Baja Delaberge del vagón y los dos antiguos camaradas se estrechan la mano.
—Mi querido inspector general—comienza el hombre gordinflón,—estoy contentísimo de verle otra vez... ¿Ha tenido usted buen viaje?
—Excelente, querido Voinchet... pero ¿cómo es eso, vas a tratarme de usted ahora, tú que eres mi más antiguo amigo?
—¡Dios mío—murmura Voinchet,—creí que las conveniencias de la jerarquía!...
—No bromees... Nada, tienen que ver con nosotros las conveniencias jerárquicas... Háblame ahora mismo de tú o voy a pedir albergue a la hospedería.
—Te obedezco—contesta el inspector provincial y queda con ello más a sus anchas.
Mientras aguardaba al tren, más de un cuarto de hora estuvo preguntándose con ansiedad si tutearía a Delaberge, como en otros tiempos, o si por deferencia a su grado superior le hablaría de usted. Ahora ya, libre de aquel peso, se muestra alegre y decidor. Y mientras se saca del vagón y se carga el equipaje del inspector general contempla a su camarada y amablemente sonríe.
—¿Sabes que no noto en ti ningún cambio?... Te encuentro hoy tan ágil y tan fuerte como al salir de la Escuela.
—¡Adulador!—replica Delaberge,—la verdad es que nuestros cabellos comienzan a blanquear y que llevamos cada uno veintiocho años más sobre la cabeza.
En el fondo, sin embargo, le han halagado no poco las palabras de su camarada, sobre todo al ver que éste parece mucho más viejo que él.