¡Ah, París!... ¡París!... ¡París siempre!

LAS EMOCIONES DE UN PERDIGON... ROJO

No ignoran ustedes que los perdigones andan en bandadas y anidan juntos en el hueco de los surcos, para alzar el vuelo a la alarma más insignificante, desparramándose como los granos que arrojan a la tierra para que produzcan. Mi acompañamiento particular es alegre y numeroso y acampa en un llano junto a la linde de un gran bosque, donde tenemos buen botín y magníficos refugios a uno y otro lado. Por eso, desde que sé correr, tengo buen plumaje y estoy bien alimentado, experimento la alegría del vivir. Sin embargo, una cosa teníame algo intranquilo y era esa célebre conclusión de la veda, de que nuestras madres hablan en voz baja unas con otras. Un viejo de nuestra banda me decía siempre acerca de esto:

—No temas, Rojillo—me llaman Rojillo a causa de mi pico y de mis patas, del color de la serba,—no temas, Rojillo. Yo te protegeré el día de la apertura de la caza, y estoy seguro de que no ha de ocurrirte nada desagradable.

Es un macho viejo muy bribón y vivaracho todavía, aun cuando tiene ya señalada la herradura en el pecho y algunas plumas blancas esparcidas por el cuerpo. De joven recibió en un ala un perdigón de plomo, y como esto le ha hecho ser un poco pesado, mira dos veces antes de volar, mide bien el tiempo y sale del apuro. Con frecuencia me llevaba consigo hasta la entrada del bosque. Hay allí una rara casita, escondida entre los castaños, muda como una madriguera vacía y siempre cerrada.

—Mira bien esa casita, Rojillo—me decía el viejo;—cuando veas que sale humo por la techumbre y están abiertas la puerta y las ventanas, mala señal para nosotros.

Y yo me fiaba de él, sabiendo positivamente que él era ducho en eso de las aperturas de la caza.

Efectivamente, la otra mañanita, al rayar el alba, oí que me llamaban muy bajito dentro del surco...

—Rojillo, Rojillo.

Era mi viejo macho. Miraba de una manera extraña.