No, señor,
Es gran honor.
Es honrada Liseta y no fe...a:
Se queda en la alde...a...
Y por muchas que fueran las rachas que hacían crujir el velamen, zarandeando e inundando la barca, no dejaba de oírse la canción del aduanero, balanceada cual una gaviota en la cresta de las olas. El viento acompañaba en ocasiones con demasiada fuerza, y no se oían las palabras; pero después de cada golpe de mar, entre el murmullo del agua que chorreaba, oíase constantemente el estribillo de la canción:
Es honrada Liseta y no fe...a:
Se queda en la alde...a...
Pero llegó un día de viento y lluvia muy fuertes, en que ya no lo oí. Era tan extraordinario el caso, que saqué del camarote la cabeza:
—¡Eh, Palombo! ¿No cantas hoy?
Palombo no respondió. Estaba inmóvil, tendido en su banco. Me acerqué a él. Castañeteábanle los dientes; la fiebre hacía temblar todo su cuerpo.
—Tiene una puntura—me dijeron afligidos sus camaradas.
Ellos llaman puntura a una punzada de costado, una pleuresía. Aquella gran cerrazón plomiza, aquella barca chorreando agua, aquel pobre febricitante arrebujado en un viejo capote de caucho que relucía bajo la lluvia como una piel de foca: jamás he presenciado nada más lúgubre. El frío, el viento y el vaivén de las olas no tardaron en agravar en su enfermedad al pobre aduanero. Lo acometió el delirio y fue necesario atracar.
Después de mucho tiempo y no pequeños esfuerzos, entramos al obscurecer en una ensenadita árida y silenciosa, animada solamente por el vuelo circular de algunas aves. En cuanto de la playa alcanzaba la vista, erguíanse altas rocas escarpadas, intrincados laberintos de arbustos verdes, de un verde obscuro y hojas perennes. Abajo, junto al agua, una casita blanca, con postigos grises, era el puesto de la Aduana. En medio de ese desierto, aquel edificio del Estado, con cifras como una gorra de uniforme, producía una impresión desagradable de indecible malestar. El pobre Palombo fue desembarcado allí. ¡Triste asilo para un enfermo! Encontramos al aduanero disponiéndose a comer al amor de la lumbre, en compañía de su mujer y sus hijos. Todas aquellas gentes tenían caras pálidas, amarillentas, grandes ojos sombreados por la fiebre. La madre, joven todavía, con un niño de pechos en los brazos, estremecíase de frío cuando hablaba con nosotros.
—Es un puesto mortífero—me dijo en voz baja el inspector.—Nos vemos en la necesidad de relevar a nuestros aduaneros cada dos años. La fiebre de las marismas los mata.