VII

Delaberge era la puntualidad misma. A la hora convenida y en compañía del guarda general y de otros funcionarios subalternos, estaba ya examinando los campos de Carboneras que el inspector de Chaumont proponía afectar al servicio de los usuarios de Val-Clavin.

A fines de mayo es cuando los bosques de las montañas de Langres se muestran en toda su gloria y el tiempo convida como nunca al paseo. Un suave vientecillo había secado los caminos; el cielo, de un azul purísimo, sonreía, por encima del renaciente follaje; bordaban toda clase de flores las márgenes de los caminos y los pajarillos cantaban por doquier. Delaberge, cuyas funciones sedentarias le habían recluido en París tanto tiempo y que no conocía ya más verdores que los de las carpetas de la oficina, gozaba de esta fiesta primaveral en pleno bosque como se goza de un antiguo amigo otra vez hallado. Respiraba con verdadera delicia el penetrante perfume que despedían los cerezos en flor y poco a poco su mal humor y su melancolía de la noche antes se fueron disipando...

Por la mañana, en la hora del desayuno pudo comprobar que la señora Miguelina procuraba prudentemente substraerse a sus miradas cada vez que entraba en la cocina. Esta reserva de su antigua amante, que al principio le molestó, le parecía ya entonces el mejor modus vivendi que se pudiese desear. Esto dejaba más clara su situación y el contento experimentado le disponía para mejor saborear las alegrías de su regreso a los bosques. Sentía un placer casi infantil, al reconocer los caminos que había recorrido en otros tiempos. Dotado de una excelente memoria local se envanecía sorprendiendo al guarda, al indicarle por adelantado la naturaleza del terreno y la dirección de las capas terrosas. Y a cada momento exclamaba con grandes explosiones de alegría:

—¡Todo está igual!... Nada ha cambiado y, sin embargo, hace ya veintiséis años.

A medida que iba penetrando en los bosques, parecíale que cada uno de los pasos que daba le quitaba de encima un año y que su juventud reverdecía lo mismo que el follaje de las hayas. Desaparecía y no tenía ningún valor todo aquel largo intervalo de un cuarto de siglo. Mucho mejor que otro medio cualquiera, posee el bosque esta maravillosa virtud del rejuvenecimiento. Menos que en parte alguna se marcan en él las metamorfosis que el paso del tiempo produce. Vemos siempre en el bosque los mismos árboles, las mismas floraciones, los mismos cantos de las tiernas avecillas y esto nos da la ilusión de un alto de ensueño, de una suspensión en el vuelo rápido de los días.

Durante su paseo al través de los bosques de Carboneras, Delaberge pudo fácilmente comprobar la exactitud de las observaciones hechas por la señora Liénard. Las tierras que se quería ahora dar a los usuarios de Val-Clavin, no estaban unidas al pueblo sino por antiguos caminos todos ellos en muy mal estado y que a trechos desaparecían del todo. Varios manantiales subterráneos humedecían el suelo esponjoso y las aguas, no encontrando la necesaria pendiente, se estancaban formando anchos pantanos en que crecían toda clase de plantas muy hermosas, pero impropias para el pastoreo.

La vegetación en general se resentía de la mala calidad del suelo, los herbajes eran cortos y pobres y de trecho en trecho se veían algunos viejos robles de tronco rugoso y cubierto de liquen, mostrando en parte sus ramas desnudas de todo follaje. Era evidente que, tal vez por un exceso de celo, la Administración local intentaba desembarazarse de unas malas tierras con daño evidente para los usuarios de Val-Clavin. El inspector general vióse obligado a confesar que las proposiciones de su amigo Voinchet eran inicuas y abusivas.

Como era natural, nada de esto dejó entender a sus subordinados; pero después de haber tomado sus notas, dirigió la exploración hacia unas tierras que ocupaban la vertiente opuesta del valle y pertenecían a los bosques de Montegrande.

Allí, por el contrario, el suelo era duro y fresco al mismo tiempo y además riquísimo en humus. Las hayas y los robles crecían fuertes y sanos, elevando al espacio su frondoso ramaje. El herbaje era excelente y variadísimo, llenando el aire con sus aromas. Además un hermoso camino forestal seguía toda la cresta de la colina y descendía luego suavemente hacia Val-Clavin. En realidad la designación de esas tierras había de satisfacer por completo a las mayores exigencias de los usuarios, sin perjudicar en nada al Tesoro, y Delaberge se dijo a sí mismo que por ese lado había de ser fácil encontrar una fórmula de transacción.