—Señora—dijo,—se da usted una pena inmensa por simples quimeras... Cálmese... Fíe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portaré de manera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometo abreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.
Miguelina por la primera vez levantó hasta él sus ojos humedecidos, a los que habían las lágrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y de su sensual languidez.
—¡Sí!—exclamó juntando las manos.—¡Márchese... márchese lo antes que pueda, yo se lo ruego!...
Admiróse Delaberge al ver con qué egoísta ingenuidad, aquella mujer, que en otros días estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, le despedía ahora para siempre, como tardándole el momento de verse desembarazada de la presencia de su antiguo amante.
—Mi marcha—replicó Delaberge con cierta ironía—dependerá en mucho de las disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de los deslindes.
—¡Ah!—gimió la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo la cabeza.—¿Por qué se habrá metido en ese malhadado asunto? De él nos viene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todavía.
—Tenga paciencia. Todo se arreglará. Veré al señor Simón, y si es razonable...
La señora Miguelina le interrumpió precipitadamente:
—No, no le vea usted otra vez. ¡Ya es demasiado que se encontraran ayer!...
Delaberge se le quedó mirando lleno de sorpresa, preguntándose si no estaría loca aquella mujer.