Anudando su corbata pensaba ya en la molestia de esa comida oficial en que durante largas horas estaría como en representación ante los invitados de su amigo y en que el deber profesional le obligaría a conversar con la principal interesada en el asunto de los bosques de Val-Clavin. A juzgar por la esposa de su amigo, excelente mujer de su casa, pero cuarentona más que insignificante, su amiga la señora Liénard, debía ser ya una mujer de edad madura y de trato poco agradable. Delaberge veíase ya discutiendo con una pleiteante campesina y esta enfadosa perspectiva le ponía de mal humor.
Cuando entró en el salón verde y oro, lleno de muebles y adornado con chucherías de dudoso gusto, casi todos los invitados habían llegado ya. y le fueron presentados formando una sola fila. El presidente del tribunal, un hombre pequeñito que habla con pretensión florida, recién afeitado y de piel sonrosada, con unos ojos brillantes y siempre inquietos; el secretario general de la prefectura, alto, de anchas espaldas, tieso siempre, como orgulloso de los triunfos que le valía su voz de barítono; el segundo inspector, moreno, de grandes cejas, con los bigotes como de cepillo, con los cabellos cortados según la ordenanza, presentaba el tipo completo del forestal a la manera antigua, feo como un jabalí y rugoso como un roble.
Y mientras su esposa la inspectora, delgaducha y metida en su vestido marrón bordado de azabache, conversaba con la señora de Voinchet hablándole de lo difícil que es hoy procurarse buenos criados, Delaberge se llevaba al inspector su amigo a un rincón de la sala preguntándole sobre todos los detalles del asunto que allí le había traído. El forestal, envanecido de absorber por completo la atención de su superior, le iba dando toda clase de noticias técnicas. Y hacía más de un cuarto de hora que hablaba, cuando Delaberge, al través de las prolijas frases de su subordinado, oyó a la señora de Voinchet que decía:
—¡Ah! por fin... Ya comenzaba usted a inquietarme... Muy tarde llega, amiga mía.
A lo que una voz alegre y limpia contestaba así con un ligero acento provincial:
—Perdóneme, he querido, para honrar mejor su casa, estrenar un vestido nuevo y la modista no me lo ha traído sino hasta ahora mismo... cuando ya comenzaba a enfadarme.
En aquel mismo instante abríase de par en par la puerta del comedor y un criado con guantes blancos y casaca negra decía así: «La señora está servida».
—Señor inspector general—dice la señora de Voinchet acercándose a Delaberge,—el brazo, si usted gusta...
Y éste galantemente lo presentaba ya para que se apoyase en él la señora, cuando interrumpiéndose ésta con aire consternado se volvía hacia la recién llegada y tomándole una de las manos murmuraba:
—¡Qué distraída soy!... Es necesario que antes le presente a mi querida amiga... Camila Liénard, propietaria de la Rosalinda, en Val-Clavin... El señor Delaberge, inspector general de montes.