Otio si tollas periere cupidinis artes,
Contemptaeque jacent, et sine luve faces.
Los sacerdotes se avergüençan de que les repita lo que dixo Judit á los de su vieja ley: Et nunc, fratres, quoniam vos estis presbiteri in populo Dei, et ex vobis pendet anima illorum ad eloquium vestrum, corda eorum erigite. La real potencia que, como el amor, no admite compañia,
Non bene cum sociis regna venusque manet,
es tal, que se verifica bien de ella lo que dixo Ovidio en cierta epistola, respondió una reina recuestada á su galan:
Sic meus hinc vir abest ut me custodiat absens,
An nescis longas regibus esse manus?
Esas pues ¡oh valerosisimo principe! son las que me tienen aqui, porque reprendo la razon de Estado, fundada en conservacion de bienes de fortuna, á los cuales llama el Apostol estiercol con quebrantamiento de la ley de Dios, como si guardandola, de humildes principios no hubiera subido á ser David poderoso rey, y capitan invicto el gran Macabeo Judas, ó como si no supieramos que todos los reinos, naciones y provincias que con prudencia de carne y de hijos deste siglo han tratado de ensanchar los estados, los han destruido miserablemente. Proseguia el loco su tema con tan grande asombro de don Quixote, que viendo no le dexaba hablar, le dixo á gritos: Amigo sabio, yo no os conozco ni he visto en mi vida; pero hame dado tanta pena la prision de persona tan dota, que no pienso salir de aqui hasta daros la preciosa libertad aunque sea contra la voluntad del Rey y de la Infanta Burlerina su hija, que este real palacio ocupan; por tanto traedme vos, que estais con ese caldero en la mano, las llaves luego aqui deste aposento, y dexad salir libre, sano y salvo dél á este gran sabio, porque asi es mi voluntad. Luego que esto oyó el loco del caldero, començó á dezir riendo: Ea, que ciertos son los toros: á fe que habeis venido á purgar vuestros pecados en buena parte: en mala hora acá entrasteis. Y dichas estas razones, se subió la escalera arriba, y el loco clerigo dixo á don Quixote: No crea, señor, á persona desta casa; porque no hay más verdad en ninguno della que en impresion de Ginebra; pero si quiere que le diga la buena ventura en pago de la buena obra que me ha de hazer con darme la libertad que me ofrece, deme la mano por esta reja; que le diré cuanto le ha sucedido y le ha de suceder, porque sé mucho de quiromancia. Quitose don Quixote la manopla, creyendole sencillamente, y metió la mano por entre la reja; pero apenas lo hubo hecho, cuando sobreviniendole al loco una repentina furia, le dió tres ó cuatro bocados crueles en ella, asiendole á la postre el dedo pulgar con los dientes, de suerte que faltó harto poco para cortasele á cercen. Començó con el dolor á dar vozes, á las cuales acudieron el moço de mulas y otros tres ó cuatro de la casa, y tiraron dél tan recio, que hizieron que el loco le soltase, quedandose riendo muy á su placer en la gavia. Don Quixote en sentirse herido y suelto se hizo un poco afuera, y metiendo mano á su espada dixo: Yo te juro ¡oh falso encantador! que si no fuera porque es mengua mia poner manos en semejante gente cual vosotros sois, que me tomara bien presto vengança de tamaño atrevimiento y locura. A esta razon baxaron con el paje del Archipampano cinco ó seis de los que tenian cuenta de la casa; y como vieron á don Quixote con la espada en la mano, y que le corria mucha sangre della, sospechando lo que podia ser, se llegaron á él diziendole: No muera más gente señor caballero armado. Tras lo cual uno le asió de la espada, y otros de los braços, y los demas començaron á desarmarle, haziendo él toda la resistencia que podia; pero aprovechole poco; con que en breve rato le metieron en uno de aquellos aposentos muy bien atado, do habia una limpia cama con su servicio; y estando algo sosegado, despues de haberle encomendado el paje del Archipampano á los mayordomos de la casa con notables veras, y dicholes su especie de locura, y las calidades de su persona, y de donde y quien era, habiendoles dado para más obligarles alguna cantidad de reales, le dixo á don Quixote: Señor Martin Quijada, en parte está v. m. adonde miraran por su salud y persona con el cuidado y caridad posible; y advierta que á esta casa llegan otros tan buenos como v. m., y tan enfermos de su proprio mal, y quiere Dios que en breves dias salgan curados y con el juizio entero que al entrar les faltaba: lo mismo confio será de v. m., como vuelva sobre sí y olvide las leturas y quimeras de los vanos libros de caballerias que á tal extremo le han reducido; mire por su alma, y reconozca la merced que Dios le ha hecho en no permitir muriese por esos caminos á manos de las desastradas ocasiones en que sus locuras le han puesto tantas vezes. Dicho esto, se salió, y fue con los criados de don Alvaro á la posada en que estaba, á quien dió cuenta de todo, como hizo al Archipampano, vuelto á la corte. Detuvose don Alvaro algunos dias en Toledo, y aun visitó y regaló á don Quixote, y le procuró sosegar cuanto le fue posible, y obligó con no pocas dadivas á que hiciesen lo mesmo á los sobrestantes de la casa, y encomendó cuanto le fue posible á los amigos graves que tenia en Toledo el mirar por aquel enfermo, pues en ello harian grandisimo servicio á Dios, y á él particularisima merced; tras lo cual dió la vuelta felizmente á su patria y casa.
Estas relaciones se han podido solo recoger, con no poco trabajo, de los archivos manchegos, acerca de la tercera salida de don Quixote, tan verdades ellas, como las que recogió el autor de las primeras partes que andan impresas. Lo que toca al fin de esta prision y de su vida, y de los trabajos que hasta que llegó á él tuvo, no se sabe de cierto; pero barruntos hay, y tradiciones de viejisimos manchegos, de que sanó y salió de dicha casa del Nuncio; y pasando por la corte, vió á Sancho, el cual, como estaba en prosperidad, le dió algunos dineros para que se volviese á su tierra, viendole ya al parecer asentado; y lo mismo hizieron el Archipampano y el principe Perianeo, para que mercase alguna cabalgadura, con fin de que se fuese con más comodidad; porque Rocinante dexolo don Alvaro en la casa del Nuncio, en servicio de la cual acabó sus honrados dias, por más que otros digan lo contrario. Pero como tarde la locura se cura, dizen que en saliendo de la corte, volvió á su tema, y que comprando otro mejor caballo, se fue la vuelta de Castilla la Vieja, en la cual le sucedieron estupendas y jamas oidas aventuras, llevando por escudero á una moça de soldada que halló junto á Torre de Lodones, vestida de hombre, la cual iba huyendo de su amo porque en su casa se hizo ó la hizieron preñada sin pensarlo ella, si bien no sin dar cumplida causa para ello; y con el temor se iba por el mundo. Llevola el buen caballero sin saber que fuese muger, hasta que vino á parir en medio de un camino, en presencia suya, dexandole sumamente maravillado el parto, y haziendo grandisimas quimeras sobre él: la encomendó, hasta que volviese, á un mesonero de Valdestillas; y él sin escudero pasó por Salamanca, Avila y Valladolid, llamandose el Caballero de los Trabajos, los cuales no faltará mejor pluma que los celebre.
AQUI DA FIN LA SEGUNDA PARTE
DE LA HISTORIA DEL INGENIOSO HIDALGO
DON QUIXOTE DE LA MANCHA