No quise detenerme más y aquella misma tarde salí de Munich sin ánimo para perturbar toda aquella desolación nada más que por un antojo literario, y por esta causa no pude saber de la maravillosa tragedia japonesa más que el título: ¡El Emperador ciego! Más tarde he presenciado la representación de otra tragedia, a la cual hubiera convenido perfectamente este título importado de Alemania: tragedia siniestra, saturada de lágrimas y sangre, y que no tenía nada de japonesa.
FIN