va poco en ello, pues asi partirá de un reves á diez ó doze de nosotros, como yo con un papirote partiria el anima de Judas si delante de mi viniese. Mandole don Quixote callar hasta ver que era lo que queria, pues conforme á ello se le daria la respuesta. Puesto en medio el crecido gigante, dixo con mucha pausa, despues de haber obligado á todos á que le diesen silencio con volver buen rato la cabeça á todas partes: Bien habrás echado de ver, Caballero Desamorado don Quixote de la Mancha, en mi presencia, como he cumplido la palabra que te dí en Çaragoça, de venir á la corte del rey Catolico á acabar delante de sus grandes la singular batalla que de tu persona á la mia tenemos aplaçada. Hoy pues es el dia en que los de tu vida han de acabar á los filos desta mi temida espada, porque hoy tengo de triunfar de ti y hazerme señor de todas tus vitorias, cortandote la cabeça y llevandola conmigo á mi reino de Chipre, do la pienso fixar en la puerta de mi casa con un letrero que diga: «La flor manchega murió á manos de Bramidan.» Hoy es el dia en que, quitandote á ti del mundo, me coronaré pacificamente por rey de todo él, pues no habrá fuerças que me lo impidan; y hoy, finalmente, es el dia en que me llevaré todas las damas que en esta sala y corte estan, á Chipre, para que haga dellas á mi gusto en mi rico y grande reino, pues hoy començará Bramidan, y acabará don Quixote de la Mancha: por tanto, si eres caballero, y tan valeroso como todo el orbe dize, vente luego para mí; que no traigo otras armas ofensivas ni defensivas más que esta sola espada hecha en la fragua de Vulcano, herrero del infierno, á quien yo adoro y reverencio por dios, juntamente con Neptuno, Marte, Jupiter, Mercurio, Palas y Proserpina. Dicho esto, calló; pero no Sancho, que se levantó diziendo: Pues á fe, don Gigantazo, que si os burlais en llamar dioses á todos esos borrachos que dezis, y lo sabe la santa Inquisicion, que en hora mala venisteis á España. Mas don Quixote, lleno de saña y pundonor, se puso de pies en su presencia, y empuñada la espada, con mucha pausa y gravedad començó á dezirle: No pienses ¡oh soberbio gigante! que las arrogantes palabras con que sueles espantar á los caballeros de poco vigor y esfuerço han de ser bastantes á poner un pelo de temor en mi indomito coraçon, siendo yo el que todo el mundo sabe y tú has oido dezir por todos los reinos y provincias que has pasado; y echaráslo de ver en que he venido á esta corte solamente á buscarte, con fin de darte en ella el castigo que ha tantos años que tus malas obras tienen tan merecido; pero ya me parece no es tiempo de palabras, sino de manos, pues ellas suelen ser testigo y prueba de la fineza de los coraçones y del valor de los caballeros. Mas, porque no te alabes de que entre contigo en batalla con ventaja, estando armado de todas pieças, y tú de sola tu espada, quiero, para mayor demostracion de cuan poco te estimo, desarmarme, y pelear contigo en cuerpo y solo tambien con espada; que aunque la tuya, como se ve, es más grande y ancha que la mia, por eso es esta regida y gobernada de mejor y más valerosa mano que la tuya. Volviose á Sancho tras esto, diziendole: Levantate, mi fiel escudero, y ayudame á desarmar; que presto verás la destruicion que deste gigante, tu enemigo y mio, hago. Levantose Sancho, respondiendole: ¿No seria, señor, mejor que todos los que en esta sala estamos, que somos más de docientos, le arremetiesemos juntos, y unos le asiesen de los arrapieços, otros de las piernas, otros de la cabeça y otros de los braços, hasta hazelle dar en el suelo una gran gigantada, y despues le metiesemos por las tripas todas cuantas espadas tenemos, cortandole la cabeça, despues los braços, y tras esto las piernas? Que le aseguro que si despues me dexan á mí con él, le daré más cozes que podran coger en sus faltriqueras, y me lavaré las manos en su alevosa sangre. Haz lo que te digo, Sancho, replicó don Quixote; que no ha de ser el negocio como tú piensas. En fin Sancho le desarmó, quedando el buen hidalgo en cuerpo y feisimo, como era alto y seco y estaba tan flaco, el traer de las armas todos los dias, y aun algunas noches, le tenian consumido y arruinado de suerte, que no parecia sino una muerte hecha de la armazon de huesos que suelen poner en los cimenterios que estan en las entradas de los hospitales. Tenia sobre el sayo negro señalados el peto, espaldar y gola, y la demas ropa, como jubon y camisa, medio pudrida de sudor; que no era posible menos de quien tan tarde se desnudaba. Cuando Sancho vió á su amo de aquella suerte, y que todos se maravillaban de ver su figura y flaqueza, le dixo: Por mi anima le juro, señor Caballero Desamorado, que me parece cuando le miro, segun está de flaco y largo, pintiparado un rocinazo viejo de los que echan á morir al prado. Con esto don Quixote se volvió para el gigante, diziendo: Ea, tirano y arrogante rey de Chipre, echa mano á tu espada, y prueba á que saben los agudos filos de la mia. Hizose, dichas estas razones, dos pasos atrás, y sacando la espada medio mohosa, se fue poco á poco acercando al gigante, el cual, viendole venir, fue prontisimo en sacudir de sus hombros la aparente maquina de papelon que sobre sí traia, en medio de la sala, y quedó el secretario que la sustentaba vestido riquisimamente de muger; porque era mancebo y de buen rostro, y en fin, tal, que cualquiera que no le conociera se podia engañar facilmente. Espantaronse todos los que el caso no sabian; pero don Quixote, sin hazer movimiento alguno, se estuvo quedo, puesta la punta de la espada en tierra, aguardando lo que aquella donzella, que él pensaba ser gigante, dezia; la cual, reconocidos los circunstantes, dixo á don Quixote sin moverse: Valeroso Caballero Desamorado, honra y prez de la nacion manchega, maravillado estarás sin duda de ver vuelto hoy á un tan terrible gigante en una tan tierna y hermosa donzella cual yo soy; pero no tienes que asombrarte; que has de entender que yo soy la infanta Burlerina, si nunca la oiste dezir, hija del desdichado rey de Toledo, el cual, siendo perseguido y cercado del alevoso principe de Cordoba, levantador de falsos testimonios á su propia madrastra, le ha enviado á dezir muchas vezes estos dias, que solo alçaria el cerco y le restituiria todas las tierras que su padre della habia ganado, cuyo campo dicho principe como general regia, si le enviaba luego á su hija Burlerina, que soy yo, para servirse de mí en lo que fuese de su gusto, con condicion de que habia de ir acompañada de doze donzellas, las más hermosas del reino, y juntamente de doze millones de oro fino, el más fino que la Arabia cria, para ayuda de los gastos que en la guerra y cerco habia hecho, jurando, si no lo cumplia, por los dioses inmortales, de no dexar en Toledo persona viva ni piedra sobre piedra. Viendose reducido el afligido de mi padre á tanta necesidad, y que no podian sus fuerças resistir á las del contrario, sino que le era forçoso morir él y todos sus vasallos en las crueles manos de tan poderoso enemigo, ó condecender con su inica condicion, le envió á dezir le diese cuarenta dias de plaço para buscar en ellos las doze donzellas que pedia y aquella gran suma de dinero, y que si pasado dicho termino no acudia con dicha cantidad executase en su reino el rigor con que le amenaçaba. Constandoles pues ¡oh invicto manchego! á un tio mio, grande encantador y nigromantico, notable aficionado tuyo, llamado el sabio Alquife, el gran peligro en que mi padre, su hermano, y yo su sobrina, estabamos, hizo un fortisimo encantamiento, metiendome en este aparente gigante que aqui está tendido, y enviandome encubierta en él, por asegurar asi mi honestidad, á buscarte á tí por todo el mundo, sin dexar reino, insula ó provincia en que no te haya buscado; y fue tanta mi ventura, que hallandote en Çaragoça, no hallé mejor medio para sacarte de alli y traerte á esta corte, que solo dista doze leguas de Toledo, que fingir el aplaçado desafio: por tanto, oh magnanimo principe, si hay en tí algun rastro de piedad y sombra del infinito amor que á la ingrata infanta Dulcinea del Toboso tuviste, aunque ya eres el Caballero Desamorado, por las leyes de amistad que á mi tio Alquife debes, y por lo que las esperanças que en ti he puesto merecen, te suplico que, dexadas aparte todas las aventuras que en esta corte se te pueden ofrecer, y todas las honras que en ella sus principes te hazen, acudas luego conmigo á la defensa y amparo de aquel afligido reino, para que entrando en singular batalla con el maldito principe de Cordoba, le venzas, y dexes libre de su tirania á mi venerable padre, pues te juro y prometo por el dios Marte, de ser yo mesma el premio de tus trabajos. Calló, dichas estas razones, aguardando las que don Quixote le daria de respuesta; pero Sancho, que estaba totalmente maravillado, antes que su amo respondiese, dixo: Señora reina de Toledo, no tiene v. m. que jurar por el dios Martes ni Miercoles; que mi amo irá sin falta á matar á ese bellaconazo del principe de Cordoba, y yo sin falta iré con él: por el tanto vayase un poco delante, y digale al señor su padre como ya vamos, que nos tenga bien de cenar, y que á ese principillo nos le tenga para cuando lleguemos, muy bien atado á un poste, en cueros; que yo la aseguro, si lo haze, de hazerle con esta pretina que se acuerde mientras viva del nombre suyo, y aun de los de su padre y madre. Dió á todos notable gusto la disparatada respuesta de Sancho; pero suplió su simplicidad el peso de la que dió don Quixote, diziendo á la dama: Por cierto, señora infanta Burlerina, que no os ama ni estima quien asi os haze andar, en lo que yo, por más que sea mi grande amigo el sabio Alquife vuestro tio, pues con menos prevenciones las hiziera yo para defender el reino de su hermano vuestro padre, rey de Toledo, obligado de lo que le debo; pero ya que se interpone el peligro de la libertad de vuestra noble y hermosisima persona, mayores seran las obligaciones que me moveran á acudir con gusto al remedio de la referida necesidad: por tanto respondo que iré en persona á dar favor y socorro á vuestro padre. Lo que queda que hazer es, que veais cuando y como quereis que partamos; que pronto y dispuesto estoy yo de mi parte para ir luego con vos, para hazeros vengada de ese tirano principe que dezis; que ya nos conocemos los dos, y aun deseo esta ocasion para que vea á que saben mis manos; que desafiado le tengo; pero cual cobarde ha huido dellas. El principe Perianeo, viendo la nueva aventura que se le habia ofrecido á don Quixote, y lo presto y bien que don Alvaro habia entablado con el secretario de don Carlos el modo con que se podia facilitar el llevar á la casa del Nuncio de Toledo á don Quixote, le dixo: Desde aqui desisto, señor Caballero Desamorado, de la pretension de la infanta Florisbella de Grecia, sin querer entrar en batalla con quien puede dar seguridad de vitoria á reinos enteros, estando aun ausente; y asi, en publico me doy por vencido dese valor, con no poca gloria de v. m., corrimiento mio y contento del principe don Belianis de Grecia. Holgó mucho don Quixote destas razones, y agradecioselas, dandosele por amigo, y lo mismo Sancho, que deseaba se excusase esta pendencia; el cual por mandado del Archipampano se levantó y fue con mucho respeto por la infanta Burlerina, trayendosela por la mano, de cuya vista rieron los caballeros y damas en extremo, conociendo era el secretario de don Carlos, y no muger, como pensaba don Quixote y su escudero, que viendo la risa de todos, no pudiendo sufrirla, dixo: ¿De que se rien ellos y ellas, cuerpo non de quien las parió? ¡Nunca han visto á una hija de un rey puesta en trabajo! Pues sepan que cada dia nos topamos yo y mi amo con ellas por esos caminos, y si no, digalo la gran reina Segovia. Lo que vs. ms., señoras, han de hazer, es tenerse por dicho que ha de dormir esta infanta con una de vs. ms. esta noche; si no, ahi está mi cama á su servicio, que le beso las manos. Levantaronse todos tras estas razones á cenar, desapareciendo el secretario. Hubo gran cena, y mucha continuacion en ella de los disparates de don Quixote y de Sancho; pero alabaron todos el parecer del Archipampano cuando supieron trataba de enviar á Toledo á curar en la casa del Nuncio á don Quixote; y volviendose á sus casas en los coches, como habian venido, se quedó en la del Archipampano Sancho, como solia, y Barbara y don Quixote se fueron con don Carlos y don Alvaro á la del principe Perianeo, el cual apenas estuvo en ella, cuando tomó tan á pechos el persuadir á Barbara se recogiese en una casa de mugeres de su calidad, supuesto le estaba tan bien y era gusto del Archipampano, que salia á pagar la entrada y á darle suficiente renta con que pasar la vida todo lo que le durase, que ella, convencida de sus buenas razones, y conociendo cuan mal le estaba volver á Alcala, do ya todos sabian su trato, tras verse sin tener que comer ni partes para ganarlo con ellas, dió con no poca alegria el sí de hazer lo que se le pedia y perseverar donde quiera que la pusiesen, con que se efetuó su recogimiento dentro de dos dias, sin que don Quixote pudiese entendello; y cuando la hallaron menos sus diligencias, le persuadieron que las de sus vasallos habian podido sacarla encubierta secretamente de la corte y volverla á su reino.
CAPITULO XXXV
De las razones que entre don Carlos y Sancho Pança corrieron acerca de que él se queria volver á su tierra ó escribir una carta á su muger.
Estaba ya don Carlos en vigilia de celebrar las bodas de su hermana con el titular, y queria por gusto del Archipampano y mayor solemnidad dellas, tener de asiento en Madrid á Sancho; y asi, para obligarle á que, trayendo alli su muger, no pensase más en su tierra, le dixo un dia que se halló con él en casa del Archipampano: Ya sabeis, mi buen Sancho, el deseo que de vuestro bien he tenido desde que os vi en Çaragoça, y el cuidado con que os regalé de mi mano en la mesa la primer noche que entrastes en mi casa, y cuanta merced os han hecho siempre en ella mis criados, particularmente el cocinero coxo: pues habeis de saber que lo que me ha movido siempre á esto, ha sido el veros tan hombre de bien y de buenas entrañas, teniendo lastima de que una persona de vuestra edad y buenas partes padeciese, y más en compañia de un loco tal cual es don Quixote, en la cual, por serlo tanto, no podiades dexar de dar en mil desgracias, porque sus locuras, desatinos y arrojamientos no pueden prometer buen suceso á él ni á quien le acompañare; y no digo cosa de que ya no tengais experiencia vos desde el año pasado; y si no, dezidme: ¿que sacastes de las antiguas aventuras, sino muchos palos, garrotazos, malas noches y peores dias, tras mucha hambre, sed y cansancio, tras veros manteado de cuatro villanos, con tantas barbas como teneis? ¡Pues monta, que es menos lo que habeis padecido en esta ultima salida! en la cual las insulas, peninsulas, provincias y gobernaciones que habeis conquistado vos y vuestro amo, son haber sido terrero de desgracias en Ateca, blanco de desdichas en Çaragoça, recreacion de picaros en la carcel de Sigüença, irrision de Alcala, y ultimamente mofa y escarnio de esta corte. Pero pues ha querido Dios que entraseis en ella al fin de vuestra peregrinacion, agradecedselo; que sin duda lo ha permitido para que se rematasen aqui vuestros trabajos, como lo han hecho los de Barbara, que recogida en una casa de virtuosas y arrepentidas mugeres, está ya apartada de don Quixote, y pasa la vida con descanso y sin necesidad, con la limosna que le ha hecho de piedad el Archipampano, la cual es tan grande, que no contentandose de ampararla á ella, trata de hazer lo mesmo con vuestro amo; y asi le perdereis presto, mal que os pese, porque dentro de cuatro dias lo envia á Toledo con orden de que le curen con cuidado en la casa del Nuncio, hospital consignado para los que enferman del juizio, cual él; y no contenta su grandeza en amparar á los dichos, trata con mis veras y mayor amor de ampararos á vos más de cerca, y de las puertas adentro de su casa, en la cual os tiene con el regalo, abundancia y comodidad que experimentais tantos dias ha: lo que queda que hazer es que vos de vuestra parte procureis conservaros en la privanza que estais, que es notable, como lo es lo que él, su muger y casa os aman, de la cual no saldreis vos y vuestra muger Mari-Gutierrez mientras vivais, á quien de mi consejo habeis de traer á ella, enviandola á buscar; que yo daré mensagero seguro y pagaré los gastos, pues gustará dello y de teneros en este palacio el Archipampano, dandoos en él á ambos un cuarto y salario y muy honrada racion todos los dias de vuestra vida, con que la pasareis alegre y descansadamente en uno de los mejores lugares del mundo: por tanto, lo que habeis de hazer es condecender con lo que os pido, y darme en breve la respuesta cual merece el celo que de vuestro bien tengo. Calló don Carlos dichas estas razones, y despues de haber estado Sancho suspenso un buen rato de oillas, le respondió á ellas: Muy grande es por cierto, señor don Carlos, el servicio que v. m. y el Arcadepampanos me ha hecho estos dias, si bien les pido perdon dello, por si acaso no ha sido tanto como yo merezco; que eso ya me lo veo, y no me lo podran pagar con cuanta moneda tienen todos los ropavejeros desta tierra, pero con todo se lo agradezco, y ahi estan para hazelles merced en la Argamesilla veinte y seis cabeças de ganado que tengo, dos bueyes, y un puerco tan grande como los de por acá, el cual habemos de matar, si Dios quiere, para el dia de San Martin, para el cual estará hecho una vaca: asi que digo que para respondelle me dé, si le parece, algunos meses de termino; que no son cosas estas de mudar de tierra que se hayan de hazer de repente: lo que yo haré será ir á comunicallo con mi Mari-Gutierrez, ó cuando mucho, le escribiré cuanto v. m. me dize; y si ella dize con una mano que sí, yo diré lo mesmo con ambas de bonisima gana: busque pues v. m. tinta y papel, si le parece, y escribamosla luego al punto una carta, en que se le diga como el Ave Maria todo eso; y digo escribamos porque harto haze quien haze hazer; que yo por mis pecados no sé escribir más que un muerto, aunque tuve un tio que escribia lindamente; pero yo sali tan grandisimo bellaco, que cuando siendo muchacho me enviaban á la escuela, me iba á las higueras y viñas á hartarme de uvas y higos, y asi sali mejor comedor dellos que no escribanador. Quedó contento de la respuesta don Carlos, y difirieron el escribir la carta hasta despues de comer; y habiendolo hecho con el Archipampano le dixo sobre mesa don Carlos como ya tenia el sí de Sancho en lo que era traer á la corte su muger, si á ella le parecia, y que solo faltaba el escribirselo, y que asi, traxesen tinta y papel para que alli fuese secretario de la carta que le habia de dictar Sancho. Traxose todo al punto, y apenas habia empeçado don Carlos á doblar el pliego, cuando le dixo Sancho: ¿Saben, señores, lo que me parece? Que á fe mia que seria harto mejor y más acertado volverme yo á mi casa y quitarme de aquestos cuentos, pues ha que sali della cerca de seis meses, andandome hecho un haragan tras de mi señor don Quixote por unos tristes nueve reales de salario cada mes; si bien hasta agora no me ha dado blanca, lo uno porque dize dará el rucio en cuenta y lo otro porque harto me pagará, pues me ha de dar la gobernacion de la primera insula ó peninsula, reino ó provincia que ganare; pero pues á él le llevan vs. ms., como ha dicho don Carlos, á ser nuncio de Toledo, y yo no puedo ser de iglesia, desde agora renuncio todos los derechos y pertinencias que en cuanto conquistare me pueden pertenecer por herencia ó tema de juizio, y me determino volver á mi tierra agora que viene la sementera, en que puedo ganar en mi lugar cada dia dos reales y medio y comida, sin andarme á caça de gangas: por tanto, burlas aparte. V. m., señor Arcapampanos, me mande volver luego mis çaragüelles pardos, y tome allá estos suyos de las Indias (¡quemados ellos sean!) y denme juntamente mi sayo y la otra caperuça, y adios, que me mudo; que yo sé que mi Mari-Gutierrez y todos los de mi lugar me estaran aguardando; que me quieren como la lumbre de sus ojos. ¿Quien me mete á mí con pajes, que no me dexan en todo el dia, sin otros demonios de caballeros, que no hazen sino molerme con Sancho acá, Sancho acullá? Y aunque aqui se come lindamente, si no siempre con la boca, á lo menos siempre con los ojos, todavia lo que son salarios se paga muy mal, y muchas vezes veo que se fingen culpas en los criados para negarselos ó quitarles la racion ó despedillos mal pagados; y cuando no suceda en salud, es cierto que en enfermedad no hay señor que mande ni mayordomo que execute obra de caridad con los pobres criados: en fin, bien dizen los picaros de la cocina que la vida de palacio es vida bestial, do se vive de esperanças y se muere en algun hospital: ello es hecho, señor don Carlos; no hay que replicar; que mañana, en resolucion, pienso tomar las de Villadiego: verdad es que si el señor Arcapampanos me asegurase un ducado cada mes y dos ó tres pares de çapatos por un año, con cedula de que no me lo habia de poner despues en pleito, y v. m. saliese por fiança dello, sin duda ternia moço en mí para muchos dias: por eso, si lo determina hazer, no hay sino efetuarlo, y encomendarme su par de mulas, y dezirme cada noche lo que tengo de hazer á la mañana, y adonde tengo de ir á arar ó á dar tal vuelta á tal ó tal rastrojo, y de lo demas dexeme el cargo á mí, que no se descontentará de mi labor: verdad es que tengo dos faltas; la una es que soy un poco comedor, y la otra que para despertarme á las mañanas, algunas vezes es menester que el amo se llegue á la cama y me dé con algun çapato; que con eso despierto luego como un gamo, y echado de comer á mi vientre y á las mulas, voy á la fragua á sacar la reja, alço los fuelles mientras el herrero la machaca, vuelvome á casa una hora antes que amanezca, cantando por el camino siete ó ocho siguidillas que sé lindisimas, do por refrigerar el aliento pongo á asar cuatro cabeças de ajos, tomandolas con dos ó tres vezes de la bota que tengo de llevar á la labrança; y á la que alborea, subo, hecha esta prevencion, en la mula castaña que está mas gorda... Y de alli iba á proseguir; pero atajole don Carlos, maravillado de su simple discurso, y dixole: Ello se ha de hazer puntualmente lo que os tengo aconsejado, pues se os cumpliran todas las condiciones que pedis. A fe que lo dudo, replicó Sancho, de quien no tuvo vergüença de tomar de un escudero como yo dos reales y medio por la primer cena que me dió, y asi no quiero nada con él, sino que Dios le eche á aquellas partes en que más de él se sirva. Dixole el Archipampano, viendo que dezia las dichas razones por él: Estad cierto, Sancho, que cumpliré cuanto en mi nombre os ha prometido el señor don Carlos, mejor de lo que vos lo sabreis desear, y estad cierto de que no os faltará en mi casa la gracia de Dios. La gracia de Dios, dixo Sancho, es en mi tierra una gentil tortilla de huevos y torreznos, que la sé yo hazer á las mil maravillas, y aun de los primeros dineros que Dios me depare, he de hazer una para mí y el señor don Carlos, que nos comamos las manos tras ella. Mucho gustaré de comella, respondió don Carlos; pero ha de ser con condicion de que por amor de mí os pongais sombrero, como lo usamos en la corte, y dexeis la caperuça. En todos los dias de mi vida, replicó Sancho, no he gustado de sombreros, ni sé á que saben, porque se me asienta la caperuça en la cabeça que es bendición de Dios, porque en fin es bonisimo potage, pues si hace frio, se la mete el hombre hasta las orejas, y si aire, se cubre con su vuelta el rostro, cual si llevara un papahigo, yendo tan seguro de que se le caiga, como lo está la rueda de un molino de moverse, y no se bambalea á todas partes, como lo hazen los sombreros, que si les da un torbellino ruedan por esos campos cual si les tomara la maldicion; y más que cuestan doblado una dozena dellos que media de caperuças, pues no pasa cada una dellas de dos reales y medio con hechura y todo. Bien parece, Sancho, le dixo el Archipampano, que conoceis la necesidad que tengo de vos, y que no tengo de reparar en cosa á trueque de que quedeis en mi casa, pues pedis tantas gullorias: pero para que conozcais mi liberalidad, mañana os mandaré pagar dos años de salario adelantados á vos y á vuestra muger y en llegando ella os vestiré á ambos muy de pascua. Beso á v. m. las manos, le respondió Sancho, por ese buen servicio. Agora solo resta saber si las tierras de v. m. que tengo de sembrar este otoño estan lexos; tras que, como no las sé, será menester ir á ellas el domingo que viene, y tambien conocer las mulas y saber qué resabios tienen, y si tienen buenas coyundas y todo el demas aparejo; porque no quiero diga despues de mí v. m. que soy descuidado. Todo está, Sancho, le replicó don Carlos de la manera que deseais; lo que se ha de hazer es que escribamos la carta á vuestra muger. Escribamos por cierto, respondió él, con la bendicion de Dios; pero v. m. advierta que ella es un poco sorda, y será menester que la escribamos un poco recio para que la oiga. Haga la cruz y diga: «Carta para Mari-Gutierrez mi muger, en el Argamesilla de la Mancha, junto al Toboso.» Ahora bien, digale que con esto ceso, y no de rogar por su anima. ¡Que es lo que dezis, Sancho! le dixo don Carlos, aun no le habemos dicho cosa, ¡y ya dezis: Con esto ceso! Calle, respondió él; que no lo entiende: ¿quiere saber mejor que yo lo que tengo de dezir? El diablo me lleve si no me ha hecho quebrar el hilo que llevaba, con la más linda astrologia que se podia pensar; pero diga, que ya me acuerdo, «Habeis de saber que desde que yo sali del Argamesilla hasta agora no nos hemos visto; mi salud dizen todos que es muy buena; solo me duelen los ojos de puro ver cosas del otro mundo, plegue á Dios que tal sea de los vuestros. Avisadme de como os va del beber, y si hay harto vino en la Mancha para remediaros la sed que mi presencia os causa, y mirad por vida vuestra escardeis bien el huertecillo, de las malas hierbas que le suelen afligir. Enviadme los çaragüelles viejos de paño pardo que estan sobre el gallinero, porque acá me ha dado el Arcapampanos unos çaragüelles de las Indias, que no me puedo remecer con ellos: guardarlos he para vos, que quiçás se os asentaran mejor, y más que sin mucho trabajo traereis guardado el hornillo de vidrio, pues tienen por delante una puerta que se cierra y abre con una sola agujeta. Si quereis venir, ya os tengo dicho lo que nos dará el Arcapampanos cada mes de salario; y asi, os mando que antes que esta carta salga de aqui, os vengais á servir á la Arcapampanesa, trayendo todos los bienes muebles y raizes con vos, que ahi estan, sin dexar un palmo de tierra ni una sola hoja del huerto; y no me seais repostona, que me canso ya de vuestras impertinencias, y tanto será lo de más como lo de menos; y no os haya de dezir, como acostumbro, con el palo en la mano: Jo, que te estriego, burra de mi suegro.» Volviose, escritas estas razones, á don Carlos, diziendole: Sepa v. m., señor, que las mugeres de hogaño son diablos, y en no dandoles en el caletre, no haran cosa buena si las queman. Pues á fe que lo ha de hazer, ó sobre eso oxte, morena. Esto dixo quitandose el cinto, y tomandole en la mano con mucha colera, añadiendo que él sabia de la suerte que se habia de tratar Mari-Gutierrez, mejor que el papa. Maravillado estaba el Archipampano y cuantos en la sala asistian, de ver tan natural simpleza, y aun aguardaban á cuando habia de dar con el cinto á don Carlos; pero sin hazerlo prosiguió diziendo: «Ya os digo, Mari-Gutierrez, que estaremos aqui lindamente; que aunque vos seais enemiga de estar en casa de estos hidalgotes, todavia el Arcapampanos está tan hombre de bien, que me ha jurado que en estando vos aqui, nos vestirá á ambos y nos dará el salario de dos años adelantado, que es un docado por bestia cada mes, el uno á mí y el otro á vos: mirad pues, si por lo menos vivimos mil meses, si ternemos harto dinero. Del señor don Quixote solo os digo que está mas valiente que nunca, y le han hecho nuncio de Toledo: si le habeis menester, en dichas casas le hallareis, y no poco acompañado, cuando paseis por alli: la Arcapampanesa, vuestra ama, con quien habeis de estar, os besa las manos y tiene más deseo de escribiros que de veros: es muger muy honrada, segun dize su marido, si bien á mí no me lo parece, por lo que la veo holgazana, pues desde que estoy aqui jamas le he visto la rueca en la cinta. Rocinante me dizen está bueno y que se ha vuelto muy persona y cortesano: no creo lo sea tanto el rucio, ó á lo menos no lo muestran sus pocas razones, si ya no es que calla, enfadado de estar tanto tiempo en la corte.»
Pareceme que no hay más que escribir, pues aqui se le dize cuanto le importa, tan bien como se lo podria decir el mejor boticario del mundo, y yo trasudo de puro sacar letras del caletre. Ved vos, Sancho, dixo don Carlos, si quereis dezille otra cosa; que aqui estoy yo para escribillo, pues hay harto papel, gloria á Dios. Cierrela, respondió Sancho, y horro Mahoma. Mal se puede cerrar, replicó don Carlos, carta sin firma, y asi dezid de que suerte soleis firmar. ¡Buen recado se tiene! respondió Sancho: sepa que no es Mari-Gutierrez amiga de tantas retoricas: no hay que firmar para ella, que cree bien firme y verdaderamente todo lo que tiene y cree la santa madre Iglesia de Roma, y asi, no necesita ella de firma ni firmo. Leyose la carta, hecho esto, en voz alta, con increible risa de los circunstantes y atencion del mismo Sancho, á quien dixo el Archipampano luego: ¿Como llevará don Quixote el quedaros, Sancho, vos en mi casa? que no querria se enojase y viniese despues á ella desafiandome á singular batalla, con que mal de mi grado me obligase á hazeros volver con él. No tenga v. m. miedo, respondió Sancho; que yo le hablaré claro antes que vaya á Toledo, y le volveré su rucio, la maleta y juntamente el desaforado guante del gigante Bramidan, que puse guardado en ella la noche que él se le arrojó desafiandole en casa del señor don Carlos, para que le vuelva á la infanta Burlerina, ó le dé en presente el arçobispo cuando entre por nuncio en Toledo; que yo no quiero nada de nadie; y más que le diré se vaya con Dios, pues desde aqui al dia del juizio reniego de las peleas, sin querer más cosa con ellas; pues tan pelado y apaleado salgo de sus uñas, cual saben mis pobres espaldas; y libré tan mal habrá dos meses en una venta, que por poco me hizieran volver moro unos comediantes, y aun me circuncidaran, si no les rogara con vivas lagrimas no tocasen en aquellos arrabales, pues seria tocar á las niñas de los ojos de Mari-Gutierrez; y despues me costó muy gentiles golpes la defensa de un ataharre que mi amo llamaba preciosa liga; y aunque él me quiere tanto, que entiendo me dará lo que me tiene prometido, que es la gobernacion de algun reino, provincia, insula ó peninsula, todavia diré mañana como no puedo ir allá con él, por estar ya concertado con v. m., y que lo que podrá hazer será enviarmela, que tan hombre seré para gobernalla acá como allá. ¿Pero sabe v. m. que me parece? Que pues para de aqui al Argamesilla no se hallará mensajero cierto, será acertado que yo, que sé el camino, lleve la carta, pues le aseguro que no haré más de darle fielmente en manos de mi muger, y volverme luego. Pues para eso, Sancho, dixo el Archipampano, ¿que era menester escribirla, si vos habiais de ir allá en persona? No cuideis della; que yo buscaré quien la lleve con brevedad, y traiga luego respuesta, aunque dudo sea ella tan elegante como vuestra carta, en que mostrais haber estudiado en Salamanca toda la sciencia escribal que alli se profesa, segun la habeis enriquecido de sentencias. No he estudiado, respondió Sancho, en Salamanca; pero tengo un tio en el Toboso, que hogaño es ya segunda vez mayordomo del Rosario, el cual escribe tan bien como el barbero, como dize el cura; y como yo he ido muchas vezes á su casa, todavia me he aprovechado algo de su buena habilidad; porque, como dizen, ¿quien es tu enemigo? el de tu ofizio; en la arca abierta siempre el malo peca: y finalmente, quien hurta al ladron harto digno es de perdon; y asi dél sé escribir cartas; y si le he hurtado algo de lo que él sabe desto, como se ve en ese papel, no importa; que bien me lo debia, pues dia y medio anduve á segar con él, y lleve el diablo otra blanca me dió sino un real de á cuatro; y á mi muger, que fue á escardar doze dias en su heredad el mes de março, no le dió sino un real amarillo que no sabemos cuanto vale: por eso estoy yo mejor con los cuartos y ochavos, que son moneda que corre, y los han de tomar hasta el mismo rey y papa, aunque les pese. Levantaronse en esto de la mesa para salir á pasearse, dexando el Archipampano orden al secretario, de que enviasen él y el mayordomo luego dos criados con aquella carta al Argamesilla, con mandato de que no viniesen sin la muger de Sancho en ningun caso, procurando traerla regalada y con brevedad. Hizose asi. Llegó Mari-Gutierrez á la corte con ellos dentro de quinze dias, do la recebió Sancho con donosos favores, y el Archipampano fue el señor más bien entretenido que habia en la corte aquellos dias; y no solo él, sino muchos della, con toda su casa, tuvieron alegrisimos ratos de conversacion y pasatiempo muchos meses con Sancho y su Mari-Gutierrez, que no era menos simple que él. Los sucesos destos buenos y candidos casados remito á la historia que dellos se hará andando el tiempo, pues son tales que piden de por sí un copioso libro.
CAPITULO XXXVI Y ULTIMO
De como nuestro buen caballero don Quixote de la Mancha fue llevado á Toledo por don Alvaro Tarfe, y puesto alli en prisiones en la casa del Nuncio, para que se procurase su cura.