Algunos años antes, había emprendido con un camarada tan loco como yo, a través de Alsacia, Suiza y el Ducado de Badén un verdadero viaje de buhonero, con el saco a cuestas, a jornadas de doce leguas, rodeando las poblaciones de las cuales sólo deseábamos ver las puertas, y marchando siempre por sendas y atajos sin saber a dónde nos conducirían. Esto nos proporcionaba, frecuentemente, la sorpresa de pernoctar a campo raso o bajo el alero desmantelado de alguna granja; pero lo que hacía más accidentada nuestra excursión es que ni uno ni otro sabíamos una palabra alemana. Con el auxilio de un diccionario de bolsillo, que compramos al pasar por Basilea, llegamos a construir algunas frases muy sencillas, tan inocentes como Vir vóllen trínken bier (deseamos beber cerveza), Vir vóllen essen käse (queremos comer queso); desgraciadamente, por poco complicadas que parezcan, nos costaba mucho trabajo retener en la memoria esas malditas frases. No las teníamos en la punta de la lengua, como dicen los cómicos. Ocurriósenos entonces la idea de ponerlas en música, y tan bien se adaptaba a ellas la tonadilla que compusimos, que las palabras penetraron en nuestra memoria con las notas, y ya no podían salir de allí las unas sin arrastrar consigo las otras. Curiosísima era la cara que ponían los posaderos badeneses cuando por la noche entrábamos en el gran comedor del Gasthaus, y después de desatar nuestras mochilas, cantábamos con voz retumbante:
Vir vóllen trínken bier (bis)
Vir vóllen, ya, vir vóllen
¡Ya!
Vir vóllen trínken bier.
Pero desde entonces acá me he perfeccionado en el alemán. ¡He tenido tantas ocasiones de aprenderlo!... Mi vocabulario se ha enriquecido con una infinidad de locuciones, de frases. Aunque ya las hablo, no las canto... ¡Oh, no; no me entran deseos de cantarlas!...
Pero volvamos a mi coche.
Andábamos muy despacio, por una avenida orillada de árboles y casas blancas. De repente, detúvose el cochero.
—¡Da!—me dijo, señalándome una casita oculta bajo las acacias, y que me pareció muy silenciosa y retirada para ser una Embajada. En un ángulo de la pared brillaban junto a una puerta tres botones de cobre superpuestos. Tiro de uno al azar, ábrese la puerta y entro en un vestíbulo elegante y cómodo, con flores y alfombras por doquier. En la escalera estaban colocadas media docena de camareras bávaras que habían acudido al oír mi campanillazo, con aquel aspecto de pájaros sin alas tan poco gracioso, que tienen todas las mujeres del lado allá del Rhin.
Pregunto:—¿Embajada Francesa?—Me lo hacen repetir dos veces y hete aquí que empiezan a reír, pero a reír haciendo retemblar la baranda con sus estremecimientos. Me vuelvo furioso hacia mi cochero, y le hago comprender a fuerza de gestos que se ha equivocado, que la Embajada no está allí.
—Ya, ya—responde el hombrecillo sin inmutarse, y volvemos a Munich.
Forzoso es creer que nuestro embajador de entonces variaba de domicilio, frecuentemente, o bien que por no alterar mi cochero las costumbres de su coche se le había antojado hacerme visitar, que quieras que no, la ciudad y sus inmediaciones. Lo cierto es que pasamos toda la mañana recorriendo Munich en todos los sentidos, en busca de aquella fantástica Embajada. Después de otros dos o tres intentos, acabé por no apearme ya del coche. El cochero iba y venía, deteníase en ciertas calles y hacía como que se informaba. Me dejé llevar sin hacer otra cosa que mirar en mi derredor. ¡Qué ciudad más aburrida y fría ese Munich, con sus grandes paseos, sus alineados palacios, sus calles extraordinariamente anchas y donde resuenan los pasos, su museo al aire libre de notabilidades bávaras tan muertas dentro de sus blancas estatuas!
¡Qué gran número de columnas, de arcos, de frescos, de obeliscos, de templos griegos, de propíleos, de dísticos en letras doradas sobre los frontones! Todo esto esforzándose por parecer grandioso, pero parece como que se siente el vacío y el énfasis de aquella falsa grandeza, al ver en todos los confines de las avenidas los arcos triunfales por donde no pasa más que el horizonte, los pórticos abiertos sobre el espacio azul. Del mismo modo me imagino yo esas ciudades fantásticas, mezcla de Italia y de Alemania, por donde Musset hace pasearse el incurable tedio de su Fantasio y la peluca solemne y necia del príncipe de Mantua.