El joven, sin mostrarse en lo más mínimo conturbado, habló con entonación firme y seca, diciendo:
—Muy corta será nuestra respuesta. Como acaba de decirnos, el señor inspector general tenía la misión de visitar los bosques de Val-Clavin y examinar el emplazamiento de las nuevas tierras de pastoreo. Si, según era su deber, ha procedido detenidamente a esa visita, se habrá podido dar fácilmente cuenta de la naturaleza y del valor de las tierras que ahora se nos ofrecen. Sabe, por consiguiente, tan bien como nosotros, que los bosques de Carboneras son insuficientes en cuanto a leña e impropios en cuanto al pastoreo, privados de caminos de comunicación, y que nos es, por tanto, imposible consentir en lo que sería para nosotros un odioso engaño. Pido, pues, al mandatario de la Administración pública que nos diga francamente si aprueba la solución injusta que al conflicto han dado los forestales de Chaumont...
Mientras Simón hablaba, el inspector general tenía fijas en él sus miradas con una atención llena de ternura.
Ahora es cuando se daba cuenta más exacta de esa semejanza que tanto había sorprendido a la señora Liénard. Esa semejanza no saltaba a los ojos, como había maliciosamente pretendido la Fleurota; para descubrirla era necesario estudiar muy de cerca y en la intimidad los modos de ser y de expresarse del joven Princetot. Consistía no tanto en la paridad de los rasgos fisonómicos como en la analogía de las inflexiones de voz y del ademán sobrio y enérgico; consistía principalmente en un idéntico temblor de los párpados y de los labios bajo el golpe de una irritación súbita. Descubríase también en ciertos pequeños detalles que solamente Francisco podía apreciar; así, por ejemplo, Simón llevaba vestidos oscuros, mostraba en toda su persona un exquisito cuidado, sin aquel rebuscamiento empero que suele gustar a los jóvenes, sin un solo color vistoso, sin una sola joya. Siempre había sentido Delaberge predilección por los colores oscuros, la misma repugnancia por las joyas demasiado vistosas, y con la más profunda emoción iba comprobando esa semejanza de gustos, esas singulares afinidades... De tal modo estaba absorbido en su ansioso examen que no se dio cuenta al principio de la acerba entonación y de las agresivas intenciones que Simón ponía en su réplica.
Solamente los murmullos de aprobación con que fueron acogidas las palabras del joven le sacaron de su ensueño y entonces comprendió que se le atacaba de frente.
—Señores—objetó con suave tono,—comprendo muy bien su impaciencia, pero las formalidades administrativas van menos de prisa que sus deseos. Hecha está mi opinión en este asunto y expresada la tengo en mi informe dirigido al ministro. Sin embargo, el deber profesional me obliga a guardar silencio hasta haber recibido de París una respuesta. No puede tardar, y apenas la reciba me apresuraré a ponerla en su conocimiento.
—Demasiado conocemos esos medios dilatorios—interrumpió Simón;—hace ya dos años que se nos quiere engañar con promesas y aplazamientos. Nada le cuesta a usted la paciencia, señor inspector general, pues cobra su sueldo del mismo modo. Bastante más cara es para nosotros, pues nos perjudican mucho esas lentitudes administrativas. Mientras usted nos adormece con buenas palabras, quedan desconocidos nuestros derechos, nuestros intereses sufren y disminuyen nuestros recursos. No podemos por más tiempo aguardar a que resuelvan el asunto esos agentes forestales que nos mandan de París y que no hacen sino engañarnos...
Bien clara había de ver con esto Delaberge la animosidad de su contrincante. Las duras e irritantes palabras de Simón tenían un carácter de violencia que no consienten las discusiones puramente jurídicas. Por encima de la administración pública, rectamente se dirigían contra el inspector general. No era un adversario lo que éste tenía enfrente, sino un enemigo.
No comprendía Delaberge el motivo de ese inesperado ataque; y era mayor aún su dolor al verse objeto de una hostilidad semejante por parte de aquel joven que era hijo suyo y a quien de buena gana y con la más profunda terneza hubiera estrechado contra su corazón. Se había ya resignado a separarse de él como de un extraño; pero dejarle por todo recuerdo ese odio inexplicable, constituía para él una amargura suprema que le hacía sufrir hondamente.
—¿No es ésta la opinión de todos los aquí reunidos?—continuaba Simón volviéndose hacia los campesinos, que abrían inmensamente los ojos y le escuchaban admirados.—¿No es tiempo ya de que pasemos de las palabras a los actos?... Puesto que la Administración quiere ser con nosotros equitativa, no nos queda más que dirigirnos a los tribunales... Que todos aquellos que sean de mi parecer levanten la mano.