Cuando ese intrigante de Védène entró en el salón del palacio, costole trabajo el conocerlo al Santo Padre: tanto era lo que había crecido y engruesado. Preciso es también decir que, por su parte, el Papa se había hecho viejo y no veía bien sin antiparras.
Tistet no se acobardó.
—¡Cómo! Excelso Padre Santo, ¿ya no me conoce Su Beatitud?... Soy yo, ¡Tistet Védène!
—¿Védène?...
—Sí, ya sabe... el que servía el vino francés a la mula.
—¡Ah! Sí... sí... ya recuerdo... ¡Guapo mozo, ese Tistet Védène!... Y ahora, ¿qué pretendes?
—¡Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo... Venía a suplicarle... Y a propósito, ¿conserva todavía Su Beatitud aquella mula? ¿Y está buena?... ¡Ah! ¡Cuánto me alegro!... Pues bien, venía a solicitar la plaza del archipámpano de Sevilla, quien acaba de morir.
—¡Archipámpano de Sevilla tú!... Pero si eres muy joven. Pues, ¿cuántos años tienes?
—Veinte años y dos meses, ilustre Pontífice; cinco años justos más que la mula de Su Santidad... ¡Ah, bendita de Dios la valiente bestia!... ¡Si supiese Su Beatitud cuánto amaba yo a aquella mula! ¡Y con qué sentimiento me acordaba de ella en Italia!... ¿Me permitirá Su Santidad que la visite?
—Sí, hijo mío, la visitarás—dijo el bueno del Papa, emocionado.—Y puesto que tanto amas a aquel bendito animal, no permito que vivas lejos de él. Desde este día quedas afecto a mi persona en calidad de archipámpano... Mis cardenales gritarán, pero, ¡peor para ellos! ya estoy acostumbrado... Vuelve mañana, al salir de vísperas, y Nos te impondremos las insignias de tu beneficio delante de Nuestro cabildo, y luego... te acompañaré a ver la mula, y vendrás a la viña con nosotros dos... ¿Eh? ¡Ja, ja! ¡Anda, vete!...