El joven Princetot había acompañado a Delaberge hasta los mismos andenes... Francisco le envolvió en aquel supremo momento en una afectuosísima mirada y nunca le pareció tan evidente su semejanza con el hijo de Miguelina...
—¡Valor, y buena suerte!—le dijo con voz que se esforzaba en hacer serena.—Cuando esté en Rosalinda, no olvide usted ni una sola de mis recomendaciones... Y ahora, hijo mío, como no sabemos si hemos de vernos otra vez, venga a mí...
Tomó a Simón entre sus brazos, le apretó con fuerza contra su pecho, y tuvo este abrazo tan comunicativos ardores, que el joven se sintió conmovido a su vez y besó a Francisco tantas cuantas veces le iba éste besando también...
Mientras quedaba Simón un tanto sorprendido de la emoción profunda que acababa de experimentar, subió Delaberge al vagón e inmediatamente cerraron la portezuela.
—¡Adiós!...—dijo todavía asomando su pálido rostro por la ventanilla del coche.
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Y partió el tren entre nubes de vapor cuyos blancos jirones se rasgaban al través de la valla que cerraba la vía... Destrozado el corazón, húmedos los ojos, Delaberge continuaba con la mirada fija hacia la estación que se iba haciendo más pequeña cada vez... y en vano sus ojos querían atravesar el espesísimo velo de la niebla que deformaba todas las cosas y parecía querer aislarle del mundo exterior. Por fin, desesperado y vencido, se dejó caer sobre el asiento... Viajaba también solo esta vez, y un profundo sollozo se anudó en su garganta a la idea de que, de hoy más, solo también viajaría por los tristes caminos de la existencia.
FIN