Delaberge algo desconcertado por tan vulgar acogida y aún más por la comprobación de tan mortificante olvido, declaró que no estaba por la sala roja y que prefería el cuarto que había ocupado en otros tiempos y cuya ventana daba al jardín.

—¿Su antigua habitación?—replicó el hostelero.—¡Ah! sí, pero, vea usted... El caso es que no la tenemos libre... La hicimos restaurar por completo y la ocupa ahora nuestro hijo... Simón, que regresó hace dos años de la Escuela de Cluny con todos sus títulos.

—¿Tienen ustedes un hijo?—preguntó el inspector general con alguna sorpresa.

—En realidad no podía usted saberlo... Nuestro Simón no había nacido entonces todavía... Se ha hecho aguardar un poco, pero de todas maneras ha sido en nuestra casa el bienvenido, ¿no es verdad, señora Princetot?

La señora Miguelina parecía disgustada por la charla de su marido; su plácido rostro de mujer devota tomaba una expresión de vivo descontento y sus labios se plegaban con gesto nervioso. Hizo notar que el señor Delaberge tendría necesidad de descanso y que era inútil fatigarle hablándole de un muchacho a quien no conocía.

—Pero—replicó obstinadamente Princetot,—el señor podrá conocerle si se queda algunos días en Val-Clavin, y Simón es muchacho que lo vale... Por desgracia volverá tarde esta noche, pues ha ido al monte para una cuestión de peritaje... Algunas personas del pueblo han recorrido a sus luces para un asunto de deslindes y como es muy despierto y conoce a fondo el régimen de montes, se le ha encargado la defensa de los derechos del pueblo...

—Sí, sí, un asunto de que en mal hora se ha encargado—interrumpió la señora Princetot.

Más perspicaz que el Príncipe su esposo, ella había ya sospechado que Delaberge venía sin duda por esta misma cuestión de deslindes y temió que su marido hablase demasiado.

—¿Qué sabes tú de estas cosas?—replicó Princetot guiñando con gesto de misterio sus ojos.—Simón tiene mucho talento y es ya bastante crecido para andar solo.

—En fin—exclamó suspirando la señora Miguelina,—es de desear que de todo ese enredo no saque más disgustos que provecho.