¡Ironías de la existencia!... Sus trabajos administrativos, sus vigilias pasadas en el estudio, sus sabias elucubraciones jurídicas, toda esa actividad oficinesca que constituía su única gloria, había sido, en fin de cuentas, tan estéril como la zizaña. La única creación de que podía envanecerse era debida al azar de unos amoríos de pueblo, al inconsciente olvido de una hora de placer... Y este hijo, obra suya, carne de su carne, prolongación de su propia personalidad, no podía ni tan sólo públicamente reconocerlo; caminaba a su lado y no le podía decir: «Tú eres hijo mío»; no podía hablar con él sino de cosas sin ningún interés...

Habían llegado arriba de la cuesta, y de un ligero brinco el joven Princetot tomó de nuevo su sitio en el carruaje; cosquilleó con su látigo el cuello del caballo y recomenzó éste su trote ligero.

Delaberge pensaba con una profunda tristeza que ya no le quedaban por pasar sino algunos instantes al lado de Simón, y que cada una de las vueltas que daban las ruedas del carruaje apresuraban el momento de la despedida... Hubiera querido hablarle íntimamente, no dejarle sino después de haberle demostrado con toda discreción sus efusivas ternuras.

—¿Llegaremos a la estación un poquito antes que el tren?—preguntó al joven.

—No se lo puedo decir con exactitud, pues no llevo reloj—repuso Simón;—pero no tema usted perderlo... De aquí a diez minutos divisaremos ya la estación.

—En ese caso—dijo suspirando Delaberge,—apenas si me queda tiempo para hablarle de algo que le interesa mucho... Por fin, recibí anoche la respuesta de la Administración central. El ministro aprueba las conclusiones de mi informe y he aquí en resumen lo que yo tengo propuesto: El proyecto de dar a los usuarios el bosque de Carboneras queda abandonado; en cambio, se les concede una superficie igual que se tomará en la parte más excelente de los bosques de Montegrande, bosques que la carretera de Val-Clavin atraviesa. En este sentido se han dado ya las necesarias instrucciones al inspector de Chaumont. ¿Le parece a usted bien?

—¡No podíamos desear más ni mejor!—exclamó Simón.—Es muy equitativo, y todos los usuarios aceptarán con alegría sus proposiciones.

—He aquí el telegrama oficial—prosiguió Francisco sacándolo de uno de sus bolsillos.—Nadie lo conoce todavía y he querido que fuese usted el primero... Le suplico ahora que sea usted mismo quien lleve la noticia a la señora Liénard... Espero que no ha de serle molesto el cumplimiento de este encargo—añadió con una triste sonrisa—y aun diré que no me faltan razones para creer que la joven le agradecerá saber de sus labios la grata noticia.

—Iré a Rosalinda esta misma tarde—exclamó Simón mientras coloreaba el rubor su rostro.

Delaberge se aproximaba suavemente al hijo de Miguelina... Deseaba sentir el roce de su persona, esperando que este contacto había de recalentar un poco su corazón; después le dijo con voz en que vibraba no se sabía qué de paternal: