—No, hablo con toda mi seriedad... En su edad es un sentimiento natural y no tiene por qué avergonzarse.

—Solamente yo soy el dueño de mis pensamientos... No he de dar a nadie cuenta de ellos.

—¿Ni siquiera a la señora Liénard?

—A ella menos que a nadie... Si lo que usted supone fuese cierto, yo le juro que nunca lo sabría ella... ¡No permitiré yo que pueda sospechar jamás una locura semejante!

—¿Una locura?... ¿A qué llama usted una locura?

—Llamo locura a amar un imposible... No somos ella y yo de un mundo mismo...

Francisco sonrióse melancólicamente y habló así:

—Estas consideraciones no suelen pesar mucho sobre el corazón de una mujer que ama, y no hay motivo para que Camila no le ame a usted. Es usted su igual por el espíritu y por la educación; es ella demasiado inteligente para no haber apreciado sus méritos... Sea usted menos modesto y no desespere de nada... De todas maneras, después de lo que acabo de decirle, ya ve usted que no he de hacerle yo la menor sombra. No me tenga por enemigo, y además le ruego que aguarde un poco para tomar una resolución extrema en el asunto de los deslindes... Mañana, pasado mañana lo más tarde, podré sin duda comunicarle algo que le demostrará la injusticia de sus sospechas... Adiós...

Y como si de pronto hubiese temido que le traicionase la emoción, alejóse bruscamente del hijo de Miguelina.

VIII