Algunos minutos después llegaba el inspector general a la verja de hierro, llamaba en ella y preguntaba por la señora Liénard, atravesando luego los caminillos, guiado por la jardinera que le dejó a la entrada de la casa donde esperaba una elegante camarera, la cual le introdujo en un salón de la planta baja.

—¡Ah! señor, ¡cuánto le agradezco que haya cumplido su promesa!

Y al decir esto avanzaba hacia el inspector general y le tendía gentilmente la mano la propia señora Liénard, que vestía una vaporosa falda de muselina y un cuerpo de lo mismo en forma de blusa que le daban una suprema elegancia.

Inclinándose Delaberge contestó lo mejor que supo al apretón de aquella pequeña mano un poco tostada por el sol y después se excusó de lo descuidado de su traje.

—Una excursión por el bosque me ha llevado a dos pasos de Rosalinda y no me habría perdonado jamás estar tan cerca de usted y no entrar siquiera a saludarla...

Al acabar sus cumplidos vio Delaberge en el fondo del salón a un visitante que se había levantado al entrar él y que se disponía a despedirse.

Era un joven de mediana estatura, de aspecto rústicamente elegante y de una evidente robustez. Muy moreno, con una barba castaña ligeramente rizada, parecía un poco azorado por la aparición del forastero; pero este movimiento de timidez no le quitaba nada de su natural prestancia. De pie junto a un sillón, con el sombrero en la mano, aguardaba seriamente que el recién llegado hubiese dejado de hablar para despedirse de la dueña de la casa. En los primeros momentos, su fisonomía seria y meditabunda le hacía parecer de mayor edad de la que tenía realmente; pero, cuando se le examinaba con más atención, se descubría en sus ojos, de un azul intenso, un brillo de juventud y de pasión que se contradecía con la precoz madurez de sus rasgos. En el momento en que Delaberge se volvió hacia él, acercóse el joven a la señora y dijo con cierta brusquedad:

—Hasta otra vez, señora; he de subir todavía a los bosques de Carboneras.

—¿Pero volverá usted por aquí?—exclamó la señora Liénard.—Es que necesito todavía de usted...

Y volviéndose seguidamente hacia Delaberge prosiguió la dama: